Zárraga y yo

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Estudiosos
solventes en asuntos de arte han dedicado páginas de relieve a
la obra de Ángel Zárraga (1886-1946). Hacen insulso un
ensayo que yo sería incapaz de hacer, aún si lo
desease. Comentaré en cambio una percepción que me
abruma de pronto: con ningún artista he tenido trato tan
antiguo ni tan constante como con Zárraga. Esto obedece tanto
al destino como al accidente. El destino, porque la madre de Zárraga,
Guadalupe, fue hermana de mi bisabuelo Pedro Argüelles, que
fuera poeta, profesor de clásicos en la preparatoria de San
Ildefonso y decano de la Universidad Nacional. El pintor y yo
pendemos, pues, de un árbol genealógico que crece junto
al mismo charco desoxirribonucleico.

Muy
niño escuchaba a mi abuela y a sus prolijas hermanas contar
historias cuyo héroe era el artista. La que más me
asombraba era la que lo ubicaba en París, donde pintaba
febrilmente el rostro de la Virgen María mientras unas
canallas bombas nazis explotaban a su alrededor. Más tarde,
como a los diez años, se me llevaba de visita a la casa del
tío Paco Zárraga en Guadalajara, un hombre afable,
despiadadamente calvo, tan atildado como su hermano y con el mismo
bigotín esculpido. Había obra de Zárraga en
todos los muros: cientos de dibujos, estudios y bocetos a la acuarela
o al lápiz carbón o sepia. Mis preferidos eran aquellos
que mostraban, preciosamente dibujados, delicados estudios de
anatomía femenina que turbaban mi alma, seducían mis
ojos y multiplicaban mi admiración por aquel Ángel
misterioso. Ante esos cuadros tuve –estoy convencido– mi primera
experiencia estética, sólo similar entonces al deleite
que me proveía el canto de música sacra en el coro de
mi escuela. Ante los muros de la casa Zárraga, y su vértigo
de rostros, pieles y cuerpos, presentí por primera vez que la
belleza no sucede porque sí, sino que se labora y elabora con
escrúpulo; que concilia una disciplina de segundero para
encender el talento, y un eterno deseo de perfección.

En
Monterrey, en el umbral de la adolescencia, me halagó
reencontrar al tío Ángel en la catedral. Su ábside,
decorado con sus fastuosos murales a la encáustica, era un
respiro anímico y climático, un asidero a la tradición
en una ciudad que la había suplantado por la acción
industrial y comercial. La catedral era la más valiosa y
relevante prenda de esa ciudad remisa al arte. ¡Cómo me
gustaba, escabullendo la vigilancia de un sacristán gotoso,
llegar bajo el cenit de ese cielo bermellón y cerúleo,
y mirar hacia ese cielo accesible, donde un concierto de ángelas
y ángeles pregonan las bienaventuranzas en sus airosas
filacterias!

Pasaron
los años. En la universidad me interesé en la poesía
de la primera mitad del siglo xx mexicano. Comencé a
aficionarme a las artes plásticas de ese periodo (confieso de
una vez, no sin pudor, mi limitante: las artes plásticas me
apasionaban sólo si hablaban
con la poesía). La lectura de mis poetas se ampliaba con
ceremoniosas visitas a los museos en busca de correspondencias
imaginativas y temáticas, digamos, entre la poesía de
José Juan Tablada y las pinturas de Antonio Fabrés o
los grabados de Julio Ruelas; o entre la de López Velarde y
Saturnino Herrán. En el Museo Nacional de Arte, la aparición
súbita del “Exvoto (martirio de San Sebastián)”
puso de nuevo en mi memoria a aquel tío real e imaginario que
agregaba a su arte el talento para dialogar con López Velarde
o Pellicer. ¡Qué rara imagen era! Sobre el azul femenino
de un cielo vertical se despliegan el hermoso cuerpo del mártir
luminoso, flamante árbol de carne, herido por el venablo de
una rama, y el rostro extático de su muerte serena. Mas ese
impalpable ángel de trementina, con su rostro post
coitum
, ¿estaba ahí, o era la fantasía
de la divina enlutada de rodillas a su lado, con su nuca inacabable y
sus manos recoletas?

Por
esos mismos días descubrí en la revista Contemporáneos
que Zárraga era también poeta. No gran cosa, pero
tampoco desdeñables, los versos eran títulos imposibles
para algunos de sus cuadros. Coincidían con el catolicismo
modernista que pudo contagiarle su amigo Guillaume Apollinaire, cuyo
célebre “Zone” (“Seul
en Europe tu n’es pas antique, ô Christianisme
”)
causaba estragos entre sus imitadores. Los de Zárraga se
titulaban “Oda a la Virgen de Guadalupe” y sospecho que fue
Pellicer “otro devoto de San Sorolla y Saint Puvis de Chavanne”
quien los recomendó a la revista:

Qué me importan, a la vuelta del viaje polar,

los osos muertos, ni los desvencijados trineos.

