Capitulaciones y heterodoxias: Consideraciones sobre el hecho mexicano

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De todas maneras es cierto que el pensamiento aspira a lo visual, que la visualización ayuda al pensamiento (no es lo mismo un silogismo oído que uno visto; nos gusta, a veces, hacer esquemas, diagramas cuando explicamos algo).
      
     2. A veces pensamos con imágenes y nuestro pensamiento tiende a quedarse en la imagen. El ocaso de la revolución, por ejemplo, es una imagen. Pero se nos olvida con frecuencia. Magritte tiene un cuadro en el que se ve una pipa y debajo de ella el misterioso letrero "esto no es una pipa". Y uno inmediatamente se pregunta ¿cómo que no es una pipa? Entonces ¿qué es? ¿Un cañón de juguete? ¿Una especie de planta? No, no, nada de eso. Y por supuesto que no es una pipa. Es más, es extraño que uno haya llegado a pensar que esto era una pipa. No, no es. ¿Por qué? Porque, a ver, si esto es una pipa, fuma con ella. Aah, no se puede, ¿verdad? Entonces no es una pipa, es el dibujo, la representación de una pipa. Pero se nos olvida, tomamos sin sentirla la representación por la cosa representada. Así, las revoluciones no tienen ocaso, porque no son días. Y, sin embargo, sí lo tienen de algún modo, como el dibujo de Magritte, de algún modo, es una pipa. Esto es así porque, como decía el mismo Aristóteles, "la mente es, en cierta manera, todas las cosas".
      
     3. Las imágenes, como las palabras en la metáfora de Shakespeare, son las monedas de los tontos. Pero también son una ayuda inapreciable para saber qué pensamos de las cosas. No es fácil, de ninguna manera, ni en ningún caso, desmontar, analizar nuestro pensamiento espontáneo sobre las cosas. Y no sólo por razones conceptuales, intelectuales. Todos los que hemos estado sometidos a terapia psicoanalítica (en cualquiera de sus variantes) conocemos la enorme dificultad de llegar a saber lo que de verdad, íntima y auténticamente, opinamos de cualquier cosa. El velo del autoengaño, la fantasía infantil, los libretos aprendidos de memoria, los miedos diversos, hasta la cortesía operan vigorosamente, negándonos el acceso a nuestra recóndita verdad, sentida, vivida, que está ahí sin elaboración, espontánea, libre.
     4. Lo que voy a hacer es un trabajo sobre esta imaginería del 68 y el ocaso de la revolución. Es una indagación sobre lo común, para captarlo, depurarlo y estar en situación de someterlo a crítica. Voy a empezar con una escena de teatro, no una escena de obra, sino contando una cosa que pasó en un teatro, durante un ensayo en el que uno de los actores hizo lo que en México llamamos una escenita.
      
     5. Hace no mucho estrené un montaje con alumnos de un taller de teatro (la mayoría de los cuales nunca se había subido a un escenario) que es en parte una adaptación a teatro del poema de Hans Magnus Enzensberger El hundimiento del Titanic. En este poema el naufragio se utiliza como metáfora para hablar de esa cosa tan espectacular que es el brusco cambio histórico, la brusca mengua o de plano desaparición de los ideales políticos de varias generaciones. El fenómeno ha recibido distintos nombres —el desencanto de la izquierda, la evaporación del marxismo, Ludolfo Paramio habla del diluvio, etcétera. Los nombres no importan, la cosa está ahí, a la vista: la brújula de nuestras utopías con sorprendente energía, salida de quién sabe dónde, cambió de norte, y la gran serpiente histórica empezó, ante nuestros ojos asombrados, a mudar de piel.
      
