Testigo en Barcelona

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I

Se ha escrito mucho sobre los disturbios barceloneses de mayo y los principales episodios están ya consignados en el folleto de Fenner Brockway The Truth about Barcelona, que hasta donde se me alcanza es completamente fidedigno. Creo por lo tanto que lo más útil que puedo hacer aquí, en mi condición de testigo ocular, es poner algunas notas a algunos de los puntos más polémicos.
     Primero, el que se refiere a los objetivos de la presunta insurrección, si es que hubo algunos. En la prensa comunista se ha señalado que todo fue un plan cuidadosamente preparado para derrocar al gobierno e incluso para entregar Cataluña a los fascistas mediante una intervención extranjera en Barcelona. La segunda parte de esta afirmación es tan absurda que no es preciso rebatirla. Si el POUM y los anarquistas de izquierda estaban realmente aliados con los fascistas, ¿por qué los milicianos del frente no se marcharon, dejando un hueco en primera línea? ¿Y por qué los cenetistas del transporte seguían mandando víveres al frente a pesar de la huelga? Desde luego, no puedo decir en justicia que en la cabeza de algunos extremistas, en particular de los Bolcheviques Leninistas (normalmente llamados trotskistas), cuyos folletos circulaban por las barricadas, no hubiera una intención revolucionaria concreta. Lo que sí puedo decir es que las bases que estaban tras las barricadas no pensaron ni por un momento que estuvieran participando en ninguna revolución; lo que pensábamos, lo que todos pensábamos, era únicamente que estábamos defendiéndonos de un golpe de Estado protagonizado por la Guardia Civil,1 que ya se había apoderado por la fuerza de la Telefónica y que, si no oponíamos resistencia, podía apoderarse de otros edificios obreros. Mi interpretación de los hechos, que se basa en lo que la gente en verdad hacía y decía por entonces, es como sigue:
     Los trabajadores se echaron espontáneamente a la calle para defenderse, y sólo querían dos cosas: la devolución de la Telefónica y el desarme de la odiada Guardia Civil. A esto hay que añadir el resentimiento creado por la creciente pobreza que había en Barcelona y la vida de lujo que llevaba la burguesía. Sin embargo, es probable que la situación hubiera desembocado en la caída del gobierno catalán si hubiera habido un jefe capaz de aprovechar el momento. Parece indiscutible que al tercer día los obreros estaban ya en condiciones de hacerse con la ciudad; de hecho los guardias civiles estaban muy desmoralizados y muchos se rendían. Y si bien el gobierno de Valencia logró enviar tropas de refresco para aplastar a los trabajadores (enviaron seis mil guardias de asalto cuando terminaron los combates), no habría podido mantenerlas en Barcelona si los trabajadores del transporte se hubieran negado a abastecerlas. Pero lo cierto es que no había ningún líder revolucionario decidido. Los dirigentes anarquistas se desentendieron del asunto y dijeron “Volved al trabajo”, y los dirigentes del POUM adoptaron una actitud titubeante. Las órdenes que recibimos en las barricadas del POUM, y que procedían directamente de la jefatura del partido, nos instaban a apoyar a la CNT pero sin abrir fuego a menos que nos disparasen o atacasen nuestros edificios. (A mí me dispararon varias veces, pero no repliqué en ningún momento.) Por lo tanto, en cuanto la comida empezó a escasear los trabajadores volvieron poco a poco al trabajo, y cuando se hubieron dispensado y resultaron inofensivos comenzaron las represalias. Otra cuestión es si se debió aprovechar o no la coyuntura revolucionaria. Mi opinión personal es que no. En primer lugar, no creo que los trabajadores hubieran conservado el poder más de unas semanas; y en segundo lugar, habría podido significar la derrota frente a Franco. En cambio, creo que la acción defensiva que emprendieron los trabajadores fue básicamente correcta; con guerra o sin ella, tenían derecho a defender lo que habían conquistado en julio de 1936. Es posible, desde luego, que la revolución se perdiera sin remedio durante aquellos días de mayo. Pero sigo pensando que es un poco mejor, aunque sólo sea muy poco, perder la revolución que perder la guerra.