Qué me importan, al volver del circo,

los trapecios, los coloretes y los afeites;

la torre Eiffel y el puente de Brooklyn señalan

como esqueletos de las cosas muertas

mi
ruta difunta.

Había
una estrofa que, a mi manera de ver, condensaba lo que podríamos
considerar el estilo de Zárraga y hasta su estética:

Ser
sólo

una magnífica arquitectura de huesos única,

una agencia perfecta de músculos y de nervios
única,

y
en ella, como la paloma refulgente,

el espíritu cegado en la luz.

Quizás
a lo que aspiraba era a pintar esa agencia
perfecta
en los cuerpos y rostros que pueblan la república
etérea de su arte. La paloma
refulgente
y el espíritu
cegado
suelen, en efecto, brillar sobre sus personajes en
la magnífica
arquitectura
de su cuidadosísimo trazo, de especial
manera en el arte religioso y alegórico de sus murales.

Ese
fulgor revelado se me apareció de nuevo en París, donde
viví unos años al servicio de la Patria, con una
responsabilidad que incluía acudir con frecuencia a la
legación mexicana. En el salón, mientras cumplía
con deberes más o menos enyesados, solía sentarme
frente a “Amaos los unos a los otros”, uno de los “murales
portátiles” con que Zárraga decoró ese
edificio (tan portátiles que, tengo entendido, se han mudado
recientemente a México). Rodeado de rígidas charlas
protocolarias, me perdía en esa pintura suculenta: un gineceo
de muchachas celestiales se entreteje en una delicada ronda, con algo
de esas coreografías art
deco
que había puesto de moda Isadora Duncan. Dos
muchachas sostenían una filacteria con el título del
cuadro. El colorido, mate y apastelado, es fastuoso en contrastes y
armonías. La figura central, bañada de amarillo, mezcla
de diosa y flapper,
la única cuyo halo destella, posee uno de los rostros más
dulces y acogedores que he visto jamás. Había europeas
e hindúes, negras y americanas, orientales y eslavas, con sus
bracitos neumáticos y sus pies desnudos; algunas con peinado
“bob”, otras con bandós; todas en silencio, con sus cejas
de golondrina, inmersas en una diáfana piscina bajo los halos
bienhechores del amor.

Era
muy extraño, en el mismo cuadro, que México apareciese
de forma tan reticente. Una cabeza de obsidiana apenas asoma su cara
cuadrada y huraña entre los óvalos traslúcidos
de los rostros. ¡Qué rara cosa que un Estado
revolucionario decorase tan principal embajada con un arte tan
escasamente idiosincrático! ¡Que una tierra tan viril,
laica y patriotera, popular e indigenista, como el México de
la década de los treintas, consagrase un himno a la
conciliación universal! El irónico mensaje –cultural
y diplomático– se reducía a una muchacha que, con sus
trenzas de tabaco anudadas a la espalda, se incorporaba (tarde) al
concierto de esas naciones femeninas, dando la espalda, como si,
mirándolo, de repente hubiese dejado su sitio entre los
espectadores para colarse a la danza.

Y
es que Zárraga es un ángel en la capilla lateral de la
cultura mexicana, la capilla sombría, lejos y de espaldas de
los grandes altares donde ejércitos de devotos adoran iconos
estrepitosos. Nunca fue el suyo uno de esos prestigios averiados por
las cargas de la leyenda o la devoción. Eligió una
vertiente discreta y callada, clásica y tradicional, decisión
muy encomiable en un tiempo propenso a la alharaca.

En
París, Zárraga se me aparecía en todas partes.
En el museo Pompidou, un asombroso paisaje cézaniano y unos
pasmosamente interesantes retortijones cubistas; en La Coupole, una
columna que pudo pintar él luego de alguna correría con
sus amigos –Picasso, Reverdy, Apollinaire–, cuando en los veintes
se pagaban cuentas con pinceles; la tarde aquella en que una
funcionaria de la Cité Universitaire me tramitó un
permiso para ingresar a la que había sido la Chapelle des
étudiants, donde Zárraga pintó (¡mientras
caían las bombas!) una magnífica pasión de
Cristo en varios paneles, hoy invisible por líos burocráticos;
y esa expedición lluviosa e inútil al castillo de Vert
Cœur, en un pueblito cerca de Versalles, en cuya sala Zárraga
pintó unos murales para un amigo de nombre sonoramente
Phillipon. Y en el aparador de una librería de lujosos usados
por el Odéon, donde vi un inaccesible ejemplar de Profond
Aujourd’hui
(1917) de Blaise Cendrars, con portada y
dibujos de Zárraga. ~

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