     6. En el montaje de que hablaba, que llamé La noche del naufragio, hubo naturalmente discusiones y problemas. Por ejemplo, por la actitud de un compañero argentino que, cuando expliqué que en el momento mismo de irse a pique el barco debíacantarse la Internacional mientras una muchacha hacía tremolar una bandera roja, dijo —lacónicamente— que él abandonaba el trabajo. Estaba muy contrariado. El ensayo se interrumpió. Se hizo un pesado silencio expectante. Los treinta alumnos estaban congelados, viendo la escena:
     —¿Qué te pasa? —le pregunté.
     —No quiero ser cómplice de esto —gritó.
     —¿De qué?
     —De esta basura. Yo no creo que la revolución haya muerto. Está viva, está viva. Lo digo en mi nombre y en el de más de doscientos camaradas, de mis amigos torturados y muertos en Argentina durante la guerra sucia.
     Como se ve, el actor argentino era propenso al melodrama; su emoción, sin embargo, era genuina.
     —Mira —le dije—, no estamos sustentando ninguna tesis, sino abriendo un espacio a la discusión, a la reflexión. ¿Sabes? Para eso es el teatro, para ver en escena lo que nos preocupa y nos interesa.
     —No, es una traición —siguió diciendo.
     No pude menos que observar que nuestra discusión producía gran interés entre los actores y que, de una manera o de otra, empezaban a tomar partido. El momento era delicado: como director del taller no podía permitir que el ensayo degenerara en una tumultuosa asamblea política. Pero, hijo como soy del 68, tampoco quería ser ni autoritario ni represivo. Entonces se me ocurrió una cosa.
     —¿Por qué no incluimos esta escena en la obra? —propuse.
     —¿Cuál escena? —preguntó el actor argentino.
     —Ésta, esta que acabamos de protagonizar: cuando se va a cantar la Internacional y a tremolar la bandera roja, tú te levantas y dices que te vas de la obra y dices por qué. Y los otros te contestan y dicen lo que quieran decir. Luego sigue la obra.
      
     7. Y así hicimos durante varios ensayos, hasta que el actor argentino no pudo arreglarse con su conciencia y se retiró definitivamente del montaje (entonces tuvimos que quitar la escena). Pero el episodio mostró que el tema del naufragio estaba vivo, es decir, que todos, sabiéndolo o no, teníamos algo que decir sobre él y que lo podríamos decir nos picaba la emotividad y nos hacía fácilmente expansivos, coléricos, discutidores. Como en los juegos de realidad, el tema cobraba doble realidad dentro de la obra, el naufragio estaba a punto de naufragar. Y cómo no iba a ser así si se trata de un asunto que engloba oscuramente a nuestra generación, una generación significada por dos sílabas sobadas y resobadas, mangoneadas, traídas y llevadas, pero inevitables, las dos sílabas que hacen la palabra crisis.
     8. Y por crisis entiendo no una cosa vaga, sino simple y clara: que los procedimientos mentales y las acciones que durante mucho tiempo probaron ser eficaces, reveladores, sugerentes, dejaron casi de pronto de serlo y dejaron en su lugar un vacío de pensamiento y acción, una especie de pasmo, de succión, de nada. Este acto de magia, esta prestidigitación histórica que hizo desaparecer lo que antes estuvo vigente produce dos actitudes diferentes y contrapuestas: algunos, digamos la mayoría, se alegran de la desaparición y alegan que los ideales son siempre peligrosos, y recuerdan el horror de las guerras ideológicas que ha padecido este violento siglo y las degeneraciones grotescas en que, en la práctica, se cayó al intentar realizar los ideales. Otros piensan o estiman que se ha perdido algo muy valioso con el derrumbe de los ideales, que un mundo sin horizonte utópico es pequeño, lamentable, incompleto, casi asfixiante: ¿vamos a quedar como estamos, en esta deplorable grisura? ¿Qué, el hombre no es perfectible? ¿Por dónde va a salir el sol de nuevos ideales? ¿Ya no hay nada que hacer? Etcétera.
      
     9. Estos dos grupos (que encarnan actitudes contrarias) son, como veremos, la versión actual de un enfrentamiento, de una rivalidad siempre presente en la vida literaria mexicana.
      
     10. Están también los moderados y razonables que, aunque casi siempre tienen la razón, nadie les hace caso. La palabra misma, moderado, es ñoña y falta de encanto, y no hay en ellos drama ni melodrama, sólo, tal vez, algo de verdad, porque la verdad es la verdad aunque no sea asombrosa ni llamativa.
      
