El reloj del nómada

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Ahora que, por fin, tras mucho amago anterior, me tomaré unas vacaciones, no puedo evitar levantar la vista y mirar hacia el horizonte. Lo malo es que descubro que cada vez hay menos horizonte.
     Hace unos días se celebró en Madrid una conferencia sobre el Nomadismo y la Trashumancia, y al parecer participaron en ella representantes de unos cuarenta millones de personas que aún practican una u otra cosa, en Asia, África y Europa. La noticia, redactada por Hernán Iglesias, contaba que el cuarenta por ciento de los mongoles lleva este tipo de vida, así como el veinticinco de los tibetanos, el quince de los keniatas y el diez de los etíopes. También la tribu masai, al norte de Tanzania, algunos de cuyos miembros difuntos tuvieron el placer de oír contar cuentos a la maravillosa escritora danesa Isak Dinesen (le pedían a veces que "hablase como la lluvia", esto es, con rimas), quien antes de poner sobre el papel una línea se estrenó bien con ellos. Un masai bien vivo, Martín Saning'o, expuso en la conferencia: "Sólo queremos que se tenga en cuenta nuestro modo de vida, con quinientos años de antigüedad". Muchos más, diría yo sin temor a equivocarme. Y sin embargo es un modo no ya amenazado hoy en día, sino en realidad condenado.
     Las dificultades de los pueblos nómadas —que lo son por comercio, pero también por elección— resultan ya casi insalvables: en un mundo plagado de propietarios, en el que cada vez hay menos territorios que no estén acotados y no sean privados sino de libre paso, esas gentes disponen ya de muy pocos para quedarse temporalmente en ellos o atravesarlos. En el caso de los masai, la mayoría de los que conformaban sus rutas o transitorios asentamientos pertenecen a empresas ganaderas, hoteles o parques zoológicos, y así, con tanta cortapisa y veto, mal pueden seguir con su pastoreo, esa opción de vida antiquísima y que no nos es aquí desconocida: como recordaba Iglesias, se refleja hasta en nuestras canciones: "Ya se van los pastores hacia Extremadura, ya se queda la sierra triste y oscura".
     No nos damos cuenta de a cuánto nos obliga el mundo organizado. Si uno se para a pensar, y a menos que sea un vagabundo, cualquier persona ha de poseer hoy por fuerza, como mínimo, un carnet de identidad, una cuenta bancaria, un número de teléfono y un domicilio. Lo grave es que por ahí se empieza, pero nunca se acaba en unas sociedades que, bajo su apariencia de democracias, son cada día más autoritarias y totalitarias, más controladoras y restrictivas. Nunca me he explicado por qué nuestros contemporáneos tienen ese afán por regularlo todo, desde las prácticas sexuales hasta —al menos bajo la alcaldía loca de Madrid, que sigue: espanto— la manera de andar por las aceras. ¿Por qué cada paso o iniciativa de un individuo ha de quedar registrada, consignada, notificada, archivada, ha de ser o no consentida? Hay muchas actividades que simplemente no deberían estar reguladas, ni laxa ni férreamente, nada.
     Nuestros Estados exigen un grado de conocimiento de nuestras personas y vidas que es llanamente incompatible con la libertad. Saben cuánto y cómo ganamos y cuánto y en qué gastamos; de ello nos sustraen un buen diezmo, inadecuada palabra para llegar a veces al cincuenta y seis por ciento; saben dónde vivimos y trabajamos, nuestro teléfono, nuestras actividades, nuestros gustos; nos filman en muchos sitios y ahora lo harán en las calles; para cualquier transacción o negocio hemos de obtener su permiso, poner aquél en su conocimiento; también si se trata de una donación o regalo; incluso saben más allá de nosotros, si a nuestra muerte dejamos deudas o herencias, y por supuesto se erigen en principales beneficiarios de las segundas. Y nosotros, dóciles, mansos, sin apenas pensamiento propio y sin rebeldía, nos dejamos imponer, investigar, vigilar, avasallar, espiar. Los sueños de Hitler o Stalin se han cumplido con creces, sólo que los doblegados ni siquiera creen estarlo, una operación perfecta.
     No está mal que los nómadas nos lo recuerden, algo. Se veía a Saning'o en una foto, con collares y túnicas, un rostro agradable de mirada llamativa, alerta, en la que se percibía sapiencia, rencor, ironía y orgullo, una notable mirada de superioridad. En su muñeca derecha, sin embargo, un gran reloj de pulsera moderno. ¿Qué hace ese nómada pendiente de la hora?, no pude evitar preguntarme. En ese reloj vi su derrota cantada: sólo la que en todos nosotros es algo más, irreversible. –