Ramón, o el juego con el mundo

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La greguería… ¿Dijo usted? Dije la greguería. ¿Y qué hace la greguería? Nos hace sonreír. Pero ¿qué cosa es? O una inmensidad en una minucia… o una minucia en una minucia. Ejemplo de lo primero: “En la noche estrellada se ve el esqueleto de la inmortalidad.” Ejemplo de lo segundo: “El jabón es el pez más difícil de pescar en la bañera.”
     ¿Y la palabra greguería qué significa? Dos cosas muy diferentes. El Diccionario académico primero dice “gritería”, pero luego dice algo muy distinto: “agudeza, imagen en prosa que presenta una visión personal, sorprendente y a veces humorística de algún aspecto de la realidad, y que fue lanzada y así denominada por el escritor Ramón Gómez de la Serna”… Pero esta segunda acepción es incompleta, propia de un diccionario cobarde. ¿Cobarde, por qué? Porque cuando, por rara ocasión, ese diccionario ha logrado un hallazgo poético, casi siempre involuntario, se asusta y lo suprime en edición posterior. En la última o penúltima ya había suprimido a un poético animal: no al cisne ni al centauro ni a la sirena, que son de la gastada zoología de los poetas, sino al canute…
     ¿El canute? Sí, en segunda acepción: “Canute, murcianismo, gusano de seda que enferma después de recordar y muere a los pocos días.” ¿Y por qué es “poético” ese gusano? Porque si efectivamente recuerda antes de morir, le podemos suponer un alma gemela de la de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando…” Es decir: el infeliz aunque lírico canute morirá después de recordar, como el poeta Jorge Manrique y también como el prosista Marcel Proust. Es manriquiano y proustiano, por eso de la memoria terminal, y en un diccionario ideal, en el que las acepciones fuesen metáforas, se le podría usar para definir la memoria, por ejemplo con esta greguería que intento con permiso de Ramón Gómez de la Serna: “La memoria es un gusano de seda que sueña, despierta y muere.” No es gran cosa. No quiso ser gran cosa, sino un mero ejemplo.
     Entonces ¿qué hace la greguería? Ya se dijo: te hace sonreír. O sea que, además de poeta, Ramón es un humorista… ¿Qué es un humorista? Yo no podría dar la definición canónica del humorista, ni la del humorismo. Sé que la greguería es poética y humorística, es un pez difícil de definir, y el espeso e inmanejable diccionario académico de la lengua española lo intenta heroicamente, pero le queda incompleta. El mismo Ramón intentó definirla en bellos y sucesivos prólogos a sus recolecciones de greguerías: en el prólogo definitivo, el de Total de Greguerías1 traza la serie de antecedentes del género, desde Luciano, Horacio, Shakespeare, Lope, Quevedo, etc., hasta Jules Renard, Saint-Paul Roux, Santayana, etc., y se le escapa Malcolm de Chazal con su Sens plastique, quizá porque no sabía de él, e intenta varias definiciones. Entre otras: “La Greguería es como esas flores de agua que vienen del Japón y que siendo, como son, unos ardites, echadas en el agua se esponjan, se engrandecen y se convierten en flores”, y “puede tener algo de haikai, pero es haikai en prosa”, y “es el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos”. Y Ramón, como un boticario responsable, hasta da la fórmula:

“Humorismo + metáfora = greguería”.

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Desde sus comienzos literarios, Jorge Luis Borges admiraba a Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1988 – Buenos Aires, 1963), de quien escribió alguna página deslumbrada y con quien había participado en la mítica fundación de la revista Sur; pero, contradictoriamente, no le gustaba el género de las greguerías.2 La contradicción de Borges estaba en admirar la escritura de Ramón sin percibir que la unidad básica, la pieza sine qua non de esa escritura, era precisamente la greguería, fusión de metáfora y sonrisa. Las greguerías tanto valen cada una sola como entreveradas en el vasto tejido de todos los libros de Ramón: novelas, cuentos, ensayos, biografías, retratos literarios, intentos teatrales, dizque aforismos, poemas en prosa que no se atreven a decir su nombre, etc. Su total obra, de más de cien títulos, de una cantidad de palabras que da vértigo, es una vasta esfera de omnipresentes greguerías, una greguería global, un universo con la periferia en todas partes y el centro en ninguna.3
     La greguería colinda con todos los géneros (el aforismo, el haikú, el poema en prosa, el ensayo, el cuento, el chiste, el juego de palabras, etc.) y traviesamente los atraviesa sin adscribirse ni identificarse del todo con ninguno. Aquí van greguerías recogidas al azar, casi siempre de la memoria y procurando evitar las piezas multicitadas por los ramonianos de última hora, los que a estas alturas descubren el Mediterráneo llamado Ramón.