     11. Recuerdo que a media discusión con el puntilloso, cuanto arcaizante, actor argentino, me vino a la cabeza, quién sabe por qué, el nombre de Douglas Bravo (Douglas Bravo fue un guerrillero venezolano muy famoso a fines de los cincuenta, principios de los sesenta). Y pensé: "estos muchachos (la mayoría de los que tomaban parte en el taller son jóvenes) no saben quién fue ni qué quería Douglas Bravo". Son de otra generación, y las cosas han cambiado mucho. La verdad es que yo mismo no sé qué fue de él. Así se estructuraba el lugar común (ojalá que de verdad lo sea y se vaya aclarando): las cosas han cambiado, ya no hay gente dispuesta a morirse por esas ideas, es más, ya no importa que haya habido gente así, la nueva generación no los conoce (¿quién hubiera pronosticado esto en 1962, por ejemplo?) y si los conoce, los repudia (para nosotros eran héroes gigantescos, como los soldados republicanos de la Guerra Civil Española), la generación emergente es muy distinta de la nuestra, ellos no tienen algo que nosotros teníamos (nunca lo conocieron y, por lo tanto, no lo extrañan), nosotros teníamos algo y lo perdimos (puede, entonces, en nuestro caso, hablarse de una crisis). De esta manera el tema marca una separación de generaciones. Hay, pues, que hablar de generaciones.

 
     12. La reflexión sobre las generaciones llegó hasta nosotros bajo el patrocinio (como se dice en la tele) de don José Ortega y Gasset. (Recientemente el historiador don Luis González y González exhumó el método aplicándolo a la historia mexicana.)
      
     13. Cuando hablamos de generaciones hacemos uso de uno de los juguetes más instructivos con que cuenta la mente humana: el que permite jugar el juego de las clasificaciones. El arte de clasificar nos sirve para orientarnos en el mundo: ¿Qué es? ¿Dónde lo ponemos o lo buscamos? ¿A qué se parece? Hay que recordar que sin clasificar no entenderíamos lo que se llama nada, pero también que el enemigo jurado de la clasificación es la arbitrariedad. Así, por ejemplo, Ortega, y con él González y González, dice que las generaciones se dan cada quince años. ¿Por qué? Porque es la distancia entre el maestro y el alumno. Pero la tradición dice que las generaciones se dan cada treinta años, es decir, la distancia entre el padre y el hijo (esto es lo que dice el Magnificat cuando habla de todas las generaciones). En realidad las cosas están así para la generación anterior, los nacidos entre 1940-1969, que va alcanzando la madurez. No quiero detenerme aquí, vamos a volver después sobre esto. Lo que quiero es contrastar este estado de cosas con el que enfrentó la generación anterior, es decir, los abuelos, cuando llegó a la madurez.
 
      1940-1969
     Institucionalismo     versus              Antiimperialismo
     Cosmopolitismo                          Neorrealismo
     Exquisitos                               Revolucionarios
     Nocturnos                               Diurnos
     Paz                                    Revueltas
     Arreola               Huerta
     Elizondo              Rulfo     Fuentes
     Pacheco                      Surrealistas    Monsiváis
     Antiestalinismo                      Revolución Cubana
      
      
     Para cuando la generación anterior, los bisabuelos, llegó a la madurez, las cosas eran, a su vez, muy diferentes.
      1910-1939
     Contrarrevolución     versus     Revolución
     Vanguardismos          Criollismos
     Nocturno               Diurno
     Reyes, Torri,               Vasconcelos,
     Novo, Cuesta,               Martín Luis Guzmán,
     Gorostiza,               los muralistas,
     Soriano, Tamayo          Chávez, Magdaleno,
                         el Indio Fernández
      
      
La generación anterior, los tatarabuelos, vive en conflicto entre modernistas y realistas: Tablada frente a Gamboa, Nervo versus Delgado o Portillo.

¿Qué hacemos? Además, en el continuo de las vidas humanas, ¿cómo aislamos una generación?, ¿cómo se aglutina una generación y se distingue de otra? Arbitrariedad de arbitrariedades, todo es arbitrariedad. Sin embargo, la presencia y aglutinamiento de generaciones es un fenómeno real, real e inquietante. Parece un poco cosa de magia y otro poco cosa de locos, pero es y está ahí. Vamos a ver.
      
