Apariciones de Escandinavia

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Bernard Shaw aseguró que si los europeos hubieran leído con cuidado a Ibsen, no hubiera habido Primera Guerra Mundial. Puede ser, los ideales son peligrosos, destruyen a la gente. Ibsen lo sabía, y lo dijo. Pero es difícil, y puede ser también peligroso, vivir sin ideales. Recetas no hay.
     Mirada vigilante, la de Ibsen, un explorador de la vida de todos los días. A contracorriente de los poderosos prejuicios de su tiempo: su análisis de la opresión femenina fue, por ejemplo, clarividente e impecable. Su desencanto ante el torpor obstinado del vulgo municipal y espeso, también. Liberarse de la presión que ejerce lo consabido, lo admitido sin discutir, en una época dada, es arduo, pero en la lucha por desatarnos está la felicidad, no como resultado, después del esfuerzo, sino durante, en el proceso, en la lucha misma por alcanzar cierta autenticidad, cierta verdad.
     De los grandes dramaturgos, Ibsen es, sin duda, el más cumplido y penetrante como lector de periódicos. Según su biógrafo Michael Meyer estaba suscrito a muchos diarios, en diferentes idiomas, y empleaba varias horas al día leyéndolos con gran cuidado. Es decir, acechando, de cacería, tomándole el pulso a su tiempo, hasta que, de pronto, el “halcón de Noruega” se deja ir en picada sobre alguna presa y la lleva en sus garras hasta las luces del escenario.
     Por eso, porque se abrazó a su tiempo, la primera pregunta que hay que hacernos de Ibsen es ¿qué es lo que permanece vivo y qué es lo que está ya datado en los planteamientos del maestro? Y, sorprendentemente, mucho, casi todo, tiene aún vigencia. ¿Cómo? Quien responde esta pregunta está en camino de entender el arte que Ibsen llevó a la escena.
     Cosas así voy considerando en la linea 4 del metro, que baja de la Gran Central Station a Brooklyn. Me dirijo al teatro de la BAM (Brooklyn Academy of Music) a ver Ghosts (Espectros, se traduce habitualmente, yo prefiero Aparecidos), de Ibsen, traducida y dirigida por Ingmar Bergman, y representada en sueco, por el Teatro Dramático Real de Estocolmo.
     No es la primera vez que veo en NY una obra con esa compañía, ese director y en ese idioma. Hace dos años vi La Sonata de los Espectros del loco y apasionado Strindberg con el mismo grupo. Y siempre hago lo mismo: busco en la biblioteca la obra en cuestión, la leo con atención, y luego la veo directamente, sin recurrir a la traducción simultánea.
     Así pues, llegué temprano al teatro para cenar algo con Guita y unos amigos antes de la representación, que va a durar sus buenas dos horas y media. Después de engullir una quesadilla, que es aquí una tortuga aplastada con sabor a pizza, y de un exprés doble, sin cafeína por si las moscas, entré al teatro. Y, en el lobby, la primera aparición de Escandinavia: del brazo de una mujer mayor, pero guapa, caminando con dificultad, discurría entre el público el actor bergmaniano Erland Josephson (protagonista, por ejemplo, de El sacrificio de Tarkovski). En el intermedio Guita y yo fuimos a saludarlo, le dijimos que éramos de México y que nos habíamos pasado la vida viéndolo en la pantalla, y él se mostró cordial, platicó con nosotros y luego, sin esperar a la segunda parte, se marchó del teatro.
     Bergman tiene gran capacidad para transformar lo complejo e intricado en simplicidad unificada y cristalina. Y bien, eso justamente es lo que se espera de un director de teatro, que destile el texto en acciones claras y expresivas. Y también, desde luego, que matice con sutileza. Porque los personajes de Ibsen, como los humanos de carne y hueso, están constelados de ambigüedades, según el principio de Coleridge: “Nadie hace nada nunca por una sola razón”. Y las varias, a menudo contradictorias, razones constituyen la polifonía de los personajes.
     Ghosts es el último montaje del maestro sueco, y cosa singular, al final de la obra el viejo Bergman abandona su habitual distanciamiento perfeccionista y no se refrena, sino se involucra y desborda, diría de modo salvaje, como un adolescente que hablara a gritos. A mí me gustó, a Guita, mi mujer, no, según ella se le pasó la mano.
     Qué peculiar es la gente allá en el Norte de Europa, de veras, todos, autor, director, actores, músicos, iluminadores, vestuaristas, todos, qué marcada idiosincrasia.
     Pero, como sea, fue instructiva, como siempre, y esta vez también conmovedora, esa muestra de poder, valentía, precisión y refinamiento, aunque no contención, por esta vez, de los maestros escandinavos de la escena teatral. –

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