Una tragicomedia moderna

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La poesía de Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923) es tragicómica. En uno de sus aerolitos —mezcla de aforismo y greguería—, publicados en 1985, dice el autor andaluz: “Mis muletas: el espanto y el humor.” Y, en efecto, este perturbador binomio recorre toda su obra poética, desde su primer poemario, Versos de pronto, escrito en 1944 —annus mirabilis de nuestra poesía, con la aparición de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre—, hasta esta Música de lobo. Antología poética (1941-2001), que recoge amplias muestras de todos sus libros, gracias a la inteligente selección de Jaume Pont, que firma, asimismo, un prefacio modélico. Lo tragicómico está presente en el título de la antología, que es el de un poemario publicado en 1970: la música —esencial en la concepción poética de Ory— implica el canto, la embriaguez, el amor: el ánodo órfico de un arte que nos permite religarnos con lo desconocido y lo sagrado; el lobo simboliza la sangre, el dolor, la devoración: el cátodo angustioso de las sombras. Y también lo advertimos en poemas concretos, como “El rey de las ruinas”, de La flauta prohibida (1979), donde no sabemos muy bien si compungirnos o sonreír, y acabamos esbozando una mueca de gélido deleite: “Mi rostro de color negro aguanta la puerta/ y al fin no sé qué hacer con tanta fotocopia/ ¡Estoy en la miseria!…”. Pero, como ya se ha señalado, la conjunción de sufrimiento y risa permea toda su poesía hasta niveles infinitesimales: la hallamos, prácticamente, en cada poema, en cada verso. En la explosión expresiva de Ory, en su jubilosa ebullición de cromatismo y canto —que deviene, a veces, puro éxtasis musical: “Se me levanta un toro/ por dentro de la mano y sudo y mano/ un pájaro de oro/ que por la voz me enlano/ y se levanta un toro por mi mano”—, el malestar existencial se clava como un espetón y extiende sus tonos negros. Del choque padecido en la conciencia angélica de Ory —que vuela, inmaculada, pero que también es grávida, y cae— surge una poesía terrosa, burbujeante, ambigua: un ejercicio de equilibrio entre lo que nos sublima y lo que nos condena. En el autor gaditano conviven el rapto de los antiguos aedos —médiums entre el cosmos y el hombre, locos clarividentes, cantores entusiasmados, esto es, poseídos por la divinidad— y la exaltación romántica, el frenesí del yo fundiéndose con la naturaleza mediante el lenguaje, con el desengaño, el pesimismo del hombre contemporáneo, investido de sinsentido y muerte.
     El polo humorístico de la poesía de Carlos Edmundo de Ory explica su constante disposición lúdica y muchos de sus rasgos estilísticos. En 1945, con Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi, Ory fundó el movimiento postista —la única aportación específicamente hispana a la historia de las vanguardias, junto con el ultraísmo—, de presencia fugaz en el panorama poético de posguerra, pero cuyos efectos detergentes sobrevivieron al activismo concreto de sus creadores. En este surrealismo quevedesco y jovial, la imaginación hace malabarismos con el lenguaje y la combinación sintagmática se abandona a lo imposible, a lo trastornado: “Como soy del odio tenue abeja/ manada de algún duende nigromante/ peinaré de mi espalda el monte amante/ y con heces de concha de la almeja”, dice un poema significativamente titulado “Soneto paranoico”. Y aunque Ory no se estanca en el cascabeleo postista, sino que empuja su poesía por trochas cada vez más anchas y complejas, muchos de los rasgos presentes en el movimiento —y que acreditan su pasión vital, su ansia de vuelo y de descubrimiento— subsistirán en su producción posterior. Los juegos y la invención de palabras son constantes en su obra. En el poema “Homofonía inmódica”, por ejemplo, confluyen calambures y neologismos, formando una pasta intensamente rítmica: “Entre lejos allí/ Lo lejos que se aleja lejándose/ El lejanía lejanosidad/ Tu lejano lejar de alejadez/ Te lejó lejosistro…”. También las paradojas y enumeraciones, las aliteraciones y similicadencias, las anáforas y epíforas, las hipérboles y oxímoros, y, sobre todo, las imágenes deslumbrantes —a menudo oníricas o visionarias, como corresponde a un poeta de raigambre surreal—, coadyuvan a formar una poesía juguetona y descoyuntada, muy próxima, si no militante, de la literatura del absurdo, pero que, llamativamente, no desatiende el principio de realidad, ni evita hablar de la sociedad que la rodea. Ory ha practicado siempre una poesía social que, sin renunciar a la experimentación ni al tropo, describe una patria solanesca y disparatada: “Oh mi España de peluca y de tomate/ Matricúlame de muerto en la alcaldía…”. Finalmente, el poeta se abraza al amor y a su eclosión carnal: el otro gran asidero, junto con la palabra, de la vida. “Amo a una mujer de larga cabellera/ Como en un lago me hundo en su rostro suave/ En su vientre mi frente boga con lentitud…”, dicen los versos iniciales de su célebre “Amo a una mujer de larga cabellera”.
     Pero a esta comicidad, a este trajín oscuro y divertido, se suma un hondo ahogo existencial: “el sentimiento trágico es mi signo”, afirma en un poema de Técnica y llanto (1971); y en otro se califica de “ser de espanto”. El concepto de dolor es primordial en la poesía de Ory: actúa como catalizador de la incomodidad con el ser que caracteriza su pensamiento. Sus alas funerales cobijan a un vasto conjunto de motivos que transmiten el desfallecimiento del vivir: la noche, las sombras, la miseria, el miedo, la soledad, la sangre, el mal, la nada y la muerte, entre otros. “Vi mi Yo cuando sentí el pensamiento de la muerte”, leemos en una composición de Música de lobo, “y me vi a mí mismo como cadáver”. Esta conciencia desgarrada, impregnada de temporalidad, manotea en el lenguaje en busca del bálsamo alucinatorio —y cognoscitivo— que cauterice sus heridas. El poeta transita por la oscuridad de su dolor, y escribe esa oscuridad, con la que ve. La poesía es salvadora: lo rescata del horror; con ella, como Gil de Biedma, llega al día siguiente: “Solo en mi cuarto me voy viendo viejo/ en la mentida risa ante el espejo/ […] Pero cada mañana como todos/ vuelvo del sueño donde estoy de codos/ y un verso más y un día más y un paso”. –

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