Sinónimos y distingos

Quien encadena sinónimos se desliza en el fango de la ambigüedad. Multiplicarlos no es signo de riqueza verbal sino de pobreza de pensamiento, pues cada palabra conlleva un matiz sutil por el que se distingue de otras.
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Cuando don Quijote vio venir dos leones enjaulados en una carreta (enviados a Su Majestad desde Orán), sospechó una mala obra de encantadores, y ordenó al carretero que abriera la primera jaula (capítulo XVII de la segunda parte). Como le advirtieran del peligro, exclamó desafiante:

–¿Leoncitos a mí?

Procuraron todos apartarse de lo que iba a suceder. Don Quijote, temiendo que Rocinante se espantara, se apeó, “y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea”.

Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula.

La cerró el carretero y prometió contar al rey la portentosa hazaña. Don Quijote añadió:

–Pues si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, direisle que el Caballero de los Leones. Que de aquí adelante quiero que en este [nombre] se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura. Y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento.

Francisco Rodríguez Marín, en su edición del Quijote, anota este pasaje (“trueque, cambie, vuelva y mude”) diciendo que Cervantes “gustaba de prodigar los verbos sinónimos o de significación análoga, quizá por algo de jactancia”. Pero la jactancia es de don Quijote, no de Cervantes, que se divierte imaginándola.

La retórica, que para todo inventa nombres innecesarios, llama datismo a este despliegue de sinónimos innecesarios, a partir de la burla contra Datis en La paz (289) de Aristófanes: “Me agrada, me alegra, me encanta”. ¿Será datismo la jactancia de que nuestra lengua tiene más palabras para decir lo mismo que cualquier otra? Jactancia absurda, porque un principio fundamental del habla es la economía. La multiplicación de sinónimos es un desperdicio y una fuente de confusiones. La riqueza del vocabulario no está en los sinónimos, sino en los distingos.

Llamar indistintamente almadía, balsa, barca, batel, bote, canoa, chalana, chalupa, chinchorro, dorna, esquife, falúa, góndola, jangada, lancha, trajinera ozatara a una embarcación pequeña no es riqueza, sino pobreza. Hay que distinguir. Las canoas se distinguen porque no se construyen, sino que se labran de una sola pieza, a partir de un tronco de árbol. Su nombre viene de los taínos que conoció Colón en el Caribe (Diario, 26 de octubre de 1492), lo cual hizo de canoael primer indigenismo que entró a la lengua española. Antonio de Nebrija (Vocabulario de romance en latín, 1516), recordando la Historia natural (VI, 35) de Plinio, donde habla de embarcaciones semejantes, recuperó acertadamente aquel latín para este vocablo nuevo: “canoa: nave de un madero, monoxylum”.

Una misma fruta puede tener distintos nombres en dos poblaciones, y si la comercian tienen que aclarar de cuál se trata. Del comercio resulta la preferencia por un solo nombre, que deja el otro para el uso local (si no desaparece). Cuando los dos persisten, el uso tiende a distinguirlos por algún matiz de significado o alguna circunstancia de uso; y ya no dicen exactamente lo mismo.

La confusión es indeseable. El buen gobierno empieza por rectificar los nombres, dice Confucio (Analectas XIII, 3). Sócrates elogia la elegancia de no usar boulesthai (querer) y epithymein (desear) como si fueran lo mismo (Protágoras 340). Distinguir es relativamente fácil cuando hablamos de realidades que no dependen de cómo se llamen. El oro se distingue del cobre con la piedra de toque y otros ensayos físicos o químicos. Lo mismo sucede, en menor grado, con las frutas, los pájaros y las embarcaciones. Pero no es tan fácil distinguir las realidades de querer y desear. En este caso, el análisis no se puede apoyar en distingos físicos, químicos o genéticos: es puramente conceptual, lo cual implica cierta circularidad. Lo nombrado depende del nombre. Las palabras usadas para definir movimientos del alma, ideas, ideales o realidades históricas y sociales se definen con palabras que, a su vez, requieren definición, y que también son históricas y sociales. Una misma palabra puede tener significados distintos en distintas épocas, en distintos gremios, en distintos niveles sociales. Las palabras usadas para aclarar requieren aclaración.

