Dos novelas soberbias

AÑADIR A FAVORITOS

Anónimo, ¡Ando ganoso, agarra mi sexo!, México, Editorial Estrella, 2004 (Colección “Para llegar al clímax”).


Anónimo: Las fuerzas oscuras contra Andrés Manuel López Obrador, México, Corporación Mexicana de Impresión, 2004, (Colección “Historias de la ciudad”).

 
     Las dos novelas que comentamos no podrían ser más distintas, una erótica y la otra política, ambas populares, ricamente ilustradas, con tirajes millonarios y de autor anónimo. (Que ambas sean de autor anónimo refleja la encomiable obliteración del narrante para privilegiar lo narrable, extrayéndolo del mercadeo de la celebridad, para generar así una narratividad comunitaria disuelta en el imaginario social: si el autor es nadie, todos somos autor.)
     ¡Ando ganoso, agarra mi sexo! está redactada en el tono confesional propio del género. Desde su primera línea (“Mi nombre es Sergio y me gusta mucho coger”) entramos a una atmósfera intensa, monotemática pero flexible, obsesiva pero sorpresiva. La historia es la de Sergio Pérez, fortachón notario público, quien desde el principio revela que su frenesí sexual tiene un sedimento de angustia. (“La calentura muchas veces necesita de otras cositas para poder sofocarse”, dice su monólogo inicial.)
     Mas si es la tenaz testosterona de Sergio la que desata y actúa las peripecias del relato, la narrativa interna es un magistral equilibrio entre la fragilidad interior y la sólo aparente firmeza del protagonista. Su conflicto aporta una imagen árida de lo que sucede cuando las represiones culturales y psicológicas producen una fisura entre el yo interno y el externo, como queda en evidencia cuando el protagonista repite desoladamente esos trenos de deseo y angst en un vivaracho castellano (“Cada noche, fuera de control, buscaba con ansiedad a quién meterle la verga.”)
     Ese “quién” será Yazmín Robles, incauta heredera, virgen ingenua de formas pimpantes convencida por el notario de que, para cobrar su herencia, su difunta tía puso como condición que se entregase al notario. De pudor resistente, Yazmín claudica en un resignado monólogo (“¡Pues órale!”). Un personaje complejo cuyo mejor retrato es el que aporta el fino estudioso de la femineidad que hay en el autor: “Era una hembra caliente.”
     En un lenguaje esmerado, soberbia mezcla de aire callejero y musical audacia (“¡Si de aquí a mañana no me das nalga, el dinero irá a un orfanato!”); con una trama muy original y una sutil reflexión crítica que no impone al lector pedagogía impertinente, el autor ha guisado en ¡Ando ganoso, agarra mi sexo! un plato notable que replantea la feliz graduación de la sexualidad moderna a la plena realización que auguraron Fourier o Lawrence. Enhorabuena.
     Por su parte, Las fuerzas oscuras contra Andrés Manuel López Obrador es la cuarta entrega de la saga “Historias de la ciudad”, la versión mexicana de La Comédie humaine. Una vez más, el protagonista es Pueblo, muchacho honesto y laborioso, símbolo de una clase social maltratada por la historia —como las turbas mineras de Germinal de Zolá— que tiene esperanza de convertirse pronto en siniestra burguesía —a la manera de Nana de Zolá— gracias a los planes de su paladín, López Obrador.
     La “esperanza” —la suma de discursos propositivos que tienen a Pueblo como motor y destino del poder— se topa con obstáculos muy desagradables: unos ricos fastuosos —al estilo de À la recherche du temps perdu— complotan para asesinar su esperanza. La novela narra un día normal en la vida de Pueblo. En charla con su jefe de célula don Joaquín —comisario ideológico, morenazo intelectual (anteojos y bigotito), con algo del Luis Cervantes de Azuela (cree en Los de abajo) y algo de Goebbels (manipula fácilmente a Pueblo)— discurre sobre temas de ganadería, psiquiatría y economía (“O sea, hay que tomar el toro por los cuernos y no hacernos los locos mientras nos despluman aquí y los extranjeros nos ganan todos los mercados”). En eso se aparece un horroroso tiburón negro con capucha del Ku-Klux-Klan. “¡Ay nanita! ¿Qué es eso Don Joaquín?”, pregunta Pueblo, a lo que don Joaquín responde sabiamente: “Un monstruo”…
     El monstruo son las fuerzas oscuras a que alude el título, las que, decididas a acabar con “la imagen de honestidad valiente” del Jefe de Gobierno, traman “secuestrar a la ley y a la justicia y torcerlas”, como dice el narrador en una de las escasas ocasiones en que echa mano de vocabulario técnico. Como es natural, Pueblo se asusta mucho, creando así la zona psicológica más emotiva y deslumbrante del relato. Contra ese miedo que se agazapa en su conciencia, sin embargo, don Joaquín tiene dos remedios brillantes: explicarle que “el Jefe de Gobierno es el que más trabaja, va a ganar, ya verás” y ofrecerle “un té de tila” mientras le dice: “Todo va a salir bien.”
     Entre lo íntimo y lo público, entre la cama y la silla, ambas novelas, al narrar el mundo “tal cual es” —diría Balzac, su modelo—, ponen en evidencia la vigorosa creatividad de la narrativa mexicana actual y la entusiasta acogida que les ha dado el público lector. Ésta sí es una esperanza cumplida. –