Sabiduría de Edmond Jabès

Un homenaje al poeta francés, nacido en Egipto a propósito de que este año se cumplió el centenario de su nacimiento. 
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Se cumplieron cien años del nacimiento, en El Cairo, de Edmond Jabès (1912–1991), el poeta judío de lengua francesa que nació, verdaderamente, cuando su familia, con muchas generaciones de vida judía en Egipto, fue expulsada del país por Nasser, en 1957. Esa diáspora –compartida por los judíos egipcios con los cristianos coptos y otras minorías no musulmanas– convenció a Jabès de que toda su obra de poeta, obligado a vivir en la experiencia del destierro, sería un comentario de la Torá, el libro revelado en el desierto. Sigo, al redactar esta nota, la introducción que Esther Seligson (1940–2010), la traductora mexicana de Jabès al español y en buena medida, su discípula, escribió para El pequeño libro de la subversión fuera de toda sospecha (Vuelta, 1988). En ella, Seligson nos trasmite la experiencia física del desierto en Jabés y su obsesión por el Libro, que siguiendo la tradición rabínica, es el modelo ejemplar tomado por Dios para crear el universo.

Otro de los lectores de Jabès fue Maurice Blanchot, quien al menos en tres comentarios, rompió su propósito de no decir nada sobre el egipcio, confiando su obra a la discreción, a la lectura en soledad. Pero pudo más en Blanchot (en La amistad, El diálogo inconcluso, La condition critique) la urgencia por invadir la austeridad de Jabès, por entrometerse en una obra que, a la luz del Holocausto, recuperó por completo la fusión casi exterminada, del judaísmo con la escritura.

La obra de Jabès, quien murió en París tras haberse ganado la ciudadanía francesa en 1967, ha sido en extremo influyente para el pensamiento moderno, sobre todo por su diálogo con Emmanuel Levinas, diálogo tan fértil para el poeta y para el filósofo. Educado en un medio laico, Jabès es uno de los más grandes poetas judíos de la historia, lo cual lo coloca, justo es decirlo, en la descendencia de los profetas. Él, quizá, hubiera preferido un sitio más modesto entre los maestros jasídicos cuya obra comentó, copió, multiplicó, enriqueció, al grado que entre Jabès y los Cuentos jasídicos (1949) rescatados por Martin Buber impera una emocionante, esperanzadora continuidad.

Enseguida reproduzco fragmentos de Jabès, como homenaje a quienes lo han traducido al español (entre ellos no sólo Seligson sino el también muy querido y llorado Saúl Yurkiévich) y lo hago en el entendido de que aunque lo parezcan, muchos de sus líneas no son aforismos ni sentencias, sino poemas. Jabès fue un gran poeta moderno y en su propiamente desértica monotonía, aunque aparece el comentario, la parábola, el cuento, la anécdota sapiencial y el fragmento filosófico, imperan como dijo Blanchot, esas “palabras errantes que constituyen el subterfugio de un solo poema”. Sin el Holocausto y sin la interrogación suprema que motivó, no se hubieran podido encontrar ni escribir las palabras de Edmond Jabès, cuya sabiduría ininterrumpida, a mí, me parece un milagro del siglo XX.

 

 

De El libro de las preguntas (1967–1973) en la traducción de Julia Escobar y José Martín Arancibia.

* La locura y la sabiduría son los dos polos del día. Su porvenir es diferente. Para la aurora, el mediodía es el amo. Para el crepúsculo, la medianoche la amiga deseada.                                                                          

* “Ser dos es ser el día, que está formado por la mañana y por la noche.” Reb Guened

*  El mar es nuestra historia.

    “Sáquenme de mi caparazón, decía Reb Fanún; mi sed es la mar de fondo.”

     Estamos en nuestras manos o en pleno océano.

 

*Ahora estoy seguro de ello; tras su espectacular victoria en los escombros de su unidad, el mundo será aniquilado por el mundo, igual que lo es, todas las noches, el hombre por el hombre.

* La luz divina es la primera hora del escritor. Infierno, infierno.

*Ningún rostro está en el rostro; ningún lugar en el lugar. El reino es el estrecho paso entre lo que fue entrevisto y lo que ya no vemos.

*Basta una letra compartida para que dos palabras dejen de ignorarse.

 

 

De El libro de las semejanzas (1976) en la traducción de Saúl Yurkiévich:

 * Lo que está por leerse, queda siempre por leer.

 * La eternidad no es más que miríadas de hojas que escaparon a la escritura.

*El mundo deja en paz a quien no libra ninguna confidencia.

*El judaísmo está presente donde quiera que el hombre es maltratado, perseguido: pero el judío está solo, frente a su destino.

*Todo libro será solo confusa semejanza con el libro perdido.

*Lo que dices se parece un poco a lo que intentas decir; pero nunca es más que la expresión de este esfuerzo.

 

 

De El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha (1982), en la traducción de Esther Seligson:

* La más pequeña piedra está bañada de infinito.

* Lo cotidiano es agua que se derrama; la duración la filtra.

*Dios desgasta al hombre en Dios. Crueldad de la nada.

* Sin flaquear, la noche espera al sol.

* “Soy, sin duda, la memoria de mis libros: ¿pero hasta dónde mis libros han sido mi memoria?”, decía.

* ¿Qué define al pensamiento? – No lo que es sino lo que cierne.

* Sólo en lo desconocido hay salida.

 

De El libro de la hospitalidad  (1991), en la traducción de Françoise Roy:

* Llueve sobre París.

   Un transeúnte –¿será él?– alza el cuello de su impermeable y prosigue su camino.

    Amar, a pesar de todo.

    “Yo no sé quién eres –decía un sabio– pero sé que a mí te pareces.”

 

*  Un texto destinado a un periódico –decía un sabio– es un texto al cual, por común acuerdo, se ha otorgado un día de vida.”

*   Tu existes porque yo te espero.

* La hospitalidad se lee como una buena nueva.

* De ti me despido, más viviré de tu lectura.


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