Apogeo del punto

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Las potencias silenciosas son las más eficaces.
— Romano GuardiniAhí estás, cosa etérea, salario mínimo. Naces entero y no puedes crecer, tú, emperador de los enanos, asceta de las dimensiones, nada por aquí, nada por allá. Y sin embargo, ahí andas, mosca, pululando en las demostraciones geométricas: sin ti el círculo airoso sería sueño de opio, en vez de esa perfección enclaustrada al alcance de la mano y el compás.
     Generalicemos: ¿dónde queda el centro, la mitad, el vértice de lo que sea, sin ti, oh punto preciso y puntiagudo?, ¿qué sería de la idea de lugar sin tu humilde y laboriosa presencia? "Dos rectas no paralelas se intersectan en un solo lugar", ni eso podrías declarar. Sería el caos original previo a toda distinción, el torpor prelógico y silencioso de la tierra confusa y vacía cuando las tinieblas cubrían la haz del abismo. Por eso, dilo de una vez: "en el principio fue el punto, el lugar determinado y exacto. Y luego cundió lo demás".
     Y así, ese lunar del papel en blanco (¿por qué, oh punto, te imaginamos siempre redondo, si no tienes dimensión?), el cartujo punto que en su esbeltez desdeña el mundo y sus pompas, ese esqueleto de esqueletos, se alza como principio de todas las cosas. Los que nada son, heredarán la tierra.
     Y pensar que ahí en el punto, en ese átomo, en ese milagro, en esa nada sin grosor ni estatura, cabe, según Leibniz, el universo entero. Velo bien, eso sí que es acrobacia de claustrofobia recreativa: el punto reconcentrado y humilde se hace, de pronto, el cielo estrellado con todos sus habitantes, los vivos y los inertes. No se diga más: punto.
     No, sí hay más que decir. Eludamos ese punto ortográfico y categórico: es preciso seguir adelante y abrir la discusión a considerar no el punto geométrico, en el espacio (del que estabamos hablando), sino el punto en el tiempo. Es decir, es preciso hablar del instante. Ya Aristóteles observó la estrecha familiaridad del instante con el punto.
     Nada más extraño que el instante, porque en esa nada de tiempo, según dicen, se guarda la eternidad. Oíste bien: en el instante, que es nada, cabe la eternidad, que es todo.
     Esto trató de probarlo Platón en su diálogo el Parménides, diálogo denso hasta el delirio. Y dice así Platón (156 c): "Pero cuando, estando en movimiento, queda quieto (cualquier móvil), o estando quieto, cambia a estar en movimiento, eso no puede ocupar nada de tiempo. Por esta razón: supón que está primero en reposo y después en movimiento, o primero en movimiento y después en reposo: eso no puede suceder sin cambios." ("Cambio" es aquí el paso del estado de movimiento al de reposo o viceversa.) Pero no hay (id est, no puede haber) un tiempo durante el cual una cosa no esté ni en movimiento ni en reposo. Por otro lado, la cosa no puede cambiar sin hacer transición. ¿Cuándo tiene entonces lugar la transición? No cuando está en movimiento, ni cuando está quieta; tampoco cuando está ocupando tiempo (porque, si ocupa tiempo, o está en movimiento o está en reposo). Por tanto, el momento cuando hace la transición tiene que ser esa cosa rara: el instante. La palabra "instante" aparece significando algo tal que, desde eso, una cosa pasa de una condición a otra (de reposo a movimiento, o viceversa). No hay transición desde un estado de reposo tan largo que la cosa esté todavía en reposo, ni desde un estado de movimiento tan largo que esté todavía en movimiento. Sino que la cosa rara, el instante, se sitúa entre el movimiento y el reposo. No ocupa nada de tiempo (así como el punto espacial o geométrico, del que hablamos antes, no ocupa nada de espacio). Y la transición de la cosa en movimiento al estado de reposo, o de la cosa quieta a la cosa moviéndose, tiene lugar hacia y desde el instante.
     Y ésta, señoras y señores, es la eternidad del instante, la cual fascinó, entre otros, a Kierkegaard. Porque, si el instante no está, por necesidad, en el tiempo (como prueba Platón), hay que situarlo en la eternidad,  que no es, como se sabe "mucho tiempo", sino ausencia total de tiempo. La suya es, si se quiere, una eternidad de bolsillo, pero eternidad al fin. Y, recordémoslo, tanta eternidad hay en el triángulo o en Dios como en el humilde y vertiginoso instante. ¿Cómo podrías comparar dos eternidades? No tiene sentido, por ejemplo, preguntarnos ¿cuál dura más?, porque la idea de duración, por hipótesis, no se aplica a ninguna de ellas.
     Y en estas sesudas perplejidades interrumpimos, que no terminamos, nuestro encomio del proletario de la geometría y el cronómetro: el mínimo, pululante y esforzado obrero de las representaciones. Punto. –

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