Un mural es un jardín: Malinalco (II)

La ambivalencia entre la historia natural y lo ornamental es una de las razones con las que seguiré justificando mi obsesión por Malinalco. 
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No puedo dejar de pensar en los murales de Malinalco. Más de una vez he desviado el tema de conversación, aprovechándome de amigos, compañeros y editores, para pensar en voz alta lo que intuyo acerca de estos murales. Reconozco que he interrumpido sobremesas para pasar “unas cuantas fotografías” de estas pinturas entre los comensales. No me sorprende que mi insistencia se haya ganado el rechazo de algunos:

–Mejor estudia a los florentinos, no pierdas tu tiempo con la plástica colonial.

Y aunque no reniego del Renacimiento italiano, sigue obsesionándome su versión novohispana, quizás porque al verla me parece estar escuchando de oídas uno de los primeros diálogos entre América y Europa. Acepto que felizmente perdería uno o dos años de mi vida buscando a tientas esa comunicación que de ninguna manera puede resumirse en el simplón “de español e indio, mestizo”. Porque no fue que España llegara a América, sino que desembarcó Europa, esa Europa que es los tapices de Amberes y Bruselas, los grabados de parábolas bíblicas fabricados en Nuremberg y el grutesco florentino aficionado a las criaturas fantásticas (como ese delfín que tiene racimos de uvas por aletas y un zarcillo de acanto por cola). Estoy, otra vez, frente a este mural. ¿Quién iba a imaginar que en un pueblito del Estado de México iban a coincidir tantas influencias?

Igual de obsesionada con este asunto, y tras visitar una y otra vez la casa de su madre en Malinalco, Jeanette Favrot Peterson sugirió que estos murales funcionaron como tapices. Y es que en el sigloxvi solían colgarse telas, en las que se bordaban escenas de batallas, pasajes bíblicos y pasatiempos cortesanos, en los interiores de iglesias, palacios y casas. Así, no es difícil imaginar a los ostentosos agustinos, acusados varias veces de despilfarro en la construcción y decoración de sus templos, haciéndose de un mural-tapiz para las cuatro paredes de este claustro.

Para evidenciar la relación entre frescos y textiles, Peterson compara los monogramas de Cristo y de María y el escudo de los agustinos de Malinalco con el águila bicéfala que, sobre un fondo vegetal, identifica a Carlos V en un tapiz del bruselense Willem Pannemaker.

Si bien Peterson no lo menciona, lo cierto es que las garzas, búhos, insectos y venados que se alimentan de bayas y frutos son otra paráfrasis de los tapices flamencos. Al respecto, algunas de estas representaciones son menos idílicas: las aves no sólo chupan el polen de las flores, sino que se comen entre sí; los animales no siempre conviven plácidamente en un jardín; se atacan, se muerden, se devoran. Quizás fue por eso que en uno de los muros del convento se pintó un conejo en plena huida.

Tampoco puede decirse que estos murales sean la calca de ciertos tapices, aunque ésa sea la impresión que provocan cuando se les ve de lejos. Primero, porque en los tapices una flor se superpone a otra y las hojas de las plantas se empalman pues responden a un imperativo decorativo. En cambio, los pintores de Malinalco se esforzaron en separar y distinguir las especies vegetales como queriendo hacer un compendio de plantas americanas. En segundo lugar, los tapices suelen repetir las especies vegetales ¾pues, una vez más, su propósito es adornar¾, lo que casi no sucede en las paredes de Malinalco. A ello se debe que Peterson propusiera una relación entre estos murales y el Códice Cruz Badiano, un importante herbario publicado en 1552. Mejor aún, Peterson asegura que los pintores de Malinalco trabajaron antes en el libro XI de la Historia general de las cosas de la Nueva España, el capítulo de plantas y animales de la enciclopedia coordinada por fray Bernardino de Sahagún, y que el tema de este mural fue influido por la visita de Francisco Hernández, el médico de la corte de Felipe II y autor de los Cuatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales de uso medicinal en la Nueva España.

Así, el jardín de Malinalco no es solamente una representación americana del paraíso cristiano, sino un mural que está entre la decoración y el descubrimiento del Nuevo Mundo, entre el tapiz y el herbario, entre el adorno y el conocimiento. No lo digo por despreciar al Renacimiento europeo, pero lo cierto es que no recuerdo que un tapiz de este tipo se haya producido en Flandes o en Florencia. La ambivalencia entre la historia natural y lo ornamental es una de las razones con las que seguiré justificando mi obsesión por Malinalco.