Doble moralidad

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Del abatimiento a la euforia. En junio, el cine mexicano se sacó al fin la espina que ya dolía en la llaga del fracaso en taquilla. Con una comedia clasemediera de infidelidades, El segundo aire (Fernando Sariñana) y una provocación elevada a categoría de escándalo político forzado, Y tu mamá también (Alfonso Cuarón), no sólo volvió a las butacas ese sistemático tránsfuga que es el público, sino que, con esta última, se consiguió un taquillazo que superó, en un mes, los ingresos en taquilla de Amores perros en toda su temporada. A su sombra, una digna tragedia urbana, Perfume de violetas (Maryse Sistach), sin mucho con qué atraer a la gente, ha conseguido mantenerse en cartelera y, lo más importante, presentarse como el contrapunto fílmico y moral de sus dos espectaculares rivales, sobre todo la cinta de Cuarón.
     A Y tu mamá también le ha perjudicado lo mismo que le quiso beneficiar, el cálculo mercantil disfrazado de causa política. Primero, se consiguió la curiosidad ante el escándalo (¿por qué no quiere el gobierno que la vean los adolescentes?). Más allá de las absurdas causas que el productor, el hábil empresario de productos domésticos Jorge Vergara, y Cuarón enarbolaron para inventar un caso de censura y represión política donde sólo había un rutinario trámite por cuenta de la Dirección de Cinematografía (asignarle la clasificación C a una película infestada de palabras altisonantes, desnudos masculinos frontales, masturbación ante la cámara), su enganche con el público lo consigue con recursos penosos en un cineasta con un mínimo de ambición expresiva, como el gag flatulento.
     En aras del éxito financiero, Cuarón sacrificó su película a la gloria más estúpida, destacar como atributo la imbecilidad de sus personajes protagónicos, los preparatorianos Tenoch Iturbide (Diego Luna) y Julio Zapata (Gael García Bernal). Las gracejadas de director y guionista (su hermano Carlos) van hasta los apellidos de los personajes: el rico es Iturbide, el pobre, Zapata y la española Cortés. Imposible que sobreviviera así su mejor propuesta, la de usar una anécdota banal (un reventón sexoso de dos chavitos con una española despechada) para mostrar las trastiendas que se ocultan tras toda narrativa, aquí desviándose en apuntes iluminadores: los guaruras comiendo incómodamente su mole en la boda, el departamento vacío, el recorrido por las otras habitaciones de la fonda oaxaqueña o la voz en off contando historias que pasaron o no mientras el trío hace sus cosas. Pero Cuarón no pudo tampoco lidiar del todo con sus astucias narrativas: la voz en off, por ejemplo, termina contando cosas más interesantes que la película que estamos viendo pero termina abrumándola, atravesándose en el ritmo hasta fastidiar y dejarle la última palabra en un final forzadamente melancólico. Sus moralejas terminan traicionando sus hipótesis: la celebración de la sexualidad remata en un golpe tanático: María Luisa Cortés (Maribel Verdú) aceptó el reventón porque sabe que va a morir; la amistad de Tenoch y Julio no sobrevive a su escarceo homosexual. Es una doble moral que, por definición, nunca llega a un límite. Aun el registro del cambio de partidos gobernantes se dice sin dar nombres, como en el más tibio cine político echeverrista.
     Un abismo en relación con Perfume de violetas, una aproximación descarnada a la precariedad sentimental de las estudiantes de secundaria Yésica (Ximena Ayala) y Miriam (Nancy Gutiérrez), cuya amistad corre por vías diferentes: Miriam recibe a la hostil Yésica con fascinación generosa; ésta acude a aquélla por necesidad de supervivencia. Maryse Sistach consigue que un barrio muy específico de la Ciudad de México, Santo Domingo del Pedregal, sea una encerrona claustrofóbica, un laberinto de callejones recorridos por el microbús donde se perpetran las repetidas violaciones a Yésica. El microbús, personaje privilegiado del infierno urbano real, tiene aquí la contundencia dramática ominosa del camión rojo de El lugar sin límites (1976, Ripstein). Pero también se consigue evitar todo alegato edificante: no existe la familia funcional, sino una relación afectuosa de la madre soltera (Arcelia Ramírez) hacia Miriam y una desesperación física de la madre de Yésica (María Rojo) por retener a su nuevo marido con su hijo, aunque tenga que pasar encima de su hija.
     Pero la película es Yésica y la impactante actuación de Ximena Ayala: Sistach y el guionista José Buil la visten con los atributos del Jaibo de Los olvidados sin los titubeos morales de Buñuel. Expulsada de su anterior escuela por golpear a la prefecta, es un rencor vivo que no morderá el polvo al final: deja sus calzones ensangrentados en el baño de Miriam y le roba unos limpios; es capaz de traicionar y abandonar en la estacada a su amiga. No teme a su violador y a su cómplice, su hermanastro (Luis Fernando Peña): los odia y les desea la muerte, es una pesadilla frágil, a la que traiciona en su dureza orinarse en la cama. Y como su personaje, la película no se cuartea más que en esas miradas solidarias a sus desolados personajes instalados en un callejón sin salida que no tiene fin. –

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