La circularidad llega a extremos cómicos cuando un diccionario define A como ‘especie de B’ y B como ‘especie de A’. Pero incluso cuando las definiciones de A y de B son independientes, su redacción puede no dejar clara la diferencia. Nunca se ha publicado un diccionario de distingos (con ese nombre), pero los diccionarios de sinónimos aparecieron como tales: para distinguir significados y hablar con exactitud. El primero se llamó La justes se de la langue françoise, ou les différentes significations des mots qui passent pour synonimes. Fue publicado por el abate Gabriel Girard en 1718 (puede leerse en Google Books). Sus recomendaciones para usar le mot juste se extienden a los insultos:

El burro no sabe, por falta de disposición; el ignorante, por no haber aprendido. El burro puede haber estudiado, pero sin provecho; el ignorante no estudió. La burrada es más un defecto del espíritu en el sujeto; la ignorancia, una deficiencia de estudio en la educación.

En ese estilo, José López de la Huerta publicó su Examen de la posibilidad de fixar la significación de los sinónimos de la lengua castellana (Viena, 1789; también en Google Books):

El ignorante yerra por falta de principios adquiridos; el tonto por falta de luces naturales; el necio por falta de luces o principios y sobra de amor propio […] Querer persuadir a un necio es cansarse en vano.

José Justo Gómez de la Cortina, el famoso conde de la Cortina, ingeniero militar, general, diplomático, senador, ministro de Hacienda, gobernador del Distrito Federal, polígrafo que se carteaba con Humboldt, Chateaubriand y Constant, miembro de número de la Academia de la Historia, fundador de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y honorario de la Real Academia Española, autor de numerosas publicaciones, y mecenas tan generoso que, después de tener la mansión del hoy llamado Parque Lira, acabó viviendo en un departamento (¡un entresuelo!), aunque de linaje español, nació y murió en la ciudad de México (1799-1860), donde publicó un Diccionario de sinónimos castellanos en1845. La “nueva edición, notablemente aumentada” de 1853, puede leerse en www.archive.org:

El tonto carece de entendimiento. El necio carece de ideas, como lo indica la etimología de esta voz nescire, no saber. El ignorante carece de instrucción. El mentecato carece de imaginación y discernimiento. El imbécil carece de razón.

Otro gran personaje de ambos mundos (España, Argentina y Chile), José Joaquín de Mora, preparó una Colección de sinónimos de la lengua castellana que publicó la Real Academia Española en 1855, como primicia de una gran obra institucional que finalmente no emprendió. Hay edición facsímil en Visor:

La tontería consiste en lo limitado de los alcances, y la necedad, en la viciosa disposición de la inteligencia. El tontocomprende poco; el necio comprende mal. Caracterizan al primero la lentitud en concebir, la dificultad en expresarse, la imprevisión y la inexperiencia; al segundo, la confusión en las ideas, la tenacidad en el error, la propensión al sofisma.

Roque Barcia fue un escritor popular en la España del siglo XIX, de la que tuvo que exiliarse más de una vez. Era un anarquista cristiano cuyo primer libro (El progreso y el cristianismo, 1861) tuvo el honor de ser quemado en público. Creía en la regeneración de la sociedad y del lenguaje (como Confucio), y por lo mismo dedicó mucho tiempo a los trabajos lexicográficos. En sus Sinónimos castellanos (Madrid, 1890) sigue la tradición del distingo (hay facsímil de la segunda edición en Colofón):

Tonto es el que no comprende. Necio, el que no sabe. Fatuo, el que habla sin tino […] El tonto da pena; el necio, risa; el fatuo, enojo.

Muchos distingos son esclarecedores, otros confunden (incongruentemente) y los hay que parecen caprichosos. Además, se refieren a unos cuantos miles de palabras. Excluyen a la mayoría, ya sea porque no tienen sinónimos o porque nadie ha sabido cómo distinguirlos. La cuestión de fondo es si el propósito del Siglo de las Luces (fijar el significado de cada palabra, tener claros los distingos y usar la palabra exacta para el caso) es siempre realizable.

