Confesión austral

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I.
Escucha al Araucano
cómo toca en sus manos
fulgor del agua rota en el tiempo
una brizna desconocida
no era mosquito ni sedosa araña
era quizá un reflejo desvaído
ecotáneo, sofófilo hasta la Mandrágora
Pero cuando la luz quedó de espaldas a los árboles
y caía por las bóvedas de la oquedad
ascendía el túnel del aire
las oscuridades del barro
y en la entrañable tibieza del lodazal espejeante
un ave supo que había
como un amanecer en sus manos
“Za-zen; za-zen” —balbuceaba en
la cripta de la cobra una familia de Sutras
La ciudad sagrada se abría entre
los labios del canto
Pero el escupe-elogios el chillón de los vituperios
se desnudaba de signos entre
el tam-tam de los tambores ensangrentados
y la cobra devoraba los últimos
rayos del sol que moría
al filo de la canción aérea y terrestre
mientras preguntaba el niño “¿ya es hora?”
Había que vendarse los ojos
para sentir llegar el fuego hasta el pecho

 
II.
En 1933, mientras
Gonzalo Rojas leía por primera
vez a Pablo Neruda
la residencia terrestre empezaba
a infectarse hasta la punta de
las olas
En 1933 una mariposa otoñal
se quemaba en el fuego del pecho
de los abuelos acongojados
de tanto perecer
                     gota
a
                              gota
En 33 el turco Plutarco
no miraba a su nieta la precoz trastabillar
la oía tartamudear Cruz / cara
Cara / cora Cora / cruz
En 33 Cantáridas

“Ya casi”, le dijo la Señora
desde la bóveda de su sombra trémula
(eran las 8 y cinco de la
noche en un lugar de la Mocha
de cuyo nombre no quieres
acordarte) ~
 

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