Reacciona (pero no hace falta que tengas buenas ideas)

Miles de personas se han manifestado en toda España reclamando "Democracia Real Ya". La movilización es una buena noticia. Pero muchas de sus propuestas son una mezcla de buenas intenciones y arrogante ingenuidad.
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Muchos miles de personas se manifestaron ayer en las ciudades de España reclamando Democracia Real Ya. La convocatoria fue un éxito: el país lleva meses caminando muy cerca del desfiladero, el paro es de un monstruoso 21 % y el espectáculo de la política de partidos parece incapaz de poner sobre la mesa medidas razonablemente esperanzadoras, y es normal que muchísima gente, que se organizó sobre todo en Twitter, decidiera salir a la calle y protestar. No solo es normal, tal vez es hasta esperanzador: es una gran noticia que la sociedad civil sea capaz de organizarse y establecer agendas políticas al margen de las instituciones -partidos, sindicatos, iglesias- que suelen controlar férreamente toda actividad política. La mala noticia es que a esta gran capacidad de organización de la queja no la acompañara una mínima elaboración de propuestas realistas para salir del agujero.
Las propuestas de Democracia Real Ya eran, por lo general, maximalistas, y en algunos casos pura ignorancia. El primer apartado de esas propuestas era en sí mismo una muestra de arrogante ingenuidad. Su título, “Eliminación de los privilegios de la clase política”, partía de un error, puesto que en las democracias no existe la clase política, como no existe la “clase tendera” ni la “clase catedrática”: los políticos son profesionales de la política y cualquiera con la vocación y el talento necesarios (a veces no hace falta mucho de ninguna de las dos cosas) puede ser un político. Seguía la petición de “Sanciones específicas para dejación de funciones”, lo cual responde a la reiterada tendencia de la prensa española a fotografiar el Congreso con un gran número de sus escaños vacíos, aunque lo cierto es que cuando los diputados están sentados en sus escaños es cuando menos trabajan: ahí se limitan a hacer teatro y apretar el botón que les diga su jefe de bancada; el trabajo verdadero está en las comisiones y los despachos, que no suelen atraer la atención de las cámaras. Después pedía una “Equiparación del salario de los representantes electos al salario medio español” más dietas: si nuestros políticos tienden a ser mediocres, ¿qué motivación tendrían las personas verdaderamente formadas, con conocimientos muy especializados y con inmensas posibilidades en el sector privado para trabajar durante años por un sueldo inferior al de un maestro? Seguía la “Eliminación de la inmunidad asociada al cargo”, con lo cual la vida del Parlamento y del Ejecutivo sería totalmente imposible porque todos los diputados y todos los ministros recibirían quince denuncias al día. El siguiente punto exigía la “Publicación obligatoria del patrimonio de todos los cargos públicos”, con lo que estoy totalmente de acuerdo, y el punto último del apartado demandaba una “reducción de los cargos de libre designación”, con lo cual es de suponer que su trabajo actual lo tendrían que hacer funcionarios no escogidos por cargos electos y quizá no muy inclinados a cumplir los encargos de sus superiores por diferencias ideológicas. Las propuestas seguían y seguían con esta mezcla de adanismo, falta de sofisticación y apuntes valiosos: desde la petición de cosas ya existentes -”devolución a las arcas públicas  por parte de los bancos de todo capital público aportado”; ya lo hacen, y con intereses-, a oxímoros como la “financiación pública de la investigación para garantizar su independencia” -como si la toma de decisiones políticas sobre financiación pudiera conducir alguna vez a la independencia- y cosas perfectamente razonables y discutibles como la reducción del gasto militar, que en España, de todos, modos, es pequeño. (Pueden ver un análisis más detallado de las propuestas aquí, de donde he tomado algunas de estas ideas.)
La revolución tecnológica 2.0 es buena, a juzgar por todo esto, para sacar la gente a la calle, lo cual no deja de ser la expresión mínima y más común de la política de toda la vida, aunque no por eso deje de tener cierta relevancia. Pero no parece tener la menor utilidad para hacer que la llamada “inteligencia colectiva” dé pie a propuestas políticas viables. Ciertamente, no es agradable que los bancos “nos suban las hipotecas”, pero ni Twitter ni un puñado de pancartas -ni el más competente economista, por cierto-  lograrán que eso no suceda de vez en cuando. Los organizadores han dado muestras de audacia organizativa, pero no de tener ideas más allá de los mejores deseos para todos y palos (merecidos pero puramente simbólicos) a nuestros dirigentes. Solemos acusar con razón a los partidos políticos de que mienten en sus programas electorales. Democracia Real Ya ha hecho lo mismo que ellos. Ha propuesto una hermosa arcadia irrealizable y se ha congratulado al ver cuánta gente salía a la calle para exigirla. La mayoría de sus propuestas -no todas, insisto- son risibles, propias de una idea idílica de la democracia y no de un acercamiento realista a ella. No pasa nada. Las manifestaciones han sido Trending Topic. Y de eso se trataba, ¿no?

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