De cómo se abrió el Japón: Conversación con Donald Keene

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En la primavera de 2002 visité el Japón, entre otros motivos, para participar en un homenaje a Octavio Paz en el que también intervinieron dos viejos amigos del poeta mexicano: el embajador Eikichi Hayashiya y el escritor Donald Keene. Con el primero, Paz tradujo varios textos japoneses, y entre ellos Sendas de Oku, de Matsuo Basho. Con el segundo trabó una larga amistad. Llamar escritor a Donald Keene no es inexacto, pero no da idea de su portentosa aventura intelectual. Keene es, sin disputa, la mayor autoridad sobre la historia de la literatura japonesa fuera —y quizá también dentro— del Japón. Ha publicado una treintena de libros (Dawn to the West: Japanese Literature in the Modern Era: Poetry, Drama, Criticism; Modern Japanese Literature, Yoshimasa and the Silver Pavilion: The Creation of the Soul of Japan; Japanese Discovery of Europe, 1720-1830; Bunraku: The Art of the Japanese Puppet Theatre; Five Modern Japanese Novelists, y muchos más, todos importantes y reveladores). Su obra más reciente, la monumental Emperor of Japan: Meiji and his World, 1852-1912, fue un éxito inmediato en Estados Unidos. Su tema es la apertura del Japón a Occidente —precisamente entre 1852 y 1912—, las tensiones entre la tradición y la modernidad, todo ello encarnado en la enigmática figura del emperador Meiji. Su libro es la biografía de una época.
     El poeta Aurelio Asiain, agregado cultural de la Embajada Mexicana en el Japón, conocedor profundo de la literatura japonesa y viejo compañero de travesía en los años de Vuelta, me acompaña a conversar con Keene. El gran scholar vive en un modesto departamento, en una especie de multifamiliar en Tokio, cuyo único lujo visual es la apacible vista de un antiguo jardín. Pequeño de estatura, delicadísimo en su voz y su trato, Keene habla durante dos horas sobre la historia de su país adoptivo con la misma agradecida devoción que cuando llegó como intérprete de las fuerzas de ocupación hace medio siglo. Su conversación, igual que sus libros y traducciones, transmite una visión de claridad y un tono de armonía. Sólida intuición sin arrogancia profesoral, emoción sin sentimentalismo, atención inteligente por la minucia significativa y curiosa. Como un monje zen que recorre el jardín sutil y agreste de la historia japonesa, Keene no deja de sorprenderse del milagroso equilibrio que esa nación —esa isla— logró y logra aún, en resumen, entre su cultura milenaria y los rigores ineludibles de la modernización.

Enrique Krauze: Puesto que yo mismo soy biógrafo, me gustaría preguntarle, en el caso particular del emperador Meiji, qué efecto tuvieron su vida y su biografía en la historia de los cambios que ocurrieron en su época. ¿Hasta qué punto propició él esos cambios? ¿Qué habría sucedido si su padre no hubiese muerto a tan temprana edad?

Donald Keene: Podríamos comenzar en ese punto: ¿Qué habría ocurrido si su padre no hubiese muerto a los treinta y seis años? Su padre se oponía con encono a la apertura, a entablar cualquier relación con Occidente. Estaba convencido de que, si un solo europeo pisaba suelo japonés, los dioses nunca se lo perdonarían y sería un ultraje. Y se opuso por todos los medios imaginables a avenirse con los occidentales. Si hubiera seguido vivo, probablemente no habría podido detenerlo todo, pero habría puesto más obstáculos. Hubo un incidente absurdo sobre el cual insistió: declarar que, a partir de determinada fecha, todos los extranjeros debían ser expulsados del Japón. Y, a tal efecto, las armas en el territorio de Chonshu abrieron fuego sobre los barcos europeos y estadounidenses que cruzaban el estrecho de Shimonoseki. Esto comenzó una pequeña guerra, cuyo resultado fue que los europeos y los estadounidenses destruyeron los fuertes japoneses.
     La importancia de Meiji es de alguna manera negativa: es lo que no hizo, lo que pudo haber hecho y no hizo, y que los monarcas europeos de aquella época estaban haciendo. Lo que hacían el zar de Rusia y el káiser de Alemania era perverso, terrible: estaban dispuestos a sacrificar incontables súbditos en beneficio personal o por simple vanidad. A Meiji esto le era totalmente ajeno. Al margen de sus sentimientos personales, invariablemente se mostraba cortés con todos los extranjeros que conocía. Sabía lo que debía hacer y cómo debía comportarse un soberano, y nunca abusó de su poder. Eso es lo más importante: nunca abusó de su poder. Probablemente no era un intelectual. Se dice que tenía muy buena memoria o que hay ejemplos que ilustran su buena memoria. Nunca olvidaba a una persona que le hubiesen presentado ni jamás olvidaba un rostro, ese tipo de cosas. No que recordara a la perfección sus clases de historia. No era un intelectual, pero sí un hombre decente, y dos fueron siempre sus mayores preocupaciones: la primera, no deshonrarse a los ojos de sus antepasados —no haría nada que trajese vergüenza sobre sí mismo o sobre sus antepasados: esto era en extremo importante. La segunda era que cumpliría con su deber aun cuando le resultara doloroso. Así, por ejemplo, salvo una vez en su primera juventud, nunca salió en el verano ni durante el invierno. Nunca fue a un lugar cálido durante el invierno o a un sitio más fresco en el verano, aunque tenía residencias en todo el país a las que habría podido dirigirse, porque decía: “Los demás habitantes de Tokio no se marchan durante el verano, ¿por qué yo sí?” Ésta fue siempre su actitud. Durante la guerra con China se trasladó a Hiroshima, y allí se quedó, en una casa de madera muy rústica, con una sola habitación para sí, que durante la noche utilizaba como dormitorio y durante el día como oficina, cuando se guardaba la cama. Y cuando la gente le decía: “¿No le gustaría sentirse un poco más cómodo?” Su respuesta era: “No: los soldados en el frente no tienen mosquiteros.” Era realmente un hombre cabal. Sólo de vez en cuando hacía algo que escapa a nuestro entendimiento. Voy a darle el peor ejemplo: le gustaba comer espárragos. Esto por sí mismo es digno de mención, pues fue el primer emperador japonés en comer espárragos.

