El brindis secreto

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Un joven soldado, convaleciente de una herida, ha estado por horas en la taberna de Londres, digamos la taberna de Smith, sentado solo ante un intacto vaso de cerveza con la espuma intacta, y mirando la calle a través del ventanal.

El tabernero se acerca y pregunta si hay algún problema.

-No, ¿por qué? -responde el soldado.

-Es que lleva usted horas aquí, sin tomarse la cerveza.

-Ah, eso -sonríe el soldado-. Es que mire usted, los muchachos de mi regimiento, mis amigos Tom, Dick y Harry, me decían que cuando tuvieran una licencia y vinieran a Londres, nada les gustaría más que estar en la taberna de Smith, sentados, viendo pasar la tarde frente a un buen vaso de cerveza. Ellos murieron en combate. Y, ahora que tengo licencia por mi herida, estoy haciendo lo que voy a hacer durante unos días, lo que mis camaradas tanto decían desear: estar sentado en la taberna de Smith ante un buen vaso de cerveza y mirando la calle por el ventanal.

-La cerveza ya no está fría -dice el tabernero, conmovido-, déjeme traerle otra, yo se la invito.

-Por favor, no se moleste -vuelve a sonreír el soldado-. ¿Le digo una cosa? No me gusta la cerveza.

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