     Segundo, el punto relativo a los implicados. La prensa comunista manifestó casi desde el comienzo que el responsable absoluto o casi absoluto de la “insurrección” había sido el POUM (ayudado por “un puñado de gamberros irresponsables”, según el Daily Worker de Nueva York). Cualquiera que estuviese entonces en Barcelona sabe que esto es una aberración. Casi todos los que estaban en las barricadas eran trabajadores corrientes de la CNT. Y este punto es importante, dado que hace poco se ha prohibido el POUM porque se necesitaba un chivo expiatorio a quien responsabilizar de los disturbios de mayo; los cuatrocientos POUMistas o más que están actualmente en las cárceles de Barcelona, con la suciedad y las pulgas, fueron encerrados allí por el supuesto de haber participado en los disturbios de mayo. Creo por tanto que vale la pena señalar dos buenos motivos por los que el POUM no dio ni pudo dar el primer paso. En primer lugar, era un partido muy pequeño. Contando a los militantes propiamente dichos, a los milicianos de permiso y a los colaboradores y simpatizantes, el POUM no habría podido tener ni siquiera diez mil hombres en las calles, incluso ni cinco mil, cuando dada la magnitud de los disturbios es evidente que tomaron parte en ellas docenas de miles de personas. En segundo lugar, hubo una huelga general, o casi general, que duró varios días; sin embargo, el POUM como tal no tenía capacidad para convocar una huelga, y si las bases de la CNT no hubieran querido huelga, no la habría habido. En cuanto a los implicados por el otro bando, el Daily Worker de Londres tuvo la desfachatez de insinuar en un número que la “insurrección” fue sofocada por el Ejército Popular. Toda Barcelona supo, y el Daily Worker también debería haberlo sabido, que el Ejército Popular permaneció neutral y que los soldados estuvieron acuartelados durante todo el conflicto, si bien es cierto que algunos de ellos intervinieron a título personal, pues yo mismo vi a un par en las barricadas del POUM.
     En tercer lugar, lo que se refiere a los presuntos depósitos de armas que tenía el POUM escondidos en Barcelona. Esta patraña se ha repetido tanto que incluso un observador normalmente crítico como H.N. Brailsford la admite sin hacer indagaciones y habla de los “tanques y cañones” que el POUM había “robado de los arsenales del gobierno” (New Statesman, 22 de mayo). La verdad es que la cantidad de armas que tenía el POUM era lastimosa, tanto en el frente como en la retaguardia. Durante los combates callejeros estuve en tres edificios importantes del partido, la sede central, la sede del Comité Local y el hotel Falcón. Vale la pena detallar las armas que había en ellos. En total sumaban unos ochenta fusiles, algunos defectuosos, además de un puñado de escopetas anticuadas, todas inservibles dado que no había cartuchos para ellas; para cada fusil se disponía de unos cincuenta cartuchos. Ninguna ametralladora, ni pistolas, ni munición para éstas. Había unas cuantas bombas de mano, pero nos las enviaron los de la CNT cuando comenzaron los combates. Un oficial de milicianos que tenía una alta posición me comentó más tarde que dudaba de que en toda Barcelona el POUM tuviera más de 150 fusiles y una ametralladora. Se verá que con esto apenas bastaba para armar a los centinelas que por entonces emplazaban todos los partidos, el psuc, el POUM y la CNT-FAI, en sus edificios más importantes. Alguno podría argumentar que el POUM prefirió tener las armas a buen recaudo durante los incidentes de mayo, pero en tal caso ¿qué hay de la afirmación de que los disturbios de mayo fueron una insurrección del POUM encaminada a derrocar al gobierno?
     La verdad es que el que peor se portó en lo de escatimar armas al frente fue el mismo gobierno. La infantería del frente de Aragón estaba peor armada que los cadetes de un colegio privado inglés; en cambio, las fuerzas de retaguardia, la Guardia Civil, la Guardia de Asalto y el cuerpo de Carabineros, que no tenían que ir al frente, pero que se utilizaban para “mantener el orden” en la retaguardia (es decir, para intimidar a los trabajadores), estaban armadas hasta los dientes. Los combatientes del frente de Aragón tenían máuseres gastados por el uso y que por lo general se encasquillaban al cabo de cinco disparos, aproximadamente una ametralladora por cada cincuenta hombres y una pistola o un revólver por cada treinta. Estas armas, imprescindibles en la guerra de trincheras, no procedían del gobierno y había que adquirirlas ilegalmente y con toda clase de dificultades. Los guardias de asalto disponían de fusiles rusos recién salidos de fábrica, de una pistola automática por barba y de un subfusil ametrallador por cada diez o doce hombres.