Se puede fijar la terminología de los números, las unidades de medida, las posiciones geográficas y estelares, las sustancias, las especies vegetales y animales. Pero la fijación de todo el vocabulario es utópica, porque las lenguas evolucionan y las palabras adquieren nuevos significados. Además, cierta inexactitud puede ser preferible.

Si en las cerraduras de combinación (girar a la derecha hasta 7, luego a la izquierda hasta 34 y finalmente a la derecha hasta 11) el movimiento tuviera que ser absolutamente exacto, jamás abrirían. Manualmente, el giro puede quedar en 6.9 o en 7.1, pero no hay dedos que puedan precisar hasta 7.000000. Una combinación que no tolera cierto margen de error es inservible.

El fetichismo de la exactitud puede llevar a precisiones absurdas, como las que publican frecuentemente los periódicos (porcentajes con dos decimales, por ejemplo). Si uno mide una distancia a pasos, y para ser exacto la mide diez veces, y calcula el promedio, no puede afirmar que la distancia es de 9.23 pasos sin hacer el ridículo. Menos aún calcular la desviación estándar y otros refinamientos estadísticos. Lo científico es decir que la distancia es de “unos nueve pasos”.

Karl Popper (Unended quest, 7) arguyó contra el fetichismo de la precisión. Las precisiones útiles son las necesarias, las fructíferas, las esclarecedoras. Más allá de esto, empeñarse en partir de definiciones exactas y empantanarse en discusiones semánticas (en vez de partir de problemas reales y buscar soluciones posibles) es una pérdida de tiempo. Una traducción entorpecida por el afán de exactitud puede ocultar (en vez de revelar) lo que dice el original: hacer que no se entienda.

La poesía va más lejos: puede usar precisamentela indefinición, la ambigüedad y la variedad de significados de las palabras para evocar con toda exactitud. Cuentan que Ramón López Velarde dejaba en blanco el adjetivo que no se le ocurría, con la esperanza de encontrarlo después. A su paciencia debemos exactitudes milagrosas: “la gota categórica”…

No se sabe si usaba diccionarios de sinónimos, y es obvio que no le hubieran servido de mucho en este caso, que resolvió con una conceptuación inédita del goteo (tan inédita que, por lo mismo, no está prevista en ningún diccionario). Pero hay muchos casos en los cuales se agradece la recordación de la palabra que parece estar en la punta de la lengua y no se presenta. Nuestro vocabulario activo (al hablar o escribir) es mucho menor que el latente (el que recordamos y entendemos al escuchar o leer), ya no digamos que el número de palabras que ni sabemos lo que quieren decir. Para escribir el Quijote, Cervantes usó unas diez mil palabras, aunque entendiera, digamos, treinta mil de las quizá cien mil del español.

Peter Mark Roget, un médico deseoso de enriquecer su vocabulario, inventó un sistema de 990 cajones clasificatorios para ir guardando palabras que se le pudieran ofrecer. Por ejemplo, bajo el rubro fool (cajón 501), incluyó ass, donkey, dunce, gaffer, idiot, moron, pin-head, silly, simpleton, stupid. No registró definiciones ni distingos. En 1852 lo publicó como Thesaurus of English words and phrases classified and arranged so as to facilitate the expression of ideas and assist in literary composition. Pasó al dominio público en distintas versiones que siguen publicándose con el título de Roget’s Thesaurus. Para facilitar la consulta suele añadirse un índice alfabético que lleva de las palabras incluidas al cajón correspondiente (en el sistema original había que adivinarlo). Es, de hecho, un diccionario limitado a la recordación. Pero esta limitación le da una gran ventaja: multiplica el número de palabras incluidas.

Inspirado en Roget, Jean-Baptiste-Prudence Boissière publicó en 1862 su Dictionnaire analogique de la langue française que triplicó los cajones y los ordenó alfabéticamente, desde Abandon, Abattement… hasta Zodiaque (a diferencia de Roget, desde 1. Existence, 2. Non-existence… hasta 990. Temple). En la versión de Charles Maquet (Larousse analogique, 1971), el índice de palabras incluidas, en vez de estar al final del libro, corre por la parte superior de cada página, paralelamente a los cajones.