Los cambios históricos que tuvieron lugar en el Japón de su época, ¿en qué medida fueron resultado de su propio designio, de sus propias ideas?
Es muy difícil responder a esto, pues no queda claro quién escribió realmente algunos de sus edictos o proclamas. La primera proclama importante fue un juramento, de suma importancia, que prestó en cinco artículos. Es la primera vez en la historia del Asia, hasta donde tengo entendido, en que se dijeron estas cosas. Por ejemplo, dijo que, en efecto, debía existir un Parlamento elegido por el pueblo. No especificó quién iba a votar y quién no, pero era la idea de un organismo parlamentario que decidiría sobre las medidas que se habrían de tomar. En segundo término, lo cual me resulta aún más interesante, dijo: “Debemos abolir las antiguas y perniciosas costumbres, y buscar el conocimiento en el resto del mundo.” Primero, en la tradición china, japonesa o coreana, todas las antiguas costumbres eran buenas. No había costumbres perniciosas. Ellos decían: “Por definición, siempre imitamos el pasado; los antepasados eran más inteligentes que nosotros. Continuamos la tradición. Los antecedentes existen pues en el pasado las cosas se hacían mejor; por tanto, nosotros haremos lo mismo, vamos a imitar a nuestros antepasados.” Pero decir que los antecedentes eran perniciosos me parece una declaración extraordinaria. Y, además, buscar el conocimiento en otra parte. En el Asia oriental, el único lugar donde se esperaría que un japonés buscara el conocimiento sería en China, por ejemplo. Volver a los chinos, leer a Confucio y tratar de desentrañar, mejor que antes, lo que realmente dijo. Pero aquí el significado es evidente: es buscar entodo el ancho mundo el conocimiento superior; aceptar —desear y aceptar— todo lo que sea superior de otras partes del mundo, en este caso en Occidente. Y ésa era su actitud, lo haya escrito o no.
     En aquella época Meiji tenía dieciséis años. Tenía quince cuando se convirtió en emperador y esto ocurrió algún tiempo después. Para nosotros era un niño. Para ellos no. Hay un poema suyo que me interesa mucho. Dice algo así: “Mi jardín está lleno de plantas y flores porque importé las semillas de Occidente.” No significa que haya que destruir todas las plantas japonesas, sino que el jardín sería mucho mejor si tuviese plantas de otras partes del mundo.

¿Sabe de otro ejemplo en la historia de una cultura que, como ésta, haya mantenido contacto con el mundo exterior (con China, por supuesto) y luego se haya cerrado? Conozco el de Paraguay y el paraíso de los Cheswick. Hay algo allí, pero tiene más que ver con la utopía cristiana. ¿Se le ocurre algún otro ejemplo?
Corea es un caso similar, pero eso no nos ayuda. Los coreanos fueron mucho más lentos que los japoneses. De hecho, los japoneses reprendían a los coreanos por atrasarse y no alcanzarlos. Pero no se me ocurre ningún país que se cerrara después de saber acerca del resto del mundo. Me imagino que lo que habrá ocurrido muchas veces es que una cultura adopte la de otro país, como los ingleses adoptaron la cultura francesa. Eso sucede. Pero no levantan un muro en torno suyo.

