Celebrar la vida envuelto en una manta

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Definitivamente parece confirmarse que hemos decidido tentar al diablo. A diario se me habla de "los demasiados libros" y hasta ahora yo iba mirando a otro lado —siempre queda bien ser tolerante—, no queriendo ver ni dramatizar. Pero últimamente el asunto se ha puesto demasiado serio, ya no tiene gracia. Un buen escritor y alma caritativa dijo el otro día que había que dejar en paz a los narradores mediáticos y a los editores cabrones, que hagan y deshagan, que saquen sus cabecitas por la televisión y se hagan famosos y vendan sus bodrios, no molestan tanto, no hacen daño, tienen derecho al negocio, la buena literatura sigue su propio camino. ¿No molestan tanto? El negocio se ha vuelto definitivamente diabólico, se han pasado de la raya los comerciantes y los enemigos de lo literario y la situación ahora es sencillamente alarmante, porque se ha tentado a la figura del Diablo de forma muy arrogante y peligrosa, y la Basura total ya está aquí, totalmente, con una obscena plaga de escritores analfabetos vendiendo sus falsos libros. Ya no quiero mirar a otro lado y dejar jugar a los niños, se acabó la broma.
     Si Blanchot decía que todo artista está ligado a un error con el que mantiene una particular relación de intimidad, hoy puede decirse algo parecido del mundo del libro, que se está hermanando con un obsceno pájaro de la noche final, con un íntimo y escalofriante error que no tardará en ser su perdición. El otro día, al presentar en Barcelona Siete cuentos imposibles, el primer libro de Javier Argüello, advertí de la inminente catástrofe, fui apocalíptico (pero sincero) porque sentí que era mi obligación alarmar a quienes me escuchaban y así, a trancas y barrancas, poder llamar la atención sobre ese primer y excelente libro de un autor joven que se ha atrevido a publicar cuentos y además a hacer literatura: dos cosas que apenas se llevan en un país como España donde sólo interesan las novelas —en un porcentaje altísimo son todas malísimas, de un tiempo a esta parte, tal como dice Fogwill, la novela española contemporánea conoce una verdadera plaga de marquesas, proletarias, amantes y prostitutas que salen cada día de casa a las cinco de la tarde—, un país donde campa a sus anchas un personal nuevo dentro del mundo editorial, una especie de analfabeto integral que es enemigo directo de lo literario y que día a día confirma que Julien Gracq no se equivocó en 1950, cuando profetizó, en La literatura en el estómago, que los enemigos de lo literario comenzaban a hacerse fuertes.
     En estas circunstancias, Argüello se ha atrevido a debutar con un libro de cuentos que, encima, tiene hondas raíces literarias y está conectado nada menos que con el cada día más exótico mundo de los lectores de literatura real. Para presentar este osado libro —que contiene un cuento antológico, "Relato acerca del tiempo, de un viejo cuento, y de la manera extraña que ocurren las cosas"— recurrí a una historia de Joseph Roth que no he podido nunca olvidar desde el remoto día de 1992 en que la leí. Se trata de un breve cuento, "El Leviatán", donde se nos habla de Nissen Piczenik, un comerciante de corales de la pequeña ciudad de Progrody, un hombre que ama los corales auténticos, criaturas del pez original Leviatán; lleva años vendiéndolos y siendo feliz, hasta que de pronto un día se instala en su barrio un vendedor de corales falsos, de corales de celuloide. En un primer momento, Piczenik sólo siente curiosidad por los falsos corales, pero cuando ve que éstos se venden con suma y sorprendente facilidad se siente tentado a mezclar en su negocio corales falsos con los verdaderos. Él cree que por traicionarse un poco a sí mismo no va a suceder nada. Piensa lo que algunos escritores me dicen sobre los numerosos libros falsos que inundan hoy las librerías: "No pasa nada". Pero yo creo que sí que pasa. En el momento en que el comerciante Piczenik mezcla los corales falsos con los verdaderos, no hace más que parecerse a aquellos que renuncian a su vida por un sueño y luego lo traicionan. En el cuento de Roth, presenciamos cómo, al ligarse Piczenik a ese error tan íntimo, el Destino no tarda en volverle la espalda.
     No deberíamos olvidar que a quien comercia con falsos corales el Leviatán le aguarda. Y que quien avisa no es traidor, quedan así avisados los traidores y enemigos de lo literario. He elegido este cuento de Roth, tal vez porque he vuelto a leerlo en los últimos tiempos, ya que son muchos los lectores jóvenes que me comentan que se sienten atraídos por este escritor que, como dice Magris, es sugestivo, pero no excepcional, pero revela la intensidad con que se siente hoy la exigencia de resistirse a la expropiación total que el nihilismo absoluto amenaza —o promete, según sus apologetas— gracias a su valor universal de cambio y a sus intentos de uniformarnos a todos en el ejército de lo idéntico.
     Muchos de los personajes de los cuentos de Argüello recuerdan a los de Roth: seres errantes y obstinados, héroes que moran en la periferia de la vida: seres que, como Odiseo, intentan no ser nadie, a fin de salvar de las garras del poder algo propio, una vida que les pertenezca: poco llamativa, oculta, marginal, pero suya. Uno de los personajes de Argüello, a modo de parábola de su propio destino —ligado a los corales verdaderos— y en lucha por la supervivencia, celebra en Londres la vida envuelto en una manta después de haber atravesado Rusia de la forma más alucinante, al modo en que un niño de nueve años, Yegorushka, atraviesa la inmensa estepa meridional rusa para ir a estudiar lejos de casa en "La estepa", aquel inolvidable cuento de Chejov. –