Julio Casares en su Diccionario ideológico de la lengua española: Desde la idea a la palabra; desde la palabra a la idea (1942) superó el modelo de Roget con dos innovaciones fundamentales. En primer lugar, en vez de clasificar palabras de manera más o menos personal, clasificó las cosas: todas las cosas del universo, con una taxonomía fundada en su naturaleza (mineral, vegetal, animal, etcétera). En segundo lugar, en vez de añadir un índice alfabético que lleve al cajón correspondiente, añadió un diccionario de la lengua completo. De esta manera, no solo se dispone alfabéticamente de las palabras incluidas, sino de todos sus significados.

Un ejemplo notable es la inclusión de un centenar de voces de animales: berrido (voz del becerro), barrito (voz del elefante), rugido (del león), tauteo (de la zorra), bufido (del toro y el caballo)… En este ejemplo queda claro que no es un diccionario de sinónimos, sino de cosas agrupadas por su naturaleza. La obra consta de una tabla sinóptica de 42 páginas, la parte analógica con 482 páginas de cajones temáticos en orden alfabético y 887 páginas del diccionario de la lengua.

Samuel Gili Gaya, en su admirable Diccionario de la lengua española (1945), aprovechó la idea de Casares, simplificándola (aunque perdiendo la utilísima sección analógica): a las definiciones de cada palabra, añadió sinónimos (de haberlos). Años después inventó un híbrido muy útil: un Diccionario de sinónimos (1958) que, por una parte, antologaba y resumía los mejores distingos establecidos por sus antecesores (dándoles crédito) y, por la otra, añadía listas de sinónimos y antónimos (palabras de significación opuesta) de cada palabra, sin explicaciones, a la manera de Roget, pero sin cajones temáticos. José Manuel Blecua amplió notablemente la obra en un monumental Diccionario general de sinónimos y antónimos (1999).

La única innovación posterior importante, extrañamente abandonada, fue el Gran diccionario de sinónimos y antónimos (1974) de Fernando Corripio, que se reduce estrictamente a la recordación; usa el formato de párrafo, en vez de lista; multiplica extraordinariamente las inclusiones y, en vez de jerarquizarlas, las pone todas en el mismo nivel y las repite cíclicamente, aunque no mecánicamente, sino según la palabra inicial de cada párrafo. La recordación resulta así fácil y rápida. Véanse, por ejemplo, estas bonitas andanadas:

Tonto: necio, estúpido, torpe, inepto, imbécil, idiota, sandio, simple, estólido, estulto, bobo, mentecato, vacío, vacuo, gedeón, ganso, botarate, fantoche, pueril, majadero, ingenuo, primo, asno, borrico, soso, disparatado, memo, obtuso, corto, bobalicón, zote, tardo, lelo, porro, negado, zopenco, beocio.

Necio: bobo, tonto, estúpido, torpe, incapaz, inepto, simple, zote, zoquete, patoso, fantoche, ganso, gedeón, vacío, vacuo, mentecato, idiota, asno, burro, memo, majadero, soso, botarate, ñoño, alelado, aturdido, babieca, obtuso, palurdo, papanatas, pasmarote, sandio, pasmado, badulaque, ignorante, primo, gaznápiro, animal, bestia, negado, incompetente, nulo, inútil, inexperto.

De igual manera, abre un párrafo para cada una de las palabras mencionadas. Nótese que en el párrafo no están en orden alfabético, ni son todas las mismas, ni en el mismo orden, y que su número varía. Todo lo cual indica que la enumeración no es mecánica, sino un trabajo lexicográfico personal. No se entiende que Bruguera haya abandonado este utilísimo diccionario, del cual vendió decenas de miles de ejemplares en unos cuantos años.

Cuando lo importante es distinguir, el mejor diccionario es el de Blecua. Cuando lo importante es encuadrar el conjunto de significados ontológicamente (con respecto a todo lo que hay), el mejor es el de Casares. Cuando lo importante es la recordación rápida del más amplio conjunto de opciones para una frase a medias, el mejor es el de Corripio. ~

 

(Letras Libres, octubre 2011)

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