Acerca del debate entre los tradicionalistas y los que querían la apertura, hay algo moderno que resuena en nuestros oídos, pues actualmente el mundo sostiene un debate entre los que quieren, digamos, la globalización y quienes buscan el desarrollo de su propia cultura. Entiendo que se dio una polémica muy rica, que incluso fue violenta en algunas ocasiones. ¿Puede decirme cuáles fueron los motivos por los cuales quienes favorecían la apertura finalmente triunfaron?
Los que favorecían la apertura, hasta cierto punto, le temían a Occidente, temían lo que podía suceder. Si decían que no, ¿qué ocurriría? ¿Serían aplastados en cuanto los otros se percataran de su inferioridad militar? Y al enviar una misión japonesa a Estados Unidos y Europa, en 1873, vieron por primera vez cómo eran las ciudades occidentales. Vieron fábricas donde los obreros producían cientos de objetos en una hora, cuando en Japón una persona hacía uno en el mismo tiempo. Vieron la enorme riqueza que representaban los edificios. En el Japón, la residencia más palaciega no se parecía ni remotamente a la casa de un hombre acomodado de Europa. No les agradaba, preferían la simplicidad; pero entrar a un palacio italiano con pisos de mármol y techos decorados, pinturas al fresco y jarrones con listas de oro debió deslumbrarlos. Comprendieron que no podían enfrentar a Occidente, que debían fortalecerse.
     Había un conflicto entre los que querían conservar el país como estaba, mejorarlo tal vez pero no propiamente modificarlo, y los que veían cómo eran las naciones europeas y sentían miedo y envidia, y querían tener el mismo estilo de vida. Creo que el debate entre estas personas duró mucho tiempo y sólo gradualmente se percataron los japoneses, todos los japoneses, de que tendrían que abrir el país. Incluso en 1880, y más tarde, había japoneses que preferían conceder la extraterritorialidad a abrir el interior del país a los extranjeros.

¿Qué significa la extraterritorialidad?
Hay extraterritorialidad cuando los extranjeros tienen derecho a que sus ciudadanos sean juzgados, no por un tribunal japonés, sino por un tribunal consular. Si un extranjero cometía un crimen, no podía ser juzgado por un tribunal japonés, y la postura de los ingleses fue muy firme. Todos los otros países accedieron. El primer país que dijo: “De acuerdo, ustedes pueden juzgarnos” fue México. Fue el primero en aceptar que los japoneses juzgaran a los ciudadanos mexicanos, sólo que no había mexicanos en el Japón… De cualquier manera, los japoneses le tenían tanto miedo a los extranjeros que muchos de ellos, hasta finales de la década de 1880, pensaban “es mejor tolerar este ultraje, este insulto a los tribunales japoneses, que abrir el interior del país a los extranjeros”. Creían que corromperían todo el territorio, que privarían a los japoneses de sus tierras.

Supongo que, en la propia persona de Meiji, mucho más que en su padre, se conjuntaban elementos tradicionales y elementos a favor de la apertura. ¿Puede dar ejemplos de esa tensión? Lo más sorprendente para mí es el hecho de que parecía tener una relación cercana con su padre, ¿o no fue así?
Su padre lo veía todos los días y juntos escribían poesía, lo cual era importantísimo para un monarca japonés. Todo aristócrata japonés tenía que escribir poesía. Y Meiji no hizo lo mismo con sus hijos. Meiji veía a sus hijos en muy pocas ocasiones y se guiaba por un conjunto muy diferente de principios, que él consideraba confucianos. Por ejemplo: “Es muy malo que un padre mime a sus hijos. Dales demasiado afecto y se echarán a perder.” Era una actitud confuciana que él llevó al extremo. Había leído que muchos regímenes chinos habían sido derrocados por culpa de la influencia de las mujeres. Por lo tanto, él era muy frío con sus hijas. Después de la muerte de once o quince de sus hijos, uno se imaginaría que sería muy feliz y afectuoso con los restantes, pero en una ocasión vio a sus hijas en enero y no volvió a verlas hasta el siguiente diciembre. Iban al palacio, solicitaban verlo y él respondía: “Estoy demasiado ocupado para verlas.” Todos comentaban: “¿Por qué no es más afectuoso con sus hijas?” Pero creo que estaba convencido de que las mujeres eran a menudo la causa de la destrucción de un país, y por lo tanto decía: “Si soy demasiado bueno con mis hijas…”
Meiji tenía razón…
¿Tenía razón? Bueno, creo que se excedió.
 
Acuérdese de Troya.
Sí, es verdad. Ése es un buen ejemplo.
Creo que la complacencia de Meiji hacia Occidente era curiosa. Por ejemplo, probablemente le gustaba la comida japonesa, y en particular prefería la comida de Kyoto y no la de Tokio. Sin embargo, no tenía dificultad en aceptar la comida occidental cuando ofrecía una cena formal con japoneses y, por supuesto, cuando los invitados eran occidentales la comida siempre era occidental. Nunca se quejó. Le gustaba la comida occidental. De acuerdo con el testimonio de un diplomático inglés que compartió una cena con él, comió mucho y no mostró señales de que le disgustara la comida. Le gustaba. Y algunos alimentos occidentales, como el helado y los espárragos, lo volvían loco. Le gustaba el sake, pero le advirtieron que no era bueno para él, así que lo cambió por vino y champaña, y parecían satisfacerlo. Siempre vestía ropas occidentales cuando se dejaba ver. Nunca usó ropas japonesas. A pesar de ello, nunca salió del país. Viajó en extenso, sobre todo cuando era joven, dentro del Japón y, aunque es curioso decir esto, probablemente fue el primer emperador japonés que vio el monte Fuji. Todos los emperadores japoneses anteriores a él habían vivido en la zona aledaña a Kyoto, Nara y sus alrededores; nunca habían llegado tan lejos. No hubo un emperador japonés que haya visto el océano, tal vez en seiscientos o setecientos años. Jamás un emperador japonés había presentado sus respetos en el gran santuario de Ise, nunca. Él fue el primero en ir allí.

