El Whitney: una revisión finisecular

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Con esta entrega, inicia en Letras Libres un espacio dedicado a las artes plásticas. Germaine Gómez Haro analiza la magna exposición del Museo Whitney de Nueva York sobre el arte estadounidense del siglo XX.  
Explorar la evolución de la identidad estadounidense a lo largo del siglo XX a través de la mirada de sus artistas es el objetivo capital de la magna exposición que se presenta en el Museo Whitney de Nueva York: una vasta indagación sobre la manera en que el ser americano se reconoce y se va creando una imagen de sí mismo al iniciarse el presente siglo. Según el Whitney se trata de la exhibición más ambiciosa (en términos económicos y por la complejidad de la propuesta) que se ha realizado en esa nación hasta la fecha, y sin duda resulta una producción sin precedentes. Digo "producción" porque, dejando a un lado la exhaustiva investigación que sostiene el trabajo curatorial dirigido por Barbara Haskell, el montaje y la ambientación de grandiosidad escenográfica que deliberadamente se crearon para dar marco a esta muestra ecléctica mucho tienen de realización hollywoodesca. Y no es que esto demerite la calidad de la exhibición, sino que de repente uno pierde la concentración (y la posibilidad de reflexión) entre las canciones de Ella Fitzgerald y Frank Sinatra, el saxofón de Louis Armstrong, los silbidos de un ferrocarril y los tiroteos del D Day. Por momentos, uno tiene la sensación de estar recorriendo los estudios de la Paramount o los foros de la cbs, lo que nos confirma que para los estadounidenses el showbiz es expresión natural de su ser cultural y una de sus formas predilectas de mostrar al mundo su poder es edificando escenografías millonarias: es la cultura del plastic fantastic. Esta macromuestra multidisciplinaria e interactiva, brillante en su diseño curatorial y realmente asombrosa en su resolución museográfica, abarca en su totalidad los cuatro pisos del museo y se requiere por lo menos de dos tardes completas para recorrerla en calma y a conciencia. No se trata de una exposición convencional diseñada con el rigor formal que por lo regular en ese país se practica en extremo en los museos, al grado de que en algunos de éstos se respiran aires de hospital en la sección de terapia intensiva; por el contrario, en esta muestra se recurrió al extremo opuesto y, en lo personal, de pronto me sentí en Epcot Center, en un pabellón dedicado a la exaltación del orgullo nacional estadounidense. Lo cierto es que, en términos generales, se trata de una muestra de carácter didáctico y espíritu un tanto lúdico, un divertimento a través del cual el visitante hace un recorrido a "vista de pájaro" de la cultura estadounidense. Vale la pena mencionar el gran esfuerzo que se realizó para la creación de un sofisticadísimo sistema de consulta e información digital, para el cual se adaptó una sala especial que consta de un equipo de la más avanzada tecnología y la implementación de una galería virtual vía Internet en la que se pueden apreciar unas doscientas obras acompañadas de referencias teóricas y críticas (http://www.whitney.org)
     Al ser presentadas en un mismo contexto temporal y espacial, las manifestaciones artísticas que integran esta muestra —unas setecientas obras entre pintura, escultura, fotografía, artes decorativas, diseño industrial, así como numerosas referencias al cine, literatura, música, danza, teatro y arquitectura— conforman en conjunto un gran fresco ilustrativo de la fisonomía y psicología de esa nación.
     La columna vertebral de la exposición es la tríada pintura-escultura-fotografía, en torno a la cual se entretejen referencias de las demás manifestaciones artísticas para dar una visión global de la cultura estadounidense. A partir de los primeros años del siglo XX se erige la ciudad —en especial Nueva York— como musa principal y tema cardinal en todas las manifestaciones artísticas, y de ella provienen los principales motivos de inspiración: los imponentes rascacielos y puentes —joyas de la ingeniería moderna— así como todas las obras relacionadas con el desarrollo industrial y tecnológico —fábricas, plantas de electricidad, estaciones de ferrocarril y medios de transporte. La mayoría de los pintores y escultores (con excepciones como Edward Hopper, Guy Pene du Bois o Ben Shahn) se olvidan de la figura humana para centrarse en las formas geométricas y desafiantes de la arquitectura urbana y la maquinaria industrial. Por otra parte, es interesante observar que, al mismo tiempo, los fotógrafos sí se preocuparon por indagar en los efectos nocivos que la modernización inevitablemente iba tejiendo en silencio, y plasmaron la miseria que se escondía tras la opulencia de las metrópolis en su desenfrenado crecimiento, la marginación de los inmigrantes que desembarcaban sin rumbo fijo en Ellis Island y toda esa contraparte oscura y lamentable que ya se afincaba como un cáncer en las entrañas de las ciudades modernas. En mi opinión, la producción plástica que se genera durante las tres primeras décadas del siglo resulta la más interesante, porque da cuenta del cambio físico y psicológico que vive esta nación en su afanosa búsqueda de una identidad propia. Pintores como Charles Sheeler, Charles Demuth, Joseph Stella, Georgia O'Keefe, Man Ray, Edward Hopper, Stuart Davis o Gerald Murphy plasman con vehemencia y originalidad el sentir puramente estadounidense de su época, aunque, a decir verdad, con excepción de Hopper y Ray, me parece que la plástica de la primera mitad del siglo no cuenta con aportaciones significativas al concierto del arte universal.
     El principal y gran acierto de esta muestra es que se concede el mismo rango de importancia a la fotografía que a la pintura. Fue una sorpresa descubrir la cantidad de fotógrafos magníficos cuyo trabajo en términos generales supera, a mi parecer, al de los artistas plásticos de la primera mitad del siglo. Junto a los grandes nombres —Paul Strand, Alfred Stieglitz, Edward Weston, Man Ray, Charles Sheeler, Ansel Adams, Robert Capa— se despliega una pléyade de creadores que dan cuenta de la evolución física y psicológica de su país, sus cambios sociales y sus tribulaciones existenciales, en imágenes cautivadoras, unas veces poéticas y sublimes, otras subversivas y estremecedoras.
     Una observación personal: así como se menciona la llegada de Marcel Duchamp a Nueva York y su influencia decisiva en el despunte de la pintura moderna en ese país, me sorprendió que no se concediera suficiente importancia a la participación de los surrealistas que se afincaron en Nueva York a raíz de la Segunda Guerra: Dalí, Breton, Ernst, Tanguy, Paalen, Masson, Matta. De éstos se presenta una sola pintura de Tanguy y no se hace ni mención a la obra neoyorquina de Matta, cuyo influjo fue determinante en la formación de los jóvenes artistas que más tarde desembocarán en el expresionismo abstracto, la primera verdadera vanguardia plástica de origen estadounidense. Se exhibe la célebre pintura de Arshile Gorky "The Liver is the Cock's Comb", una de las piezas clave del arte estadounidense del siglo XX, de la cual su propio autor siempre aseveró que fue producto de su estrecha interrelación con el surrealista chileno. ¿Será por chauvinismo que omiten la participación de un extranjero en la edificación de su multicelebrada vanguardia plástica? – — Germaine Gómez Harogermainegh@csi.com

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