Transiciones

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Al final va a ser verdad que el tiempo vuela, y ante la natural y además saludable avalancha de poetas nacidos en los noventa (e incluso muy a finales de esa década), la promoción de los que han venido siendo considerados “poetas jóvenes” durante tal vez demasiados años, y en demasiadas antologías de “poesía nueva”, comienza a recapitular y hacer balance. Carlos Pardo (Madrid, 1975) ha elegido el estupendo título de El animal ha llegado a una edad. Poemas 1993-2014 para la primera selección de su obra, aparecida el año pasado en México (en Conaculta), al borde de cumplir esos críticos cuarenta años que también tiene ya su coetáneo Martín López-Vega (Po de Llanes, 1975), quien reunió en 2014 una primera criba de sus versos (Retrovisor [Poemas elegidos, 1992-2012], en Papeles Mínimos).

Este 2015 comenzó con la sorprendente, por aparentemente prematura, recopilación de la poesía completa de la mucho más joven Elena Medel (Córdoba, 1985), Un día negro en una casa de mentira (1998-2014), en Visor, y, en vísperas de afrontar su quinta década de vida, el catalán Josep M. Rodríguez (Súria, 1976) ha publicado Ecosistema. Antología poética, que supone la primera panorámica de su obra, muy bien presentada por José Andújar Almansa.

Uno tiene a Rodríguez por el mejor poeta español de su generación o, para decirlo de un modo menos superlativo, el que de un modo más firme y hondo se ha ido haciendo, libro a libro, heredero de la línea inteligible, luminosa y accesiblemente meditativa, sobre todo porque sus referentes no están tanto en la poesía demasiado superficial de los ochenta como en la de los maestros de los cincuenta (como Francisco Brines o algunos libros de Ángel González o algunos versos de Jaime Gil de Biedma…), así que en cierto sentido se ha saltado con elegancia la “conversacionalidad” más provisional y ya caduca para regresar a lo abierta y duraderamente hímnico, y ha sabido driblar respetuosamente a los padres para escuchar con atención a los abuelos. Por otra parte, Eloy Sánchez Rosillo explicó muy bien en la contracubierta de Arquitectura yo que los mimbres con los que Josep M. Rodríguez ha tejido su voz se remontan a la poesía más antigua, especialmente la oriental, cuyas lecciones y conquistas ha entendido y aprovechado como nadie. Como testimonio permanente de ello, en Ecosistema podemos releer ahora algunos de los más valiosos poemas escritos en nuestro idioma en los últimos años, los cuales, junto a otros de Abraham Gragera (mejor de Adiós a la época de los grandes caracteres que de El tiempo menos solo) o Juan Antonio Bernier (mejor del deslumbrante Así procede el pájaro que del sobreactuado Árboles con tronco pintado de blanco), constituirían una pequeña muestra que, por sí sola, vendría a dignificar de un modo determinante la obra de esa promoción de poetas nacidos a mediados de los setenta, una nómina que acaso ha estado en general un punto sobrevalorada.

Y entre esos poemas magistrales habría que incluir asimismo alguno de los de López-Vega, y desde ahora también dos obras maestras como las divagaciones de “Últimas visitas al Museo del Prado” y el conciliador y neoanacreóntico “Reunión”, presentes en La eterna cualquiercosa, el libro con el que el poeta asturiano estaría abriendo una nueva etapa que me resisto a llamar “de madurez” pero en la que se declara desde la primera página serenamente instalado “en el presente en lugar de en el no-presente / de las cosas que no volverán y las que no llegarán nunca”. La ambivalencia de López-Vega, que contempla la vida, a un tiempo, como desgarro y maravilla, continúa en esta entrega, pero derivando hacia un estoicismo cada vez más nítido, a una conformidad activa y sabia que de nuevo le traslada por ciudades y por libros, a esa inquietud y esa curiosidad suyas de siempre (“dame el desierto / o no sabré qué hacer con tanta sed”) pero iluminadas y apaciguadas ahora por el amor (“Siempre que algo brilla / la responsable es una planta microscópica. Llámala / felicidad, llámala calma, llámala Patricia”).

Quien sí ha dado un pequeño golpe de volante a lo que venía haciendo es David Mayor (Zaragoza, 1972), pues, pareciéndose mucho a sí mismo, esto es, perseverando en esa poesía reflexiva y sentenciosa (en el buen sentido de la palabra) que articuló en En otra parte (probablemente, junto al de Gragera, el más redondo debut de un poeta español en lo que llevamos de siglo), Otra novela y 31 poemas, y que de alguna forma delataba su formación filosófica, mezcla perfecta de clasicismo y originalidad, en Conciencia de clase cede muchas páginas a un discurso de tono más confesional, más netamente privado y familiar, más despojado y directo, como piezas de un diario íntimo en verso cuya cronología se hubiese visto alterada al disponerse los poemas según el orden alfabético de sus títulos, algo que Mayor ha hecho en todos sus libros. Poemas como “Diario”, “Barrio” o “Refugio” son buenos ejemplos de ello, pero también hay mucho espacio para la memoria y se recuerdan anécdotas de infancia (sobre todo en la sección de apéndice, “El país que existe”), se evoca con dolor intelectual y sabiduría herida al padre recién fallecido y se retratan muchos rincones de Zaragoza, hasta el punto de que la ciudad se convierte en uno de los principales personajes de esta Conciencia de clase, rótulo general que tal vez pretenda insistir en esa idea que Mayor ya ha expresado en alguno de sus versos, y que, con algunos viejos manuales libertarios entre la manos, sabe que lo político comienza en uno mismo.

Hay, en efecto, mucho de civismo de la mejor calidad en un libro que viene a ser una especie de callejero personal de sentimientos, certezas, rincones, recuerdos, afectos, deudas y muchas dudas, junto a alguna tentativa de respuesta en forma de aforismo (alguno magnífico: “Quien se siente solo es / menos de uno”, dice el poema “Aritmética”). Quien en su anterior libro comprendiera que “Hay tres puntos de vista: / el tuyo, el mío y la verdad” ofrece ahora un libro muy moderado, modesto y honesto en el que parece querer demostrarse que se puede ser valiente y humilde a la vez. Ante ciertas amenazas (y la principal es, claro, “la muerte, que ya no / es solo una palabra”) se intenta reconstruir la identidad en su doble dimensión, particular y civil, indagando en lo propio e intransferible al tiempo que se reinventa lo colectivo y lo social en un paisaje urbano en el que poder crecer no solo hacia el futuro sino hacia atrás, impidiéndose olvidar, reivindicando una actitud que decididamente tiene que ver con recordar lo que se es, con reafirmarse en ello y con no traicionarse jamás. ~


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