Ronda con Luis González y González

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Escribía muy bien Luis González y González: su lección de estilo fue tan influyente por lo que tuvo de inesperada. Es difícil creer que aquel “año axial” de 1968, como lo bautizó Octavio Paz con un recordado anglicismo, tendría, junto a acontecimientos más dramáticos y fotogénicos, una contribución bibliográfica como Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia, el mundialmente celebrado clásico de la historiografía parroquial, que traducido al inglés y al francés y más tarde prologado por el Premio Nobel de Literatura y michoacano de adopción, J.M.G. Le Clézio, es uno de los grandes libros mexicanos.

Desde el principio, a González y González (1925–2003) su empresa le pareció literaria y así lo dijo en el prólogo de Pueblo en vilo: “La historiografía local, como la biografía, parece estar más cerca de la literatura que los otros géneros históricos, quizá porque la vida concreta exige un tratamiento literario, quizá porque la clientela del historiador es alérgica a la aridez acostumbrada por los historiadores contemporáneos. El redactor de una historia local debiera ser un hombre de letras.”

Pueblo en vilo fue la revolución en la revolución: sin los dogmas y las estadísticas, la sonora, útil, acogedora, simpática, prosa española escrita por ese hombre de letras que fue González y González se impuso como uno de los más peculiares estilos de una literatura mexicana que tiene a historiadores como él entre sus cimas. La felicidad de su idioma le es tan propia que sería inverosímil copiarle sin citarlo: sólo él puede llamar “clíonautas” a los historiadores, sólo él podría hablar de sus “literaturas y vividuras” o llamar a Maximiliano “emperador barbas de oro” sin sonar condescendiente o chusco.

González y González era un historiador que regresó a escribir la “historia universal” de San José de Gracia, su pueblo natal, tras conocer, el gran mundo de la historiografía moderna. Es imposible escribir un libro menos provinciano que El oficio de historiar (1988), caminata por toda la historia de la historia, de Tucídides a Paul Valéry pasando por Macaulay, Nietzsche, Collingwood y tantos de los contemporáneos marxistas y estructuralistas. Didáctico sin ser profesoral y magistral sin acogerse a las licencias de pedantería que se le autorizan de buena gana a los verdaderos maestros, culto sin pasar como erudito, González y González, a la vez, es una lectura deliciosa como tratadista del oficio, propiamente dicho, del historiador: fichas y cuadernos, notas a pie de página (ni Gibbon ni Zaid: esa sería su doctrina), horas y horarios de escritura, conveniencia de hacerla cerca o lejos del fichero. No sólo fue González y González historiador eminente, revolucionario a fuerza de ser temperamentalmente tolerante y liberal, como lo han reconocido sus discípulos más fecundos e influyentes (Jean Meyer, Enrique Krauze) sino un verdadero oficiante, aquel que domina, transmite y celebra una materia. Lamentaba González y González que “la obsesión por hacer de Clío una divinidad científica ha hecho que se olvide su carácter básico de musa” y actuó en consecuencia.

De la microhistoria, González y González se desplazó con elegancia a la historia nacional, no sólo tocando casi todas las épocas, sino escribiendo La ronda de las generaciones (1984), otro libro ejemplar. En menos de 200 páginas y como jugando con las minorías dirigentes y sus generaciones, tal cual las postulaba Ortega y Gasset, el historiador de San José de Gracia se las arregla para escribir una eficaz y brevísima historia de la cultura mexicana entre la Reforma y el mediodía del siglo XX, como las hay pocas, sin digresiones y sin olvidos. Lo que parecía una lista, resulta ser una genealogía. Me atengo a citar algunas de las definiciones, casi aforísticas, que he venido subrayando. Los intelectuales (palabra que a González y González no le gusta, casi no la utiliza) de la Reforma “eran comecuras, que no irreligiosos. El romanticismo no se avenía con la irreligiosidad.” Los Científicos (o cientísicos, según leemos) eran “hombres de contextura flemática y distante, figurines de levita y sombrero hongo”, mientras que a los azules (es decir, los modernistas), “el positivismo de la Prepa les entra por un oído y les sale por el otro” pues fueron una “generación nepantli, entre dos aguas, que tuvo que cerrar la época nacionalista, liberal y romántica”. “Mientras gobernó la generación revolucionaria no hubo paz”, dice González y González, o reconoce que “los de 1915 lograron el pase de una campaña antirreligiosa dura y cruel a una tolerancia de credos no indigna de los países nórdicos del Occidente.”

La influencia, enorme, de González y González se antoja, a estas alturas del nuevo siglo y engañosamente, como cosa normal. Se trataría del triunfo, con Pueblo en vilo, de la contracorriente: en vez de la gran historia de las ideologías en conflicto, la microhistoria y su paradójica lentitud, contra el frenesí que por la Revolución en abstracto sentían tirios y troyanos, documentar la vida de los revolucionados, mostrada por un sonriente historiador que orgulloso de ser católico, ranchero y pueblerino, se alejaba de las producciones en serie del “materialismo histórico”. No creía aconsejable ni deseable, afirmaba González y González con Bertrand Russell, ser un historiador imparcial pero, al glosar, como lo hizo en su célebre ensayo de “La Revolución Mexicana desde el punto de vista de los revolucionados” (1986), el desagrado con que víctimas y testigos, convocados por el Museo de Culturas Populares, hicieron memoria de la vida de su pueblo durante la guerra civil, González y González lo hizo sin resentimiento y, sin patetismo, a algunos nos tocó fibras olvidadas.

Mi abuela paterna, por ejemplo, nació a finales del Porfiriato y la Bola, como ella le decía, la dejó huérfana y fue dar, tras 1915, el fatídico año, a un hospicio de donde la sacó, medio muerta, la influenza española. De la Revolución los incendios, el hambre, las violaciones y los incendios, y bien entrado el siglo XX todavía fantaseaba con el regreso de un hermano pródigo arrancado de su casa por la leva. Más asombrosa que el relato de la abuela era la incapacidad de la parentela universitaria de la que yo era vástago para relacionar aquella Revolución con las que festejábamos en la mesa familiar, la soviética, la china y la cubana, ignorantes de que la conciencia histórica, la experiencia del siglo, la conservaba la inculta abuela. En fin: mi caso no debe ser el único. Tuve que leer a González y González para darle a mi abuela, la revolucionada, su crédito póstumo.

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