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Los cisnes salvajes de Coole, publicado en 1919 y nunca traducido íntegramente al castellano hasta hoy, es la obra central de la que se considera segunda fase creadora de William Butler Yeats, tras un arranque posromántico, impregnado de motivos naturales, lances amorosos y mitología celta —cuya mejor plasmación se encuentra en La rosa (1893)—, y antes de la majestuosa eclosión de La torre (1928), su obra maestra. Los cisnes… se sitúa, pues, en un interesante punto de inflexión entre un mundo de juventud, expansivo y entusiasta, y un mundo de senectud, en el que el poder creador de la imaginación sustituye ventajosamente a la comunión con los hechos y al imperio del cuerpo. Seguimos advirtiendo, sin duda, el peso de la cultura celta, de la realidad dilacerada, pero aún bucólica —como demuestra la larga e insólita égloga “Pastor y cabrero”—, de una Irlanda en pugna por su ser, y a cuya independencia colaboró activamente el poeta. Pero en este dibujo de una Eire anhelante y dolorosa ha adquirido ya más peso la dimensión civil, un abigarrado paisaje humano que desfila por los poemas, conformando un diorama polícromo de la sociedad irlandesa, en el que se mezclan lo descriptivo y lo utópico, la materialidad de seres enfangados en la vida y la turbulencia de las obsesiones del escritor, y que presenta, incluso, chispazos satíricos, como en el poema “Los eruditos”. Dos de las mejores piezas del libro, “En memoria del comandante Robert Gregory” —una espléndida elegía, en un libro en el que abunda lo elegiaco— y “Un aviador irlandés prevé su propia muerte”, ilustran bien esta vertiente objetiva, social, cabría decir, de Yeats.
     Sin embargo, en Los cisnes… se observa asimismo un acendramiento de la naturaleza simbólica de su poesía, cada vez más honda, pero también más despojada, más desnuda en su propia deriva analógica. A esta esencialización colabora decisivamente un lenguaje sobrio, exento de joyas y galanuras —aunque no falten fulgores expresivos de muy pertinente coloración—, y dado a menudo al monólogo dramático (no hay que olvidar que Yeats fue también un notable autor teatral), que veda la nebulosidad y fija la alegoría a su cristalino y enigmático meollo. Los poemas de Los cisnes… no contienen símbolos, sino que son símbolos: arquitecturas sustitutivas, cuyo fin es, como señala el propio Yeats, “ponernos en comunicación con los ámbitos emotivos y pasiones que son los poderes creadores que subyacen al universo”. El torrente simbólico de Los cisnes… se nutre de una constante en su pensamiento y en su vida: el esoterismo, su interés por los misterios psíquicos y sobrenaturales, su creencia en una estructura cósmica que explica todo lo visible e invisible, tal como él mismo expone en su ensayo Una visión (1925). Yeats se asomó a la cábala y el neoplatonismo —doctrinas que pueden rastrearse en Los cisnes…: el gusto por lo numérico, las referencias a entidades ideales y perfectas, la dualidad cuerpo/alma—, y fundó en 1885 la Dublin Hermetic Society. Sus lecturas espiritualistas le suministraron un vasto arsenal de símbolos, con los que empastó su poesía. “No tengo ya discurso, sino símbolo que hice/ pagano entre los sueños de mi juventud”, escribe en “Sobre una dama agonizante”. En Los cisnes… encontramos, entre otros, los habituales motivos del viaje, representación de la búsqueda de la verdad y del perfeccionamiento espiritual; del pájaro (o del halcón), metáfora del alma; y, sobre todo, del torreón, en cuyo interior se repite la escena de alguien —quizá el yo— leyendo un libro a la luz de una lámpara —quizá el espíritu—. Los elementos astrales tienen una importancia capital en el entramado simbólico del poemario, y la luna —femenina, ácuea, temporal— se erige en reguladora del ciclo vital en poemas como “Doble visión de Michael Robartes”, o como metáfora del ser y de su girar interminable en el muy esotérico “Las fases de la luna”. Los símbolos yeatsianos, sin embargo, no son estáticos, sino que suelen articularse en espiral, como espejos de ciclos o circularidades. Yeats, que creía, como buen poeta, en el poder genésico de la paradoja, trenza una auténtica concordia oppositorum en sus versos, en los que encontramos fértiles contraposiciones del hoy y el mañana, de la presencia y la ausencia, del movimiento y la quietud, de la juventud y la vejez, y, sobre todo, de la vida y la muerte, entendidas ambas como nudos de una infinita progresión sinusoidal. Esta amalgama de símbolos está al servicio del impulso visionario del poeta, en el que se advierte la influencia del mayor ocultista de la literatura inglesa, William Blake, a quien el dublinés leyó con provecho. Lo visionario, penetrado de onirismo, alumbra imágenes desconcertantes en la percepción del lector, que a veces pueden recordar, por su aparente irracionalismo, a ciertas técnicas surreales: “los cuerpos largos y ondulantes/ de los leopardos negros de la luna”, leemos en “Líneas escritas en abatimiento”. Yeats afirma que “el arte/ no es más que una visión de la realidad”. Y por eso busca sin pausa imágenes que reconstruyan el mundo; imágenes que sean también pensamiento; imágenes como flores subconscientes y universales. Los poemas de Los cisnes… recogen, así, escenas alternadas de amor y muerte; personajes fantásticos y personajes históricos; brujas y mitos paganos, y latigazos críticos propios de la escrupulosidad protestante. Todo dispuesto como una red, o una piel, por cuyas grietas vislumbramos un ardiente cosmos personal en zigzagueante búsqueda del cosmos absoluto.
     Una mención especial merece la versión del poeta Carlos Jiménez Arribas —responsable asimismo del excelente prólogo—, que no sólo ha traducido ajustadamente el sentido de los poemas de Yeats —siempre difícil de interpretar—, sino que ha traspuesto también su ritmo. Los versos escandidos de Jiménez Arribas —en los que predominan los metros impares— intentan reproducir la dorada y oscura musicalidad del irlandés, un empeño osado que resuelve generalmente con tino, y hasta con brillantez. La tersura e ingenio de su versión se comprueba, a menudo, en la adjetivación: por ejemplo, “white thin bone” se convierte en “hueso opalino”. A veces las exigencias del metro y la perceptible inclinación del traductor por la literalidad conducen a una cierta sequedad —sintáctica y rítmica—, pero ésta no se halla ausente de Yeats y, en cualquier caso, constituye una opción legítima. Hay algún despiste —como traducir “soul” por “sol”— y alguna imprecisión —”line” por “línea”, cuando la acepción de “verso” sería más exacta—, pero nada de ello empaña un trabajo realizado con diligencia, que nos permite leer con placer, por primera vez, uno de los libros más sobresalientes del patriarca de las letras contemporáneas de Irlanda. ~


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