Bullets over Chicago

AÑADIR A FAVORITOS

 

La ciudad es Chicago, el lugar preciso un café de Wicker Park —un barrio hasta hace unos años violento y pauperizado pero hoy en día próspero y a la alza, el botín predilecto de los especuladores inmobiliarios. 599 es la suma exacta de las muertes por homicidio ocurridas en Chicago en el año 2003, según la primera plana del Tribune que está sobre la mesa, entre mi interlocutora y yo. ¿Sabías que somos primer lugar nacional, por encima de Nueva York y Los Ángeles? ¡Demonios! Quinientos noventa y nueve homicidios, insiste esta belleza hiperkinética, una periodista en ciernes que abomina la carne roja, el humo del cigarro y los carbohidratos injustificables. Habla sin parar, como una ametralladora. En casi todas esas muertes se utilizaron armas de fuego. Tendrían que prohibirlas de una buena vez, sabes. Imagina esto, quinientas y pico de balas volando, sin tomar en cuenta las que no dieron en el blanco. Aparece entonces el momento que yo estaba esperando para hacer mi reaparición estelar en el fuego cruzado de su monólogo asesino. Volteo hacia la ventana y, mientras observo vagamente el trajín humano que circula en el cruce de las calles North, Damen y Milwaukee, pronuncio una frase expansiva que, yo lo sé, la dejará fulminada: Una bala pérdida jamás abolirá el azar, my dear.
     A toda acción corresponde una reacción. No siempre. Ella me mira impertérrita, con rabiosa indiferencia hacia la Tercera Ley de Newton, ya no se diga a mi falso Mallarmé. Yo no sé nada del azar, querido, yo creo en el destino, me responde con un tono de impaciencia en su voz. Apenas se dispone a recargar baterías para continuar su mortífero soliloquio, vuelvo a intervenir una vez más con la temerosa convicción de quien se arroja al vacío en busca de salvación, aunque en ello le vaya la propia supervivencia. Testarudo, mantengo la misma táctica al tiempo que intento una incursión en territorio más familiar. Le hablo de Paul Auster, el muy conocido autor de historias en las que el azar y el destino se entrelazan y confunden, del tratamiento más bien distante que hace de ambos y de su preferencia por abordar el tema a través de personajes y situaciones concretas. Traigo a cuento la reseña sobre su última novela que, ahora sí que por azares del destino, leí precisamente esta mañana en las páginas del Financial Times, mi sorpresa al abrir el periódico y encontrarme a AGQ firmando el texto en cuestión, amigo de otras épocas que hoy me parecen más remotas que nunca antes y de quien todavía se escuchan intermitencias trasatlánticas, como esta última que envió desde los pastizales interminables de East Anglia, UK, donde vive desde hace años, casi los mismos que tenemos de no vernos. Previsiblemente, concluyo mi perorata insistiendo en la extraña simetría con que a veces se dibujan a sí mismos el azar y el destino, y pongo como caso ejemplar a Auster y el texto de mi amigo lejano.
     Obtengo por respuesta lo que ella me asegura son verdaderamente casos reales, no fantasías en la mente de alguien. Me habla de la muerte de Eric McKinney, caso al que los periódicos de la ciudad otorgaron la notoriedad de un único día. En las primeras horas del 17 de julio de 2003, Eric McKinney, de veinticuatro años de edad, termina su jornada laboral en un estacionamiento del centro y se monta a su bicicleta de regreso a casa en Back of the Yards, uno de los barrios más bravos del sur de la ciudad. En una noche tibia de verano Eric McKinney pedalea bordeando el Washington Park, un inmenso y tenebroso islote de cedros decrépitos que resguarda al campus de la Universidad de Chicago de los arrabales adyacentes como un ominoso cordón sanitario. Ni siquiera un nativo de Back of the Yards se atreve a cruzar por ahí de noche. En casa lo esperan su madre y su hermano Derrick, mecánico y estudiante de psicología infantil. Le falta poco para llegar cuando escucha un rugido de motores. Al doblar la esquina un rechinido de neumáticos le anuncia que el peligro se aproxima a él: distingue las luces de dos automóviles que arrancan en dirección suya intercambiando pistoletazos y se da cuenta de que en un instante más estará metido justo en medio de la refriega. Como un relámpago en la oscuridad, la mente de Eric McKinney se ilumina con el recuerdo del tiroteo que lo sorprendió arriba de su bicicleta justo cinco años antes. El balazo que recibió en el verano de 1998 lo mantuvo una semana en coma y 28 meses sin poder hablar ni caminar. Cinco años después vuelve a empuñar con fuerza el manubrio de su bicicleta cuando es alcanzado por las ráfagas de plomo que arrojan a su paso los dos automóviles. Eric McKinney cae muerto a mitad de la calle.
     Como era de esperar, la historia me deja atónito, a punto estoy de citar a Heráclito por decir cualquier cosa, pero sabiamente dejo a los griegos para más tarde y sigo escuchándola. Un caso semejante aunque en realidad contrario si lo piensas bien, continúa su relato non-fiction, sería el de Bob Bruggeman, único sobreviviente de la masacre del Windy City Core Supply, un almacén de refacciones de la calle Wallace del cual es copropietario. La mañana del 28 de agosto, un tal Salvador Tapia se levanta con ganas de ajustar cuentas con quien sea. Hay antecedentes de su carácter violento: una docena de arrestos por posesión de armas de fuego y un largo historial de pleitos domésticos que siempre terminan en amenazas de muerte: a la novia, a sus familiares o sencillamente a quien se le ponga enfrente. El 28 de agosto le toca el turno al personal del Windy City Core Supply, de donde además hace poco fue despedido. Se faja una pistola semiautomática Walter PP calibre .38 y agarra camino. A las 8:35 entra en la refaccionaria y aquello se vuelve un infierno: Salvador Tapia avanza disparando inmisericorde al rostro de sus antiguos compañeros de trabajo. Se lleva seis vidas en dos minutos. A las 9:30 no queda nadie vivo en el interior del establecimiento, ni siquiera Tapia, quien segundos antes ha sido borrado del mapa por un tirador de elite de la policía. Durante todo ese tiempo, Bob Bruggeman ha estado atorado en el tráfico matutino. Como todos los días, una vez que deja a su hija en la escuela Bob Bruggeman llega siempre puntual a su negocio, pero esta mañana un accidente en la autopista Eisenhower detiene todo el tránsito, generando un terrible caos vial y poniéndolo a salvo de una muerte segura. Después declaró en el Chicago Sun-Times que su vida no volvería a ser la misma. ¿Y cómo podría?, concluye preguntándose mi interlocutora, si hay una bala que no dio en el blanco esperándolo en algún lado.
     Afuera mejora el clima, ya se escucha el rumor de la gente caminando en las aceras: todo parece indicar que el invierno ha terminado. Chicago ya no es “esa ciudad sombría” que despide hedores de barbechos entre las páginas de Las aventuras de Auggie March. Nos despedimos y me levanto de la mesa con la melancólica sospecha de que al final del día ella tendrá la razón. No sé si existe el destino, pero reconozco el trazo que me indica cuánto me he alejado de él. ~