     14. Debo estas ideas a mi amigo Francisco Guzmán Burgos, que ha estudiado estas magias clasificatorias con obsesiva y brillante minuciosidad. Guzmán Burgos rechaza los quince años orteguianos en favor de los treinta tradicionales. Lo que aglutina a una generación, dice, es que sus integrantes responden a los mismos condicionantes históricos, a las mismas inquietudes. Su estudio abarca las generaciones mexicanas desde el descubrimiento de América hasta el año 2000 (los clasificadores son ambiciosos, Bossuet y los cronologistas arrancaban de plano desde Adán y Eva), pero, en gracia a la brevedad, me limitaré a las últimas décadas.
      
     15. Arranquemos del presente. Vamos a ir de lo nuevo a lo antiguo, es decir, para atrás en el tiempo. Empecemos con los treinta años que van de 1970 a 2000. En estos años interactúan estas tres generaciones: los muy jóvenes, menores de veinte años, nacidos de 1970 para acá, que todavía no dan color (algunos están todavía en el limbo metafísico de lo posible). Los nacidos entre 1940-1969, que somos casi todos los mexicanos que estamos aquí; ésta es la generación que está llegando a su prime, como se dice en inglés, o a su akmé, como decían los griegos. Más atrás está la generación de nuestros ancestros inmediatos, los nacidos entre 1910-1939, ahí están Paz y Revueltas, Arreola y Huerta, Rulfo, Fuentes y Elizondo, y los más jóvenes, pero de otra generación, como Monsiváis y Pacheco y algunos otros. Más arriba están los bisabuelos, los nacidos entre 1880-1909; si con la generación anterior nosotros tenemos familiaridad mayor o menor, aquéllos empiezan ya a diluirse en la leyenda, son Reyes y Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Salvador Novo, los muralistas y el Indio Fernández, y también Luis Cardoza y Aragón y Rufino Tamayo.
      
     16. De estos últimos ancestros quedan pocos, los matusalémicos, por eso puede decirse que en un momento dado, este día, por ejemplo, tres generaciones conviven, se articulan. Son contemporáneas tres generaciones (llamémoslas abuelos, padres e hijos), son contemporáneas, pero no coetáneas, sólo son coetáneos los miembros de cada generación (que se define por individuos que han vivido en el mismo tiempo y espacio).

 
     17. Ahora bien, cada generación está escindida y vive una rivalidad interna, ésa es su, por decirlo así, dialéctica. Generación quiere decir, también, contienda.
     La generación que despunta, los jóvenes, los hijos, los nacidos entre 1970 y 1999, nace cuando las cosas se presentan así:
      (1970-1999)
     Reconversión industrial             versus     Populismo
     Nocturno                    Diurno
     Metacreacionistas               Hiperrealistas
     Salinas                    Cuauhtémoc
      
      
     17 bis. Nuestra generación (1940-1969) empezó compartiendo la disyuntiva de la generación anterior. Uno de nuestros hechos históricos esenciales es el triunfo y la defensa de la Revolución Cubana. Y a nosotros, que creíamos en eso, nos tocó que el príncipe se convirtiera en sapo, que el encanto terminara, somos propiamente la generación desencantada, así se podría llamar y caracterizar. Lo somos por la Revolución Cubana y la Guerra de Vietnam pero, principalmente, por el 68. El 68 significó la emergencia como protagonista de una generación que apenas está naciendo y que irrumpe y desplaza a la generación madura y a los abuelos. Por eso fue tan raro e intrigante, porque era una alteración profunda de la lógica habitual de la marcha histórica, de la sucesión de generaciones. Era un traslape. 68 fue la cresta de la ola: vino después la desesperación de las guerrillas y luego el desencanto general.
      