Me gustaría escuchar, a manera de bosquejo, los cambios políticos que la monarquía, su Restauración, experimentó en cuanto a la estructura política: los shogunes, los daimios, el ejército, el gabinete. ¿Fueron cambios esenciales?
Fueron esenciales, ciertamente. El grito de guerra de los opositores al shogunado había sido el derrocamiento del shogún y el regreso del emperador al poder. Ése era su reclamo y lo creían, pero no tenían idea de lo que implicaba en realidad. Ningún emperador había gobernado solo desde el siglo XIV, y aquello duró solamente tres años. Estalló una revuelta a los tres años de gobierno del emperador, y antes de eso ningún emperador había gobernado desde, digamos, el siglo xi, de manera que nadie sabía qué implicaba que un emperador gobernara solo.
     Y una vez que al fin se libraron de los shogunes, y el emperador había asumido el mando definitivamente, hizo decir a todos los diplomáticos extranjeros que, a partir de ese momento, tratarían todos sus asuntos con él y con sus subordinados. Pero lo que sucedió fue que trataron de establecer un gobierno sobre las bases de lo que había existido, digamos, en el siglo XII: un gobierno de nobles y personas de alto rango. Esta gente no tenía experiencia política en absoluto, de modo que durante algún tiempo en realidad no hubo gobierno. En tanto daban tumbos en busca de un gobierno, algunos miembros de la clase de los samuráis, que tenían conocimientos de política, comenzaron a pensar cómo debía establecerse un nuevo gobierno. Lo primero era que el emperador sería la figura principal, eso no hace falta decirlo. Pero, por debajo de él, ¿cómo sería el gabinete? ¿Cómo se llamaría el gabinete? ¿Se llamaría gabinete o emplearían una palabra moderna para nombrarlo? El dojo daiji sería el gran ministro central, y luego estarían el ministro de la izquierda, el ministro de la derecha, títulos todos ellos que habían dejado de tener algún significado. Pero ahora restituían el poder político al ministro de la izquierda y al ministro de la derecha y, por supuesto, éstos eran nobles cuyo mayor logro era escribir poesía y practicar algunos deportes. De modo que tenía que darse una evolución del gobierno con la tutela de unas cuantas personas que conocían los gobiernos europeos, que habían leído sobre ellos. Y el progreso fue lento, paso a paso, hasta reunir a un grupo de personas que conformarían el gabinete: algunos nobles, pero otros samuráis, con conocimiento del resto del mundo.
     Así se abrió paso el concepto de un consejo que asesoraría a estas personas, que se beneficiarían de su sabiduría. Aún no se hablaba de elecciones o de un Parlamento, eso no sucedería sino treinta años después. Pero la idea era avanzar en esa dirección.
     Y luego, ¿qué pasaría con el emperador? ¿Seguiría siendo, como hasta entonces, un prisionero dentro de las paredes del palacio? El padre de Meiji salió de las paredes del palacio dos o tres veces en su vida. Una, debido a un incendio, y otra porque tenía que visitar un santuario. La vida del emperador estaba dedicada a las minucias, y de pronto se suponía que debía ser un líder, poseer sabiduría, debía ser alguien que tomara decisiones, que en caso de conflicto supiera qué lado estaba en lo correcto.
     Así, este emperador niño se convierte en la figura principal y tiene que depender del consejo de varias personas bastante versadas en los sucesos de Europa. Akido era uno de ellos, un hombre brillante. Por desgracia, murió muy joven. Pero había varios más como él, que podían guiarlo.
     El siguiente paso sería deshacerse de los daimios. Lo consiguieron aboliendo los territorios y creando prefecturas. La diferencia estriba en que, en una prefectura, alguien que no era el daimio podría ser el oficial en jefe, el gobernador. Y esto sucedió en efecto. En algunos casos el daimio sencillamente se convirtió en el gobernador, pero en otros era alguien totalmente distinto: no era un miembro de la familia del daimio. Y gradualmente los daimios, y los demás, fueron privados de sus derechos. Los samuráis fueron privados de sus estipendios. Durante el antiguo régimen, un samurái recibía cada año cierta cantidad de arroz; y si no necesariamente el arroz, el valor del arroz —se calculaba en términos de arroz. De pronto les informaron que ya no recibirían más arroz; les entregaron una cantidad de dinero y les dijeron que se ganaran la vida. Por supuesto esto provocó ira y desilusión, y creo que se incrementó cuando surgió la idea de tener soldados que no eran miembros de la clase de los samuráis. Soldados que eran conscriptos, hijos de campesinos ordinarios, a los que se les confiarían las armas; y de hecho, ellos combatieron en las primeras batallas del régimen.
     De manera que la transformación política se llevó a cabo gradualmente, y la directriz era una máxima occidental: tener un brazo legislativo, un brazo ejecutivo y un brazo judicial.

