Poema

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Los cucos insisten en su monodia. Sus tres acordes llenan el boscaje de una telegrafía espectral. [El cuco ocupa los nidos ajenos; por eso se le ha considerado un símbolo del adulterio. Su canto, que acompañaba nuestras caminatas, resucita a mi padre, con su sombrero de paja y su bastón de caña, y la sed que nos torturaba, y el avistamiento de pájaros, que siempre saludábamos con entusiasmo.] Estoy desnudo junto al agua. Miro mi cuerpo, y observo cómo se aguza, cómo le nacen esquinas y espolones, cómo depresiones simétricas flanquean las rótulas, cómo los pies se arquean, igual que roedores asustados, y concluyen en dedos divergentes, cómo los músculos se abstraen, incursos en su estiaje, y las articulaciones arrecian: codos de sílex, pezones óseos, sombras calcificadas. Un adelgazamiento nuclear, que convive con el engrosamiento del vientre y las mamas, desbarata la tramoya: desiste el colágeno; la sangre se fractura; cuanto hay de intangible en el cuerpo se solidifica, pero sus resinas y sus círculos se inhiben, despojados de forma. La levedad llueve: es ceniza. La erosión resulta visible en el abovedarse de los cóndilos, en los encharcamientos de la piel. No hay cercenaduras, sino espejismos de lo cercenado; no percibo zonas muertas, pero sí esmaltes tristes, callosidades que prosperan, indicios de la asfixia en que se sume la materia. Y me pregunto si estas arrugas que me cubren como el agua son también arrugas del espíritu: si se corresponden con la dificultad con que surgen las palabras, o con la desaprobación que me inspira el entusiasmo [todo fervor es una grosería, escribió Pessoa], o con la repugnancia que siento ante la perspectiva de sobrevivir. Miro el cuerpo desnudo, otra vez: es frágil, pese a su densidad. El agua corre a mi lado, invitándome a alejarme con ella, a su rumor de sogas desatadas, al consuelo cinético de su emancipación. Pero también siento los guijarros de la sangre. Me sostienen, todavía, la nervadura de los pulmones y la perseverancia de los testículos. Intuyo que las células circulan por sus raíles, y que su rastro es tanto una estela como una explosión. El río de los humores, pese a su cauce devastado, es paralelo al río que me habla, y al que respondo con un silencio candente. Los cucos siguen tejiendo su telaraña tríptica, que convoca a la usurpación o al sueño. No tienen conciencia del cuerpo. No saben que han de morir. ~

 

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Poema V de El desierto verde, de próxima aparición en El gato gris.

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