Torrente contra Gadafi

Solo en el mundo no fue un gran éxito, y las atrocidades que Hisham Matar contaba, no tuvieron, desgraciadamente, mucho eco. Su lectura ayudaría ahora a los detractores de la intervención armada contra Gadafi a entender la necesidad de acabar con ese régimen de terror.
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Torrente, la gran creación de Santiago Segura, el detective más grumoso de la historia del cine, arrasa en las salas con su Lethal Crisis, mientras el ejército español, junto a otros ejércitos, como el francés y el estadounidense, lucha contra Gadafi en Libia. O, más bien, lucha para que Gadafi deje de bombardear y de asesinar a los libios.

No es nueva esta afición de Gadafi de exterminar a sus súbditos. La ha mostrado siempre, y sin rubor. En la estela de Mao, un líder por el que sintió devoción. La revolución islámica de Gadafi, en la que acabó, además de con muchos de sus enemigos, con todos los instrumentos musicales occidentales y con todos los libros, que ardieron en grandes hogueras por las calles, quiso ser un calco de la revolución cultural china.

Sobre la vida en la Libia de Gadafi hay una estupenda novela del escritor Hisham Matar (1970), Solo en el mundo (Salamandra): cuenta cómo ya en esos lejanos años 70, y no sólo ahora, aunque ahora hayamos deseado verlas más, había personas muriendo por defender la democracia. El padre del protagonista de la novela, un perseguido político, sólo tiene, de hecho, una consigna: “democracia, ahora”.

Hisham Matar cuenta cómo se endureció la política represiva del gobierno libio: la policía secreta espiaba y acosaba a todos los enemigos del régimen; los interrogatorios se emitían por televisión; las masas se enardecían insultando a los traidores que eran juzgados en enormes pabellones deportivos; el nacionalismo y la islamización se imponían; el aislamiento social se extendía sobre todo aquel que podía resultar sospechoso… y todos y en cualquier momento podían convertirse en enemigos de Gadafi. 

Solo en el mundo no fue un gran éxito, y las atrocidades que Hisham Matar contaba, no tuvieron, desgraciadamente, mucho eco. Su lectura ayudaría ahora a los detractores de la intervención armada contra Gadafi a entender la necesidad de acabar con ese régimen de terror, al que las democracias occidentales hemos tolerado muchas pamplinas (aún me duelen los ojos de ver su haima plantada en París o la deferencia con la que fue tratado en Madrid… y sólo hace unos meses). Y, sí, seguramente las hemos tolerado porque Libia tiene grandes reservas de petróleo y de gas… pero es que también creo que los países democráticos tenemos que hacer un gran esfuerzo para resolver de otra manera nuestros tratos económicos con las tiranías.

Es cierto que parece que el ejército aliado no tiene un objetivo final (que debería ser el derrocamiento de Gadafi, para que los libios organicen una democracia), pero, de momento, es urgente que el tirano deje de asesinar impunemente a su población. Un buen final para Gadafi sería el de Torrente en Lethal Crisis: en la cárcel, penando por sus crímenes.

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