Al principio la distinción no era del todo clara, pero ése era el rumbo que tomaron quienes estaban al mando. Y luego la posición del emperador dejó de ser la del monarca secuestrado que nadie veía. Con toda probabilidad, a Kumái, el padre de Meiji, lo vieron cien personas en toda su vida. Nunca apareció ante el pueblo. Cuando hablaba con sus nobles, generalmente se encontraba detrás de un biombo para que no pudieran verlo. Y la mayoría no conocía su rostro. Pero cuando Meiji se convirtió en emperador, decidieron que tenía que familiarizarse con su país, y por eso lo recorrió. Y también el pueblo tendría que acostumbrarse a él. Antes que nada, tendrían que habituarse al hecho de que un emperador tenía un rango más elevado que el daimio; la mayor parte de los agricultores, de los habitantes del campo, no estaban al tanto de que había un emperador, sólo conocían a su propio daimio, a su pequeño emperador. Y no sabían que había alguien por encima de él.
¿Él decidió las dos guerras más importantes?
No, él se opuso a la primera guerra, la principal guerra con China. Cuando le comunicaron que había comenzado, dijo: “No quiero una guerra, deténganla.” Y le replicaron: “No podemos, ya la gente se está trasladando.” Pero él se oponía. Una vez que las tropas se habían movilizado, no pudo hacer nada al respecto. No creo que hayan tomado su parecer siquiera en relación con la guerra de Rusia; él no tuvo nada que ver, no hizo nada para apoyarla.
     Hubo otra guerra, la guerra interna, con Satsumali, el territorio de Saigo Takamori en Kagoshima, el extremo sur del Japón. El líder de los daimios, el personaje principal, Saigo, era un hombre muy popular en el Japón, incluso lo es hoy en día. Se le consideraba un noble benefactor y sociable, interesado sólo en su país, no en sí mismo. Pero hubo una guerra entre sus tropas y las del gobierno. El gobierno ganó esa guerra con soldados campesinos que combatieron a los samuráis que peleaban en el otro bando, lo cual fue una suerte de triunfo para el mundo moderno.

¿De qué manera la religión, o la mentalidad religiosa, ayudó en el proceso de asimilación y apertura? Me parece que existía en el Japón de entonces, en materia religiosa, una suerte de inclusividad, que dista mucho de las religiones que vemos hoy en día.
Siempre hubo dos religiones en el Japón, el budismo y el sintoísmo. A comienzos del régimen de Meiji, el budismo cayó en desgracia, y hasta la fecha la mayor parte de la gente cree en ambas religiones, aun cuando son opuestas o contradictorias. El budismo sostiene que este mundo es un lugar de sufrimiento y esfuerzo, y que lo que hacemos en este mundo nos permitirá ganar el paraíso en el otro. No es distinta la noción cristiana de que, si eres una buena persona, vas al paraíso, y si eres una mala persona te vas al infierno. Pero esto es típico del budismo. El sintoísmo dice que este mundo es un lugar hermoso, un lugar maravilloso, y cuando morimos vamos a un sitio fétido y putrefacto. Así, las dos son completamente diferentes. ¿Y qué hacen los japoneses? Creen en el sintoísmo para este mundo y en el budismo para el otro. Es muy conveniente. Y así es incluso hoy en día. Cuando nace un niño o se celebra una boda, siempre es ante los dioses sintoístas; un funeral se celebra ante Buda, porque los dioses sintoístas no están muy interesados en la muerte. Pero en los primeros años del régimen de Meiji había una intensa oposición al budismo, en parte porque decían: “Es extranjero, vino de la India y de China, no es originario del Japón.” Y entonces eran vehementemente projaponeses, sólo querían lo que era japonés. Meiji, según lo que puedo recordar, tuvo muy poca relación con el budismo.

Dado que, durante tantas generaciones, sus antepasados mantuvieron al Japón aislado del mundo, ¿no había rastros de culpa o preocupación por la manera en la que estaba transformando las costumbres de su país?
Los había, sí; está en lo cierto. A algunos no les gustaba lo que estaba haciendo, y decían que los dioses del sintoísmo no estaban contentos. Por ejemplo, cuando Meiji salió de Kyoto la primera vez para ir a Edo, que no es Tokio, la gente de Tokio trató de detenerlo, y uno de ellos informó que un miembro de su comitiva, uno de sus invitados, se había caído. Esto era una señal de que los dioses no querían que se marchara. Y ocurrieron otros milagros, o lo que parecían milagros. A los dioses no les complacía que Meiji fuese a Edo, o no les agradaban los cambios que estaban ocurriendo en el Japón. En especial, hubo una revuelta memorable en Kumamoto. Había un grupo que se hacía llamar los shimpura; shimpu es otra versión de la palabra kamikaze, “el viento de los dioses”. Se decía que el kamikaze era el viento que los dioses le dieron a los japoneses para destruir la flota china, la flota mongola, que vino en el siglo XIII. Como usted sabe, Kublái Kahn envió esa flota para conquistar el Japón. Y llegaron, pero un tifón repentino destruyó la flota y esto se atribuyó a la intervención de los dioses. La palabra kamikaze ha adquirido otros significados. Durante la Segunda Guerra Mundial, eran los japoneses que estrellaban sus aviones contra los buques estadounidenses. Durante algunos años también se les llamó así a los taxistas.
Los miembros del shimpura en Kumamoto se oponían a las ideas occidentales; se negaron a usar armas occidentales, sólo utilizaban espadas, arcos y flechas. Si tenían que pasar debajo de las líneas del telégrafo, se escudaban de su mala influencia sosteniendo un abanico blanco sobre la cabeza: así se protegían. Obedecían el principio de la lealtad absoluta a los dioses, y actuaban sólo cuando los dioses se lo autorizaban; agitaban piedrecillas dentro de un tubo y entonces “salía” la respuesta, que podía ser “ataquen” o “esperen”, algo así. Esta gente combatía al gobierno y el gobierno tenía armamento. Los arrasaron. Pero si va a Kumamoto, verá las líneas de tumbas: todos tenían menos de veinte años. Esos jóvenes se enfrentaron a las tropas del gobierno porque tenían fe en los antiguos dioses. En ese sentido, Meiji, o el gobierno de Meiji, no le temía a los dioses. Creían que el progreso era más importante que la fidelidad a los dioses.