Estos datos hablan por sí solos. Un gobierno que envía al frente a muchachos de quince años con fusiles de hace casi medio siglo, y que retiene en la retaguardia a sus mejores hombres y las mejores armas, teme más la revolución que a los fascistas. De aquí la débil política de guerra de los últimos seis meses, y de aquí que sea muy probable que la contienda termine con una solución negociada.
      

II

Cuando el 16-17 de junio se prohibió el POUM, la facción izquierdista (calificada de trotskista) del comunismo español, el hecho en sí no sorprendió a nadie. Desde mayo, incluso desde febrero, era evidente que en cuanto los comunistas pusieran manos a la obra “liquidarían” al POUM. Sin embargo, lo repentino de la ilegalización y la mezcla de traición y brutalidad con que se llevó a cabo pilló a todos, incluso a los dirigentes, completamente desprevenidos.
     En apariencia se prohibió porque se acusaba a sus dirigentes de estar a sueldo de los fascistas, una historia que la prensa comunista repitió durante meses, aunque en España nadie se la tomaba en serio. El 16 de junio detuvieron en su despacho a Andrés Nin, el jefe del partido. Aquella misma noche, antes de que nada se anunciara oficialmente, la policía hizo una redada en el hotel Falcón, una especie de casa de huéspedes financiada por el POUM y utilizada sobre todo por los milicianos de permiso, y detuvo a todos los que había dentro sin acusarlos de nada en concreto. El día siguiente por la mañana declararon ilegal el POUM y la policía se apoderó de todos sus edificios, no sólo de oficinas, puestos de libros, etcétera, sino incluso de bibliotecas y hospitales de convalecientes. Al cabo de unos días, todos o la mayoría de los cuarenta integrantes del Comité Ejecutivo habían sido detenidos; un par de ellos, que había conseguido esconderse, acabó por entregarse, obligado por el truco, aprendido de los fascistas, de retener a las esposas como rehenes. Nin fue trasladado a Valencia y de aquí a Madrid, donde se lo juzgó por pasar información militar al enemigo. Ni que decirse tiene que se presentaron “confesiones”, misteriosas cartas escritas con tinta simpática y demás “pruebas” habituales, con tanta profusión como para pensar que se habían preparado de antemano. El 19 de junio llegó a Barcelona, a través de Valencia, la noticia de que lo habían fusilado. La noticia era falsa, o eso esperamos, pero no creo que haga falta señalar que el gobierno de Valencia tendrá que fusilar a muchos dirigentes del POUM, tal vez a una docena, si quiere que sus acusaciones se tomen en serio.
     Mientras tanto, la policía llenaba las cárceles con las bases del partido, no sólo con los militantes con carnet, sino con los milicianos, simpatizantes y toda suerte de colaboradores. Supongo que es imposible conocer las cifras exactas, pero hay razones para creer que durante la primera semana se detuvo a cuatrocientas personas solamente en Barcelona; lo cierto es que las cárceles estaban tan abarrotadas que tuvieron que encerrar a muchísimos detenidos en comercios y otros calabozos provisionales. Por lo que pude averiguar, no se diferenciaba entre las personas relacionadas con los disturbios de mayo y las que no tenían implicación alguna. La proscripción del POUM tuvo efectos retroactivos; el partido era ahora ilegal y, por lo tanto, todo el que alguna vez hubiera tenido alguna relación con él había infringido la ley. La policía llegó al extremo de detener a los heridos de los sanatorios. Yo, por ejemplo, vi encerrados en una cárcel a dos conocidos míos a los que les habían amputado una pierna; y a un niño que no tendría más de doce años.
     También hay que recordar lo que implica el encarcelamiento en la España actual. Aparte del horrible hacinamiento de los calabozos provisionales, las condiciones antihigiénicas, la falta de luz y de ventilación y la asquerosa comida, se observa la ausencia absoluta de todo lo que entendemos por legalidad. Por ejemplo, no se reconoce el habeas corpus ni otras zarandajas. Según la ley vigente, o al menos según la aplicación que se hace en el presente de ella, se puede detener a cualquiera durante un tiempo indefinido, no sólo sin que haya juicio previo sino sin que haya ni siquiera acusación; y hasta que ésta se formule, las autoridades pueden tenerlo, como dicen los españoles, “incomunicado”, esto es, sin derecho a hablar con un abogado ni con nadie del mundo exterior. Es fácil entender el valor que tendrán las “confesiones” obtenidas en tales circunstancias. La situación se agrava en el caso de los detenidos más humildes, ya que el Socorro Rojo del POUM, que suele prestar consejo legal a los presos, ha sido prohibido junto con el resto de las instituciones del partido.
