Un héroe de nuestro tiempo

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“Los historiadores nos han dicho hace tiempo que el Rey nunca estaba solo. Pero es que en esa época, nadie estaba nunca solo”. Lo dice Philippe Ariès en su pionera, apasionante, Historia del niño y de la vida familiar en el Antiguo Régimen. La sociedad moderna en cambio inventa, no la soledad propiamente (la soledad buscada, con sentido, como la de los Solitaires de Port-Royal), sino una modalidad paradójica, monstruosa de ella: la soledad de millones de individuos que viven juntos, hacinados incluso, pero cada uno en su burbuja (casi la mitad de las viviendas de París las ocupa una sola persona). De eso trata Mis amigos, novela publicada en 1924 por un escritor francés, Emmanuel Bove, que gozó de cierta fama en vida y luego fue olvidado, hasta que el entusiasmo, entre otros, de Samuel Beckett y Peter Handke lo ha rescatado del limbo. Ahora lo publica en español Pre-Textos, en una hermosa edición (con esa estética “librería de viejo” que es marca de la casa) y una versión española excelente, es decir invisible: en ningún momento (salvo en algún desliz, como “enrojecí” o “la sobrepasé”, por “”me sonrojé” o “la adelanté”) tenemos la impresión de que es una traducción lo que estamos leyendo.
     Es curioso pensar que Bove (1898-1945) fue contemporáneo de Colette (por cierto, su primera editora), de Céline, de Proust, de Gide… Pues mientras ellos, con todas sus diferencias, tienen en común la complejidad, la riqueza —intelectual, sensorial, y por lo tanto gramatical y léxica—, Bove hace una apuesta radicalmente distinta: oraciones simples, párrafo corto, vocabulario austero. Como si cada frase fuera un intento de comunicación fallido, interrumpido por la evidencia de que nadie escucha. Y es que es precisamente la incomunicación el hilo conductor de Mis amigos, título entre patético y sarcástico.
     ¿Novela? Propiamente no lo es, puesto que no tiene argumento. Más bien se trata de un conjunto de relatos, con el mismo protagonista —Victor Bâton, mutilado de guerra, pobre y solo en París— y un esquema recurrente. A saber: Victor conoce a tal o cual persona; por un momento, cree haber encontrado un amigo, un amor, un aliado; pero la desilusión es inmediata. La tabernera con la que se acuesta le obliga a abandonar su habitación al alba, al mismo tiempo que ella, por temor a que si se queda solo le robe los ahorros que guarda debajo del colchón; el hombre que parecía ofrecerle su amistad no quería, en realidad, más que pedirle dinero prestado; el marinero al que salva la vida e invita al restaurante y al burdel ni siquiera le da las gracias… La suma de anécdotas termina como empezó: Victor, solo, en un cuarto de alquiler.
     Está claro que esa estructura refleja la visión que Bove tiene de la historia, de la vida: una sucesión de acontecimientos arbitrarios, sin ilación ni sentido. No es de extrañar la admiración de Beckett. Incluso se podría pensar que Bove fue marginado porque se adelantó a su tiempo: prefigura a Beckett y a Handke, al Sartre de La náusea, al Houellebecq de Ampliación del campo de batalla, a Raymond Carver y demás minimalistas norteamericanos… Si algún autor afín podemos encontrarle en su generación, no es en Francia, sino en Inglaterra: por esa misma época Jean Rhys (Viaje en la oscuridad, Cuarteto, Buenos días medianoche…) narraba también la vida de un —en su caso, una— paria que arrastra su soledad por cuartuchos miserables y restaurantes baratos, en la Europa de entreguerras, entre amistades frustradas y sórdidas aventuras sexuales; y lo hace en un estilo muy parecido al de Bove: lacónico, austero, secretamente cargado de emoción, de una formidable angustia contenida.
     Nadie como Emmanuel Bove ha tenido un sentido tan agudo del detalle, dijo Beckett; a lo cual, para definir su estilo, deberíamos añadir que tiene el don de la adjetivación —bien combinados, los adjetivos más simples le bastan para crear atmósfera, como en: “Los bares estaban llenos, calientes e iluminados”— y el más raro de percibir no sólo con la vista, sino con los demás sentidos, especialmente el olfato: “El comedor huele a tonel vacío, a ratas, a agua estancada”… Pero quizá lo más original, el rasgo que condensa su visión —en los dos sentidos, literal y figurado—, lo encontramos en frases como esta: “El tranvía se alejó, llevándose las cabezas que acababa de ver y mi asiento vacío”, o esta: “Vi un caballero que debía de encontrarse en medio de una corriente de aire: su abrigo flotaba como si estuviera en el puente de un barco. Una maleta colgaba del extremo de su brazo derecho”. ¿Qué hay, en esas visiones, tan inquietante, cuál es el secreto?… Sin duda algo que encontramos también en la pintura surrealista, contemporánea suya: un mundo dislocado, fragmentado, en el que objetos y personas, igualmente inertes, valen lo mismo y se confunden.
     Como toda su generación —la de la guerra del 14, primera guerra moderna, léase masificada, industrial—, Bove ha visto a los seres humanos convertidos en piezas, objetos, trozos de carne. Y eso refleja Mis amigos: una visión del mundo en la que las fronteras entre lo humano y lo inanimado no están ya claras. Véase esta angustiosa descripción de una carnicería: “Trozos de carne cuelgan por un tendón de ganchos plateados. Filetes de buey atados sangran sobre un papel amarillo. El serrín se pega a los pies de los clientes. Las pesas bruñidas están alineadas por orden de tamaño. Hay una reja, como si se temiera que la carne pudiera escaparse.”
     ¿Qué es un ser humano? “Una masa de un millón dividida por un millón”: esa sería, según sardónica frase de Koestler, su definición comunista. Pero no sólo comunista: en toda sociedad de masas el individuo se ha convertido en estadística, en consumidor anónimo, en cuerpo-objeto, suma de piezas de las que se ocupan distintas tecnologías, de la cardiovascular a la sexológica pasando por la cirugía estética. Es eso lo que siente y expresa Bove cuando escribe: “Mi propio nombre, en mi boca, me produce siempre una impresión extraña”. Nos guste o no, Bove es nuestro contemporáneo. ~

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