¿Ha hecho usted uso de la poesía como fuente histórica?
La poesía es lo único que sobrevivió. No de su puño y letra: nada de ese tipo se conserva de su puño y letra. Él escribía un poema y luego se lo entregaba a una dama de la corte célebre por su hermosa caligrafía; ella lo escribía en otra hoja de papel y entonces él destruía el original, porque no le gustaba o no se sentía cómodo con su propia caligrafía. Pero escribió poemas que en ocasiones hacen referencia a cosas como la que mencioné: lo hacía feliz que en su jardín hubiese plantas de países extranjeros que lo hicieran florecer. Hay cosas como ésa. Pero muy pocas que digan: “No soporto a Fulano” o “Leí que ha sucedido tal o cual cosa”. Todo lo que tenemos es indirecto, por ejemplo…

Testigos.
Testigos. Cuando viajaba en tren y pasaba por Osaka, se emocionaba muchísimo. Le encantaba porque había numerosas chimeneas de las que salía humo. Decía: “Ésta es la ciudad del humo.” Para nosotros, el humo es perjudicial; es malo para la salud, pero para él implicaba progreso. Y le fascinaba ver el humo negro que salía de las chimeneas.

Por cierto, las palabras progreso, retroceso, ¿eran los términos que se empleaban en el lenguaje político?
No, conocían esos términos, pero me parece que habrían utilizado la palabra ilustración, no progreso.

La actitud hacia los otros países (China, Corea, Rusia, Estados Unidos, Inglaterra) era de simpatías y antipatías. Había buenos extranjeros y malos extranjeros. ¿Cuáles son los ecos de esa actitud en nuestra época?
Creo que, en lo que respecta al Asia, durante muchos siglos los japoneses consideraron a China y Corea países superiores, pues habían aprendido mucho del continente. Pero después de la apertura del Japón, los japoneses comenzaron a despreciarlos. Menospreciaban a Corea en especial, porque tardaba más en abrirse y en modernizarse, y los japoneses que habían visitado Corea informaban que el país estaba desorganizado, era ineficiente, corrupto. También despreciaban a los chinos, sobre todo después de la guerra sino-japonesa de 1895-1896. Los chinos habían aceptado voluntariamente que los hicieran prisioneros. Habían huido durante los combates. Fue muy fácil conquistarlos. Cuando comenzó la guerra entre China y Japón en 1895, casi todos los periodistas occidentales dijeron que “los japoneses podrán obtener una victoria o dos, pero en poco tiempo veremos que China, este país inmenso y poderoso, vencerá a los japoneses”. Los japoneses ganaron toda la guerra, no hubo una sola victoria china. De manera que despreciaban a los chinos.
     En lo que respecta a los países europeos, los occidentales, creo que tenían una actitud cordial con todos excepto, tal vez, con Rusia. Los rusos les inspiraban temor. Esto se volvió cada vez más un miedo porque los rusos eran el único país cercano. Siberia, las provincias marítimas de Siberia, estaban muy cerca. Cuando el zárevich, el futuro Nicolás II, vino a Japón, un policía japonés le pegó, le dio un golpe con la espada. Los japoneses estaban aterrorizados, creían que esto desataría una guerra con Rusia. Los japoneses tenían mucho miedo. Hay fotografías que muestran los obsequios que le dieron para hacerle olvidar el ataque que había sufrido. Su barco estaba repleto de arte japonés, pantallas, comida, de todo; tanto miedo le tenían los japoneses a los rusos. Creo que el sentimiento aún perdura; los japoneses siguen teniéndole miedo a los rusos.

¿Y Estados Unidos?
Estados Unidos es el más complicado de todos. Oscila de un lado al otro. En esta época prevalece la oposición a Estados Unidos, porque a los japoneses no les gusta su postura belicista. No conozco a un solo japonés al que le agrade la idea del ataque a Iraq. Y durante la guerra de Vietnam no conocí a un solo japonés que dijera que le parecía que los estadounidenses hacían lo correcto.

