Amar al malo

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La otra noche vi, en una televisión de pago y ya empezado, un documental norteamericano titulado algo así como Enamoradas de asesinos, que se ocupaba de varios casos de mujeres prometidas o casadas con culpables no ya de homicidios, sino efectivamente de asesinatos, algunos de particular repugnancia y vileza. Salían un tal Danny Rolling y su novia, una peluquera rubicunda, gordita y chata; o un tal Richard Ramirez y su señora, asimismo regordeta y algo añosa; o un tal Eric Menendez y su ex novia, pues ella lo había dejado por haberle él sido "infiel" con otra (nunca se había dado sexo real entre ellos, sólo telefónico). Esta última era joven y agraciada.
     Lo llamativo del asunto, claro está, es que no se trataba de las esposas o parejas anteriores a los crímenes de esos convictos. Uno puede entender sin demasiada dificultad que alguien se empeñe en seguir queriendo y apoyando a quien ya quería antes de que ese ser amado se cargase a unos cuantos semejantes. He dicho "sin demasiada dificultad", lo cual no significa "con facilidad". Pero en fin, los vínculos entre los humanos son a veces muy profundos, por complejos o por elementales, y uno comprende a medias que pueda resultar casi imposible desanudarlos o retirar según qué afectos (pienso, sin ser madre, en lo costoso que ha de serle a una madre retirárselo a sus vástagos, hagan éstos lo que hagan). Estas mujeres, sin embargo, habían conocido y por tanto habían decidido amar a esos asesinos cuando estaban ya condenados y encarcelados, unos a la espera de ejecución, otros instalados en su cadena perpetua. El documental concluía con un rótulo en el que se venía a decir que estos casos no eran tan infrecuentes o extraños como podría haber creído el espectador: la mayoría de los culpables de asesinato de los Estados Unidos, se informaba, recibían alrededor de quinientas cartas anuales de mujeres (cada uno), interesándose por ellos. Esos individuos, colegía uno, tenían dónde elegir.
     Las imágenes iban mostrando a las novias y a los asesinos, por separado o, en alguna ocasión, juntos. Uno de los del corredor de la muerte, Rolling, había tenido otra enamorada antes de la peluquera: una mujer de mediana edad que escribía su biografía. En una escena se veía cómo este hombre, ante un juez, y tras la pregunta —imagino que formularia— "¿Quiere añadir algo?", se arrancaba con una exhibicionista declaración de amor hacia su biógrafa, presente en la sala, a la que en seguida ponía música literalmente, para cantarle una canción de bonita letra, muy ufano, con buena voz y con contoneo. Ella lo contemplaba embelesada: crédula de su pasión, divertida por su osadía, halagada, idiotizada. Más tarde aparecía doliente y furiosa porque Rolling, sin previo aviso, la había sustituido por la peluquera. Ésta, a preguntas de una cliente ("¿Te vas a casar con él? ¿Y no te da miedo, sabiendo lo que hizo?"), confesaba que algo de repelús sí le daba su inminente matrimonio, que por otra parte no iba a consumarse, al prohibir su Estado el sexo a sus precadáveres. Pero que, claro, pese a lo que Danny había hecho, también existía un Danny que sólo ella conocía y que era tierno, amable, sensible, galante e inteligente. Listo ya parecía el tal Danny cuando se dirigía a la cámara, tratando de causar buena impresión, pero con una falsedad tan evidente que era del todo imposible percibir en él la menor señal de arrepentimiento. Este Danny se había llevado por delante, uno por uno y en diferentes fechas, a cinco jóvenes, en el caso de las chicas (tres, si mal no recuerdo) tras haberlas violado y mantenido con vida largas horas, haciéndoles creer que no morirían si se portaban. Por su parte, Menendez y su hermano Lyle se habían cargado, con premeditación y frialdad, a su padre y a su madre; y Ramirez, creo, era culpable de una no corta serie de asesinatos gratuitos. Un hombre atractivo este último, al que, en el transcurso de un juicio, se veía timarse desde el banquillo con una mujer del público que, según contaban, le había abierto bien las piernas para que echara un vistazo a sus lindas no-bragas.
     Las tres novias o esposas que alcancé a ver parecían pánfilas, por no decir unas pavas y unas bobas; ingenuas, crédulas hasta lo inverosímil: juraría que cualquier espectador desapasionado se daba cuenta del absoluto paripé de los tres galanes, ninguno era De Niro. De su despreocupación, de su cuajo, de su falta de remordimientos, de su indiferencia hacia sus víctimas, a quienes habían matado sin ni siquiera motivo o móvil; de su ironía hacia las enamoradas, quienes, por lo demás, parecían mujeres comunes, seguramente buenas mujeres, quizá piadosas, sin duda con ansias redentoras, no sé. También, sin duda, con un elemento de frivolidad en ellas: habían ido a fijarse en asesinos crueles a sabiendas de que lo eran, o acaso porque lo eran. O, aún peor y más frívolo y dañino e imbécil, acaso porque eran famosos gracias a sus muchos crímenes, figuras del invasor y voraz espectáculo en que todo se convierte hoy en día. Quizá en otra ocasión habré de continuar con este asunto, pues se me agota el espacio, que no el verbo. –