El pecado original

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Dicen Karl Rahner y Herbert Vorgrimler en su Diccionario teológico que el relato bíblico del pecado original lo describe "fundamentalmente, como desobediencia y soberbia. Puede admitirse que todo lo demás es un revestimiento sencillo y popular".
Sin embargo, hay poco de sencillo y popular en un árbol abstracto, de efectos abstractos. Lo verdaderamente sencillo y popular es suponer que era un manzano, y que Eva, al comer la manzana y ofrecérsela a Adán, lo invitaba a pecar. Pero esta reducción a lo concreto no está en el relato, que se refiere al "árbol de la ciencia del bien y del mal", "el fruto del árbol que está en medio del jardín", el "árbol del que te prohibí comer", todo en abstracto, a diferencia de lo que sigue: las hojas de higuera con las que se pusieron a coser unos taparrabos, para cubrir lo que antes no les daba vergüenza, ni era pecado.
     Los efectos de comer el fruto prohibido están descritos también abstractamente: "se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal", "era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría", "se les abrieron a entrambos los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos".
     ¿Qué árbol puede ser éste? Hay que descartar el manzano. También las plantas alucinógenas, porque no les sirvieron para viajar al paraíso, donde ya estaban, sino para caer a la tierra. Por otra parte, si la higuera es mencionada concretamente, ¿hay razón para eludir el nombre de cualquier otra especie? Más bien parece que el relato quiere ser abstracto, para indicar que la especie no importa. Una posibilidad: se trata de un árbol cualquiera, elegido arbitrariamente para establecer un límite al paraíso, algo que marque la finitud del hombre frente a Dios y ponga a prueba la voluntad humana frente a la divina. Según esta hipótesis, la rebeldía era apetecible y sabrosa como autoafirmación.
     Otra posibilidad, que no excluye la anterior, es que el relato sea contracultural: esté revestido de una crítica del progreso, como los grandes relatos sobre Pandora y Prometeo. El árbol del saber que iguala al hombre con Dios es el árbol plantado por el hombre, en medio de los árboles plantados por Dios. El pecado original es la agricultura. En vez de atenerse a la providencia divina, como las tribus cazadoras y recolectoras, el hombre siembra, se vuelve autoprovidente, y en el pecado lleva la penitencia: se condena a trabajar y a ganarse el pan con el sudor de su frente.
     La domesticación del fuego, de los animales y de las plantas fueron grandes progresos de la especie humana, celebrados y criticados en la literatura prehistórica: los mitos. Para Claude Lévi-Strauss, la oposición entre Le cru et le cuit aparece en los mitos como la oposición entre la naturaleza (lo crudo) y la cultura (lo cocido). Las tribus que no saben hacer fuego y cocinar comen crudo, como los animales: se quedan en el estado natural. La conciencia de este progreso está documentada en los abundantes Myths of the Origin of Fire, clasificados por James George Frazer. Prometeo, como Adán y Eva, se enfrenta a la voluntad divina y roba el fuego del cielo, por lo cual es castigado. El sol y el rayo, que producían incendios naturales, fueron domesticados en el fuego de la cocina: lo cual fue visto como un progreso que rebasaba el orden natural, pero también como desmesura, digna de castigo.
     La cocina favoreció la división del trabajo entre hombres y mujeres, y por esto fueron las mujeres las inventoras de la agricultura. Se supone que observaron cómo germinaban las semillas de los desechos culinarios y que de ahí pasaron a sembrar deliberadamente. Según esto, Eva, progresista agricultora, le ofrece a Adán, tradicional recolector, los frutos del know-how: ¿Para qué sales a buscar lo que tienes en casa?
     La producción agrícola por hectárea es muchas veces mayor que la recolección de frutos silvestres por hectárea. Antes de la agricultura, el planeta no podía sostener más que a unos cuantos millones de habitantes. Pero la escasa población disponía de muchos kilómetros cuadrados de jardín para cada tribu, y no tenía que trabajar. Marshall Sahlins recopila información asombrosa en Stone Age Economics sobre esta economía, que identifica con la Edad de Oro, guardada en la memoria de la humanidad. Por ejemplo, en Los trabajos y los días de Hesíodo: "vivían como dioses, dotados de un espíritu tranquilo. No conocían el trabajo", "Poseían todos los bienes; la tierra fértil producía por sí sola en abundancia". El mismo Hesíodo cuenta cómo todo esto fue arruinado por la primera mujer, creada por los dioses: Pandora.
     Algunos asocian a Pandora con el origen de la agricultura. Otros han señalado su paralelismo con Eva. Pero la atención se ha desviado a la acusación contra las mujeres, como el origen de todos los males. El verdadero tema parece ser la crítica del progreso, que nos promete volvernos como dioses, y en la práctica resulta una caja de Pandora. El relato tiene algo de protesta jipi. Sí: el fuego, la cocina, la agricultura, la vida sedentaria, nos permiten producir y consumir más, pero el progreso nos  vuelve arrogantes, nos separa de la naturaleza y de Dios, nos pone a trabajar como enajenados y produce catástrofes. No estábamos tan mal en la vida nómada, cuando andábamos de vagos por el paraíso.
     El progreso, así como la conciencia orgullosa o crítica del progreso, no nacieron con el fuego atómico y la agricultura transgénica. Hemos vivido en esta ambivalencia milenio tras milenio. La verdadera civilización, dijo Baudelaire (Mon coeur mis à nu), no está en el gas, ni en el vapor, sino en el alma: en "la disminución de las huellas del pecado original". –