     Pero es posible que el rasgo más odioso de todo el episodio fuera el hecho de que lo sucedido se ocultara durante cinco días, y creo que más, a los soldados del frente de Aragón. Dio la casualidad de que yo estuve en el frente del 15 al 20 de junio. Tenía que pasar una inspección médica y por ello me desplacé a varios pueblos próximos al frente, Siétamo, Barbastro, Monzón y otros. En todos ellos, el puesto de mando de las milicias del POUM, los centros de Socorro Rojo y organismos parecidos funcionaban con normalidad, y en un lugar tan alejado del frente como Lérida (que está a unos ciento cincuenta kilómetros de Barcelona), el día 20 de junio aún no se había enterado nadie de que el POUM había sido prohibido. Se había suprimido toda mención del acontecimiento en los periódicos de Barcelona, aunque en los de Valencia, que no llegaban al frente de Aragón, no se hablaba más que del cuento de la “traición” de Nin. Viví con otros compañeros la desagradable experiencia de volver a Barcelona y descubrir que mientras estaba fuera habían ilegalizado el POUM. Por suerte me avisaron a tiempo y tomé precauciones, pero otros no fueron tan afortunados. Todos los milicianos del POUM que llegaban del frente por aquellas fechas podían elegir entre esconderse e ir a la cárcel: una recepción realmente simpática para quienes habían pasado tres o cuatro meses en el frente. El motivo era obvio: acababa de comenzar la ofensiva de Huesca y es probable que el gobierno temiese que los milicianos del POUM se negaran a atacar si se enteraban de lo ocurrido. Yo no creo que hubiera titubeado la lealtad de los milicianos; en cualquier caso, tenían derecho a saber la verdad. Hay algo indeciblemente obsceno en enviar a los hombres a la batalla (comenzaba el combate cuando salí de Siétamo, y las traqueteantes ambulancias empezaban a llevarse ya a los primeros heridos por aquellas abominables carreteras) mientras se les oculta que a sus espaldas se ha ilegalizado su partido, se ha calificado de traidores a sus dirigentes y se ha encarcelado a sus amigos y familiares.
     El POUM era con diferencia el partido revolucionario más pequeño y su prohibición afecta a pocas personas. Es muy probable que el saldo final de la historia sea una docena de fusilados o sentenciados a largas condenas de cárcel, unos centenares con la vida destrozada y unos cuantos millares perseguidos durante un tiempo. Sin embargo, la prohibición del partido tiene importancia porque es sintomática. En primer lugar, debería servir para que al mundo exterior le quede más claro, como ya les quedó a muchos observadores destacados en España, que el gobierno actual tiene más puntos de semejanza con el fascismo que de diferencia. (Lo cual no significa que no haya que defenderlo frente al fascismo sin ambages de Franco y Hitler. Yo ya me había percatado en mayo de la tendencia fascista del gobierno, pero estaba dispuesto a volver al frente y eso fue lo que hice.) En segundo lugar, la eliminación del POUM es un aviso del inminente ataque que se prepara contra los anarquistas. Éstos son los auténticos enemigos, a los que los comunistas temen muchísimo más que al numéricamente insignificante POUM. Los dirigentes anarquistas han visto ya un ejemplo de los métodos que a buen seguro emplearán contra ellos; la única esperanza de la revolución, y quizá de la victoria frente a Franco, es que aprendan la lección y se defiendan a tiempo. ~

      
     Publicado originalmente el 25 septiembre de 1937 en
     La Révolution Prolétarienne. Revue Bimensuelle Syndicaliste Révolutionnaire, 255
     — Traducción de Antonio Prometeo Moya

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