     17 bis bis. La generación que sigue hereda el desencanto, pero no lo ha padecido (nunca estuvo ilusionada) y no puede, por tanto, reconocerlo. La generación de los abuelos, cosa rara históricamente, quedó atrás, su tiempo le fue arrebatado y marchó en la retaguardia de las cosas. A nosotros, al parecer, nos sucedió lo que a esos muchachos que son muy brillantes en la prepa, en la adolescencia, tan activos y brillantes que agotan en esa edad y condición todas sus posibilidades y luego no llegan a nada: es una generación de adolescentes perpetuos, de estudiantes perpetuos, de limbo juvenil desencantado. La alternativa actual tiene para nosotros poca sustancia, dice poco y, sobre todo, tiene poco sabor. ¿Cómo comparar esto con el fuerte sabor de los deslumbrantes días del 68 y de antes, cuando en un mundo perfectamente maniqueo lo bueno y lo malo, la luz y la sombra se escindían nítidamente?
      
     18. Las generaciones de los hombres, dice Homero, se suceden como las hojas de los árboles. El acomodo de las imágenes y los juicios en nuestro sistema de orientación es claro, podríamos decir que es obvio. La cosa rara del 68, decimos espontáneamente, lo que la hace tan singular e intrigante, es la intromisión de una generación joven en el rol de una madura y hasta de una provecta. El galancete (como se decía antes en la jerga teatral)  avanza en el escenario con ademanes de primer actor; su voz es todavía trémula y vacilante, pero su empaque, su seguridad son de protagonista. El aprendiz domina por un momento la escena y se hace oficial y maestro. Así da principio la crisis que hemos reseñado.
      
     19. Y, sin embargo, es posible que estemos totalmente equivocados. Probablemente estas generaciones no se caracterizan por esto, ni es esto lo que ha sucedido. (Siempre es saludable usar la duda cartesiana como método.) Como en el cuadro de Magritte, podemos juzgar que es una pipa lo que en verdad no es una pipa, sino nuestra representación de una pipa. Porque el destino ineludible de una generación es gemir esclava de sus representaciones o, mejor dicho, confiar ingenuamente en la infalibilidad de sus representaciones, de sus expectativas y modos de interpretación. Pero no hay ningún fundamento para esta confianza. Nuestra generación puede ver con entera claridad cuánto se equivocaron en sus juicios y expectativas las generaciones de nuestros abuelos y nuestros tatarabuelos. ¿Por qué no vamos a estar equivocados nosotros? ¿Por qué nuestro diagnóstico inmediato no va a ser enteramente lunático?
      
     20. El presente, se dice, no puede entenderse desde el presente. No sabemos dónde queda lo importante, estamos ciegos a las consecuencias. Un hombre, decía Balzac, no puede nunca saber cuáles han sido los hechos y las decisiones verdaderamente cruciales, verdaderamente importantes de su vida.
     Una de las tareas de la literatura es dejar el testimonio de esta bruma, de esta confusa inseguridad (que muy a menudo se presenta como certeza). Y, en este sentido, desde el fondo de nuestro calabozo conceptual podemos formular algunas preguntas. Por ejemplo: ¿Cómo va a abrirse paso la parte diurna de la literatura? ¿Qué visión de una vida completa y justa nos va a proponer? ¿Podrán postularse de nuevo ideales y utopías dignos de ser alcanzados? De no ser así: ¿cómo es un mundo sin horizonte utópico? ¿Qué sucede cuando las únicas banderas son delirios y excesos individuales o un modesto y pardo irla pasando? John Maynard Keynes decía que nuestra época iba a pasar a la historia como la época de la estúpida sobrevaloración de lo que es y puede hacer el dinero. Puede ser. Podría también suceder que lleguen a pasar tales cosas que se piense que nuestra época fue excepcionalmente apacible y feliz (como sucede con el fin de siglo, la llamada Bella Época, abominada, execrada hasta el cansancio por los modernistas, época injusta y bestial que ahora les parece a muchos una especie de paraíso).
     No sabemos. Tal vez lo único que puede hacerse es cubrirnos la cabeza con los brazos y agacharnos hasta que pase la ira de Dios. Malos tiempos, tiempos inciertos y grises, podría decirse. ¿Malos de veras? A lo mejor siempre ha sido así y nos tocaron, según dice Borges, como a todos los hombres, malos tiempos en qué vivir. –

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