El burro de Buridán

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Quiero sumarme al festejo por los setenta años de Zaid con un breve comentario, o mejor una derivación, ojalá imprevista, a las consideraciones que Gabriel ha venido formulando acerca de los mediocres.
     Esta derivación no la discurrí yo mismo, sino la encontré al inicio del canto tercero de la Comedia de Dante. Es así. Antes de entrar propiamente al infierno, Dante descubre un grupo de almas dolientes e interroga acerca de su identidad y trabajos. Virgilio responde que son aquellos que vivieron “sin loa y sin infamia” y andan mezclados al perverso “coro de ángeles ni rebeldes ni leales al Señor, sólo atentos a ellos mismos”. Son los indiferentes, a los que, no sólo el cielo, sino el infierno mismo, rechazan. Y al ser repudiados, esos infelices quedan varados en una indeterminación, envidiosos de cualquier destino. Virgilio formula entonces la famosa frase de desdén: non ragioniam di lor, ma guarda e passa (no hablemos de ellos, pero mira y pasa).
     No sé por qué Dante se muestra tan duro con los indiferentes. Me encantaría tratar de averiguarlo, pero a lo que voy es a que hay relación entre indiferencia y mediocridad. El indiferente no es hábil para distinguir una cosa de otra, por eso todo “le da lo mismo”, y por eso también tiene incapacidad de desear. El mediocre es mediocre porque, del mismo modo, no puede desear con pasión nada y eso indica, de nuevo, incapacidad de percibir distinciones. Como dice Gibbon, de no me acuerdo cuál personaje, “como no tenía pasiones, era muy tonto”, o muy mediocre, porque la mediocridad brota, en general, de la falta de pasión. Mediocre es no sólo el que no tiene gran habilidad para nada, sino aquel al que nada indigna, nada enfurece, nada atrae con fuerza terca, emotiva, intelectual o aun concupiscente (quien es capaz de vivir un amor erótico grande y apasionado, no puede ser mediocre).
     La condición de indiferente admite grados. El personaje extremo, detenido en indiferencia generalizada, puede ser muy fascinante. Sería una especie de fantasma, o uno de esos seres cansados, desapegados, “de vuelta de todo”, como se decía, incapaces de hallar el sentido de nada, predilectos de los existencialistas (aunque no sólo: Cortázar jugó un poco con eso en Rayuela, por ejemplo), sobre todo en versión arreligiosa y atea (el protagonista de El extranjero de Camus alcanza tal estado de completa indiferencia que asesina sin motivo alguno). Los indiferentes servían a la literatura existencialista para mostrar que la existencia de suyo no tiene sentido alguno y que cada humano debe hallarle o atribuirle un sentido desde su perspectiva y situación particulares. De los indiferentes radicales del existencialismo no podemos decir que sean mediocres debido, principalmente, a su extremosa y radical disposición.
     Ahora, la indiferencia, discutían los medievales, tiene límites. Por ejemplo, se discutió si la indiferencia absoluta era posible. Caso ilustrado en la famosa alegoría El burro de Buridán del escolástico Jean Buridán (1300-1358), aristotélico, discípulo de Ockham, la cual plantea el caso de un burro situado entre dos haces de paja. Como los haces son exactamente iguales, el burro no puede decidirse por ninguno de los dos y queda ahí indeciso hasta morir de hambre.
     El caso es mucho más frecuente de lo que se cree. Cuando no hay elementos para decidir racionalmente, lo único que queda es algo que no se le ocurrió al burro: echar un volado. Mucha gente pierde su tiempo tratando de decidir racionalmente donde no hay espacio para hacerlo. Donde no hay ese espacio, sólo queda dejarlo todo en manos del azar.
     Leibniz podría haber resuelto el problema del burro negando la posibilidad de indiferencia absoluta: si dos cosas no pudieran distinguirse, serían la misma cosa (o, bueno, ¿cómo sabemos que son dos cosas y no una sola, si no pueden distinguirse?) –

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