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La greguería como mirada: “El sostén es el antifaz de los senos”; “Paloma con las alas ardiendo: guerra”; “La nieve dota de papel de escribir a todo el paisaje”; “El látigo traza en el aire la rúbrica del tirano”; “La sandía es una hucha de ocasos”; “La nieve se apaga en el agua”; “Búho: gato emplumado”; “Fijándose bien en el alba, se ve que brota del rescoldo de ayer”; “La araña es la zurcidora del aire”; “El huevo nos mira con su roja pupila interior”; “En el cisne se unen el ángel y la serpiente”.
     La greguería como cuento: “Al agonizar el viejo marino, pidió que le acercasen un espejo para ver el mar por última vez”; “Enterramos al perro, pero el ladrido quedó en otro perro que ladraba a lo lejos”; “¡No somos los de los espejos, no somos los de los espejos! ¡Nos han engañado!”; “¿Y si las hormigas fuesen los marcianos establecidos ya en la tierra?”; y esta maravillosa love story: “Se miraron de ventanilla a ventanilla en dos trenes que iban en dirección contraria, pero la fuerza del amor es tanta que de pronto los dos trenes comenzaron a correr en el mismo sentido.”
     La greguería como ensayo en miniatura, o como aforismo: “Monólogo significa el mono que habla solo”; “Filósofo es un hombre sentado al borde de un pozo y mirando al fondo”; “La eternidad envidia a lo mortal”; “Los sueños ¿son nuevos o los tenemos de muy antiguo?”; “Nuestra única y verdadera propiedad son los huesos”; “Toda la Historia se reduce a escribir la Historia”; “El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”; y este magistral relámpago filosófico, que hubiera deslumbrado a Bergson: “El que va a morir mañana, vive el hoy siempre.”
     La greguería como visión poética: “Los solares están soñando ventanas”; “Los labios lívidos del viento”; “Los ríos no saben su nombre”; “Nadie ha dicho que las cosas viven: las cosas sueñan”; “Los ojos de los muertos miran a las nubes que no volverán”; “La mano es el guante de la sangre”; “Las mariposas las hacen los ángeles en sus horas de oficina”; y esta anotación estremecedora, que roza lo fantástico: “Lloran los gatos en la noche como si quisieran haber nacido niños en vez de gatos” (¿y quién no ha oído ese maullido casi silabeado, llegando de una azotea en alguna noche de desvelo?).

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A través de los géneros: greguerías, cuentos fantásticos (Disparates, Caprichos), novelas errabundas, disquisitivas, paródicas (Seis falsas novelas), vanguardistas (El novelista, El hombre perdido), y ensayos sobre cotidianidades, primores, extravagancias y enormidades de la realidad, biografías y retratos escritos en los que frecuentemente el dato es sustituido por la suposición y el rasgo toma una proporción fantasiosa, Ramón hizo la inmensa crónica del mundo con la mirada risueña, caprichosa, metaforizante, humorizante.

En él, nuevo fénix de los ingenios, escritor esférico tanto en su vasta escritura como en su apariencia física, se dio eso muy poco frecuente, angélico y casi monstruoso (pero todo ángel es monstruoso): la conjunción de poesía y humorismo. Tiene algo de Quevedo ante el absurdo del mundo, pero sin el tono ácido de Quevedo; tiene algo de Góngora, por el aparato metafórico con el que traduce el universo, pero despliega metáforas anticlásicas y a veces antilógicas; tiene algo de fray Luis de Granada, por su observación del hombre en los animales y de los animales en el hombre, aunque su escritura no es la prosa oratoria de aquel frate Luis; tiene algo de surrealista para descubrir en la realidad la otra realidad y por su prosa a veces sospechosa de automatismo (sobre todo en sus “novelas de la nebulosa”: El hombre perdido, ¡Rebeca, Rebeca!), pero empieza antes de los surrealistas; tiene en muchas de sus greguerías ecos de las bellas anotaciones de Jules Renard en su bestiario y su diario de aldea, pero Ramón aseguraba haber leído a Renard después de hallar el dispositivo de la greguería; tiene algo de cirquero (hasta dio conferencias y lecturas desde un trapecio, o a lomos de un elefante, y escribió El circo, con prólogo de una famosa familia de payasos: los hermanos redundantemente apellidados o apodados Fratellini), pero su espectáculo se despliega ante todo en la pista verbal; tiene algo del artífice de haikais, pero al modo occidental…Y, the last, but not the least, su obra, develadora, noveladora de lo real, con una escritura tranquilamente rebelde a todas las reglas genéricas, sintácticas, retóricas, su obra apolítica, afilosófica y casi amoral, monótona pero variada y abigarrada, está regida por la imaginación, el capricho y el espíritu de juego y del placer. La sonrisa de su escritura cruza indemne el espesor del mundo y la pesadilla de la Historia, y en sus miles de páginas robadas a innumerables noches completas, fulgurantes en el primer albor del día de Madrid, de Lisboa, de Buenos Aires, triunfaron el espíritu poético y el duende del humorismo. ~


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