En alabanza de Tomás Segovia

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Me tocó en suerte presidir el jurado que, en este año 2000, otorgó el "Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo" a Tomás Segovia. Quisiera informarles que el jurado aprovechó la ocasión para entablar un intenso diálogo, analítico y a la vez incluyente —lo contrario, pues, de una árida negociación táctica—, acerca de las candidaturas propuestas y yo añadiría acerca de las literaturas que contempla el Premio, señaladamente, por supuesto, la de lengua española. Nos pareció que nuestros amigos escritores merecían algo más que un rápido asentimiento o una seca negación. Exigían, por el contrario, nuestra reflexión y que ésta fuese, además, lo más explícita posible y de este modo sacar a la luz las variadísimas razones —muchas veces no verbalizadas— por las cuales juzgamos a un autor y a su literatura.
     Tomás Segovia pertenece a esa generación de niños y adolescentes que llegaron a México después de la derrota republicana. He sido amigo de muchos de ellos y me doy clara cuenta de la singularidad histórica de ese grupo de muchachos. Y me hago cargo, en particular, de los problemas que enfrentaron quienes entre ellos decidieron ser escritores. Piensen en la obsesiva presencia de una patria más contada que vivida, en la inevitable mitologización del pasado, en el asunto de la lengua, que era una en la calle y casi otra en la casa. El asunto se complica aún más, porque un lenguaje literario no se reduce a una sintaxis y a unas reglas de formación: es también un sistema de asociaciones, trae consigo geografía e historia, los sonidos y los olores de humanidades diversas. ¿Cómo, pues, unir la lengua heredada, la lengua exaltada del paraíso perdido y de la autoridad paterna con las nuevas voces y con los nuevos silencios? Las respuestas fueron muy variadas: algunos se dedicaron a publicar unas correctas coplas caseras, como si estuvieran en un simpático pueblito de Aragón; otros a rememorar prados, arroyuelos y pastores, conocidos tal vez en un volumen de la benemérita colección Austral. Unos cuantos hicieron las maletas y se asentaron en otros países.
     Tomás Segovia se queda aquí y prefiere, con la insolencia de los poetas verdaderos, crearse un lenguaje propio. Lee a Juan Ramón, pero también a Gorostiza, a Owen, a Jorge Cuesta y a Octavio Paz. El momento esencial, sin embargo, es cuando acepta el reto literario que le presenta su destino escindido. Construir desde nuestros límites, desde nuestras fatalidades, ha sido siempre la vía maestra. No cayó en ninguna de las trampas retóricas que le tendía su condición histórica: la nostalgia profesional o el sentimentalismo, madre dulzarrona de la mala literatura. Tampoco se creyó la fábula de que era una suerte de representante poético de la patria ideal, un empleo, o un nombramiento, que puede aniquilar al más dotado de los poetas. Ni españolismos hechizos, ni postizos sombreros de charro. La tarea era más complicada: llegar a ser, transformarse en Tomás Segovia, el gran poeta, el escritor completo que celebramos esta noche.
     Eligió Tomás vivir a la intemperie. Que yo sepa, nunca se refugió en un partido y menos en escuelas o sectas literarias. No ha sido miembro de una iglesia. No le ha cantado, pues, ni a los santos ni a los jefes. Poeta ontológicamente desamparado, sin apoyos ni garantías metafísicas. Sabe que día a día debemos reinventarnos. Sabe que en la soledad y gratuidad de nuestra existencia se revela la verdad. El poeta sería el que reconoce nuestro esencial exilio. Precisamente aquí se cruza la historia y pienso que su biografía le permitió apreciar con mayor agudeza la condición de exilio, el viaje continuo. En la poesía de Segovia, el Homo Viator se convierte en la figura del nómada y el desamparo en la orfandad irremediable. La probable salvación estaría en el amor y en la belleza, cosas frágiles y huidizas que, si entiendo algo a Tomás, exigen dedicación extrema y una vida despojada y limpia de mundanidades. Tomás Segovia, en efecto, es lo contrario del hombre público. Lo más ajeno al ideal de Goethe, que era encontrar la armonía entre el mundo privado del poeta y la realidad de las tareas públicas. Jamás Tomás Segovia será ministro, ni siquiera si le inventamos una nueva Weimar, minúscula y cristalina. Cuida y construye su intimidad y privilegia una relación artesanal con el mundo y los amigos. Le gusta conversar sobre el oficio, del que es un conocedor supremo y si puede levantará con sus manos una casa y hará una silla, una mesa y lo que se ofrezca. Ahora, por ejemplo, le ha dado por editar sus propios libros, un gesto altivo que extrema la coherencia de su estilo de vivir. Se trata, ya lo habrán notado, de crear universos autónomos, zonas de contactos transparentes e inmediatos. El único espacio público que Tomás admite es el Café, que es como el Puerto, la escala en el viaje o tal vez la catacumba moderna, el sitio en el que se reúnen los justos. Quiero recordarlo en Greco, el histórico Café romano, una mañana de los años cincuentas, Tomás inclinado sobre una de esas pequeñas y redondas mesas de mármol. Irradiaba bienestar y familiaridad, como si hubiese pasado allí largas temporadas. Lo importante es que fuera un Café, que se llamara Greco y estuviese en Roma era un añadido sin duda agradable, aunque no esencial.

Con un gran golpe de dulzura
y de silencio
se nos ha echado encima
la noche azul del mundo.

Con estos versos de Tomás llego al final y me digo que es una buena cosa estar aquí, juntos, un 31 de marzo, en la Fundación Octavio Paz. Sí, estar aquí juntos y entre todos expresar, sin condiciones ni compromisos, la unánime admiración a Tomás Segovia, el poeta prodigioso. –

Leído el 31 de marzo con motivo de la entrega del Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2000 a Tomás Segovia.


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