¿Qué puede decirme sobre la legendaria crueldad de los japoneses? —que no sólo fue leyenda: hubo crueldades. ¿Podría hablar del trato que dieron los japoneses a los chinos durante la última guerra sino-japonesa? Recuerdo cómo me impresionaron las escenas de 1937. ¿Aquello fue algo característico o sólo gajes de la guerra?
Es muy difícil saberlo. Los periodistas europeos fueron testigos oculares de los actos de los japoneses durante la segunda guerra sino-japonesa, y no hay duda de que ocurrieron. Actualmente también los japoneses los han aceptado… Es decir, se han publicado libros donde se describen todos esos horrores, de modo que los japoneses están muy conscientes del hecho. Pero supongo que se podría decir que lo primero que vieron los japoneses, en el lugar donde ocurrieron las mayores crueldades, fue a los soldados japoneses que los chinos habían matado y mutilado, así que esto pudo haberlos llevado a desviarse de sus actividades normales para buscar venganza. Pero eso no disculpa lo que hicieron, que fue espantoso.
Hay narraciones, japonesas incluso, en las que se describe la brutalidad de los japoneses con los chinos que habían sido capturados, o con las mujeres y los niños que encontraban. Y esto es algo que no puedo responder. Yo mismo no lo entiendo, porque los japoneses, si los conoce actualmente, son las personas menos violentas, menos agresivas que hay. Hasta hace poco tiempo, el crimen casi no existía en este país. Aún ahora puede caminar por la calle a las tres de la mañana sin sentirse tenso, sin preocuparse por alguien que viene…
 
Sé que Octavio Paz le mencionó que Tanizaki era su autor preferido. La razón es que escribía justamente sobre esta tensión entre tradición y modernidad.
Sí, es verdad. Que Octavio lo haya percibido y que lo haya preferido demuestra que sabía qué era la literatura, pues muchas personas, muchos japoneses (cuando vine a vivir a Japón, en la década de los cincuenta) habrían sostenido que Tanizaki era un buen narrador sin ideas, que no tenía un pensamiento original ni aspiraciones intelectuales. Me parece que no lo decían, pero sí lo escribían. Ahora la mayoría de los japoneses diría que fue su mejor escritor del siglo XX.
El escritor favorito, el escritor japonés más respetado entre los japoneses, sería en ese entonces Natume, Natume Soseki, que sin duda fue un escritor muy notable, pero que escribía sobre la angustia de la vida de los japoneses del siglo XX. Tanizaki, por otra parte, escribió acerca de lo divertido que era vivir en el siglo XX, de todas sus maravillosas posibilidades. Bueno, eso es una exageración, pero creo que Tanizaki no da la impresión de haber vivido una angustia constante, de haberse preocupado siempre por el destino de los japoneses o por lo que significaba ser japonés. No creo que eso le importara. Le interesaban las relaciones con las personas; cómo vivía, cómo le gustaría vivir, cómo le habría gustado haber vivido.

¿Cuál es el lugar que ocupa la literatura en ese mundo político? Leí en su libro muchas frases como: “Y entonces escribió esta tanka…”
En el caso de un noble, un miembro de la corte, no sólo el emperador sino todos los cortesanos, escribir un poema en la rigurosa forma de una tanka, un poema de 31 sílabas, habría sido la manera normal de expresarse. La mayor parte de las tankas eran sobre la naturaleza: “Hoy es el primer día de la primavera, la niebla cubre las montañas y el hielo ha comenzado a derretirse en los arroyos.” Así, de una estación a la otra. Pero también había otro tipo de tanka en la que se deploraba alguna situación. Nunca con un lenguaje directo, pues en 31 sílabas no se puede decir mucho, sólo puede sugerirse, se puede insinuar pero no decirse explícitamente, ya no se diga lamentarse. Pero ésta era la forma de expresión admitida y era casi la única forma de expresión en el idioma japonés. Algunas personas, en especial de la clase de los samuráis, habrían escrito en chino, que en ese entonces cumplía la misma función que el latín en Europa. Era un idioma culto que nadie hablaba, pero que los muy educados podían leer y escribir. Ésta era la función del chino clásico para los japoneses. Y cuando escribían en chino clásico, por supuesto que podían tratar en extenso el abuso del gobierno, el abuso de la sociedad. Pero cuando se trataba de asuntos del corazón, de los sentimientos, de las cosas que los conmovían hondamente, escribían en japonés, no en chino, porque el chino era un idioma extranjero.
     De manera que, para los japoneses de aquella época, escribir un poema era normal. E incluso ahora esta usanza persiste, en menor escala. Cuando dicto una conferencia, suelo preparar un poema con antelación, para que, cuando termine y la gente se me acerque con una hoja de papel y me pida escribir algo, yo tenga listo un breve y tedioso poema.

