Resaca electoral: Twitter

En esta entrega de la serie sobre la sobredosis electoral toca el turno de analizar a Twitter. 
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La resaca post electoral comenzó cuando las elecciones aún no terminaban formalmente. Concretamente, lo hizo el mismo primero de julio: una vez hecho el anuncio del presidente Calderón (y el del Consejero Presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita) en el que hacía pública la ventaja del candidato priista, Enrique Peña Nieto.  En ese mismo instante, la tendencia que el PREP ya demostraba –la ventaja de la coalición PRI/PVEM sobre PRD– tomó mayor fuerza: se hizo, digamos, real. El supuesto desconocimiento de las instituciones que pregonan algunos usuarios de las redes sociales tiene un obstáculo que parece infranqueable: opera en estrecha relación con las acciones y anuncios de las instituciones que se supone serán ignoradas.

En ese momento, Twitter estalló. Esto no es nuevo: Twitter, cuyos usuarios suelen presumir casi por default de ser los más informados, los más inteligentes, los únicos con capacidad crítica, está acostumbrado a estallar y a indignarse tres o cuatro veces por día. Su naturaleza inmediata lo hace posible: la capacidad de respuesta del usuario, generalmente auxiliado por smartphones o laptops, debe ser la más eficaz de internet. La elección fue seguida en Twitter, seguramente, por más gente que en las casillas. Fotos de irregularidades –reales y no–, encuestas y datos circularon con fluidez durante toda la jornada electoral. A la hora del comienzo del PREP en tiempo real, en una efectiva gráfica que ilustraba el conteo estado por estado en un mapa de la república mexicana, todo México –o, mejor: todo tuiter– estaba pendiente de los resultados. El anuncio del IFE y el presidente Calderón no resultó en sorpresa alguna, pero sí hizo oficial lo que se temía: el candidato de PRD, PT y Movimiento Ciudadano había perdido por una diferencia considerablemente mayor a la registrada en la elección de hace seis años.

Twitter demostró estar poblado por una mayoría que apoyaba a AMLO durante toda la campaña. Esto no es difícil de creer una vez que se cruzan datos: según Excélsior, AMLO llegó al segundo lugar de la preferencia electoral gracias a la población de clase media y la más escolarizada. En un país en el que, de acuerdo con datos de la Asociación Mexicana de Internet, apenas el 27.6% de la población tiene acceso a internet y computadoras, podemos entender con claridad por qué tuiter parecía un reflejo de una nación que se volcaba en apoyo a López Obrador.

Por supuesto, esta idea es resultado de una visión incompleta: cada quien hace su propio Twitter; depura su timeline de forma que crea una parcela de la realidad en la que las opiniones y, principalmente, la información sigue un cauce más o menos definido. Así, quien apoyó de forma incondicional  desde el inicio a un candidato perdedor se formó una idea, acaso distorsionada, de lo que pasaba a cada paso de la campaña. Evitó interactuar con gente real, intercambiar puntos, salir a dialogar; convencido de que el compartir y retuitear eran suficientes herramientas de divulgación y convencimiento, ignoró que la democracia no sólo se hace en los canales de internet: está en la calle, en la ciudad, en la tienda de la esquina, en la plática de café.

La resaca cibernética de las elecciones, empero, aún no ha terminado. Estos días –más de diez ya– posteriores han mostrado el espectro polarizado de los votantes: los indiferentes, los resignados, y los que siguen apoyando a su candidato en su cruzada contra lo que él considera violaciones a la ley. Durante este período de elecciones se quebraron amistades, se forjaron nuevos vínculos; se estuvo en estrecho contacto con los candidatos y sus acciones. Fueron, con toda seguridad, las elecciones en las que existió mayor población informada; fue en las redes sociales que se gestó un movimiento que, aunque ahora comienza a desvirtuarse, sí dio un giro imprevisto a la campaña presidencial.

Existen algunos que claman en Twitter por el regreso ‘a la normalidad’ de las cosas; a cómo era todo antes de las campañas. A la conversación comunitaria sobre temas banales, a la carcajada irreflexiva, al snobismo de la comentocracia que opina sobre cine, música, televisión, cómics. Lo deseable sería que esa normalidad no volviera jamás: así como buena parte de la crítica a los partidos y el sistema democrático en México ha señalado su carácter poco previsor, siempre vinculado a los tiempos electorales, habría que apuntar que también el electorado mexicano se ha ajustado a ese calendario. En tiempos de elecciones, la política es la materia principal; en los largos intermedios, pocos recuerdan comentarla.

Quizá esta resaca electoral en las redes sociales tenga como consecuencia el flujo de información; la creación de un electorado en alerta permanente que entienda que la política no es un ejercicio de una sola vía. Una población que comprenda que el voto depositado en la urna es apenas el comienzo de la vida en democracia. Si Twitter –y México– comprende eso durante la resaca electoral, se habrá dado un gran paso en la construcción de un país que entienda el funcionamiento de la democracia. Esa, claro, sería una victoria civil más allá de presidencialismos. 

 

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