¿A su juicio qué sobrevive del Japón eterno, del Japón anterior a la apertura a Occidente?
Hay muchas maneras de verlo. Depende de qué clase se trate. Para la clase más baja de la sociedad, tal como era entonces, los cambios han sido enormes. Ahora sólo hay cien mil personas en Japón que viven de la agricultura. Cien mil personas en una población de cien millones. Y la mayoría son labradores de medio tiempo; ahora tienen maquinaria que se encarga de la siembra y la cosecha; trabajan en una fábrica en el pueblo y van en automóvil a los campos. Por lo tanto, su vida se ha transformado enormemente. Ahora no son muy distintos de los habitantes de la ciudad.
     Cuando llegué a vivir a Japón en los años cincuenta eso no era así, y por la ropa que la gente vestía se podía saber si venían del campo o de la ciudad. Pero ya no es posible distinguirlos. Todos visten a la moda. En cualquier pueblo de Japón hay una tienda de ropa con accesorios de moda, y en la aldea más pequeña encontrará un salón de belleza donde las mujeres pueden hacerse un rizado permanente. En cuanto a la clase alta, su estilo de vida ha cambiado mucho menos. Es menos artístico, menos dedicado a las distracciones del pasado, pero todavía viven en sitios cómodos, tienen amigos, un selecto grupo de personas con las que suelen relacionarse. Si pierden su dinero por algún motivo, pueden cambiar su estilo de vida y permitir que su hija se case con un hombre acaudalado con malos antecedentes: no tienen opción.
     Pero creo que, para los japoneses en su conjunto, los cambios han sido tan enormes que es difícil calcularlos. Por ejemplo, este estilo de vida, vivir en un apartamento como yo. Antes de 1965 o 1966, en todo Tokio había tal vez cinco edificios como éste. Todos los que usted ve fueron construidos a partir de los años sesenta. Cuando comenzó la guerra entre China y Japón, todos los habitantes de Tokio tenían una casa, pequeña, pero una casa. Vivían en la pobreza, con pocos aparatos eléctricos. Hoy en día todos tienen aparatos eléctricos. Cuando le digo a la gente que no tengo… ¿cómo se llama eso? Para calentar cosas…

Un microondas.
Un microondas. No tengo microondas. “¿Cómo puedes vivir sin microondas?” Si va a comprar comida en una tienda departamental, está pensada para la gente que tiene microondas. Ese tipo de cosas han cambiado. Las mujeres solían pasar la mayor parte de su tiempo literalmente en la cocina, en la cocina o lavando la ropa, casi sin tiempo para ellas. Ahora, si usted va al teatro en Tokio, casi todo el público es femenino. Ahora tienen tanto tiempo libre que pueden ir al teatro, al cine, jugar tenis, hacer de todo, toda su vida se ha transformado. Si su pregunta es, ¿han cambiado psicológicamente?, probablemente la respuesta es que no. Pero en su estilo de vida externo han cambiado totalmente. No conozco la psicología de los jóvenes, es posible que haya cambiado, pero creo que actualmente en el Japón la gente todavía siente, digamos, que deben ser buenos con sus padres, que tienen que cuidarlos. Hasta cierto punto podrán hacer lo que sea para enfadarlos, pelean con ellos, pero luego se dan cuenta de que ésa es su responsabilidad, después de todo. Y cuando en Japón se sabe que una persona mayor vive sola, de inmediato provoca compasión. En Nueva York debe haber un millón de ancianos que viven solos.

Los grandes sinólogos que recuerdo no vivían en China, o los especialistas en la India no vivían en la India. Su caso me parece excepcional por el mero hecho de dedicarse al conocimiento del Japón. Pero vivir aquí… ¿Cuál es la respuesta? ¿Dónde están las raíces de su afición por el Japón?
Antes que nada, cuando llegué a Japón por primera vez, en 1953 (ya había estado aquí una semana después de la guerra, pero realmente me establecí en 1953), los japoneses me trataron con la mayor cortesía posible. En algunas ocasiones esa gentileza me irritaba, me sentía decepcionado, por ejemplo, cuando la gente se preocupaba de si podía o no comer comida japonesa, e insistían en darme comida occidental, que yo no quería. Esa gentileza no me daba ningún placer. Pero era cortesía, no malicia; no trataban de hacerme sentir a disgusto. Los japoneses han sido realmente maravillosos y gentiles, así que me siento en casa. Y mi naturaleza no es agresiva: no me agrada discutir con las personas, no me interesa hacer hincapié en mis derechos. Aquí es mucho más sencillo que, digamos, en Nueva York. Cuando voy a Nueva York cada año, es sólo para chocar. Lo primero que hago, comprar un periódico, da lugar a una crisis. No sé cuánto cuesta un periódico, y el vendedor adopta una actitud desafiante: “¿Qué está esperando? ¿Qué le pasa?” En el Japón la gente le da las gracias cuando usted compra algo, siempre, sin excepción. Incluso si no compra nada, alguien le dará las gracias. O cuando va a un restaurante le dan la bienvenida, le agradecen, intentan hacerlo sentir contento de estar allí. Esto me viene muy bien. Pero, conflictos aparte, tengo una suerte de amor infantil por aprender, sigo aprendiendo: aprendo cosas que no son necesariamente importantes, sólo disfruto discernir algo más acerca del Japón. Y éste es el único lugar donde puedo tener la experiencia de averiguar cuál es el color adecuado de las flores para regalar a determinada persona. ~