Gato fino

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A mediados de los cincuenta llegué a Friburgo de Brisgovia para redondear el alemán y estudiar filosofía. La universidad giraba alrededor de Martín Heidegger que era una especie de aleph borgiano, oculto y vertiginoso. No daba clases regulares y sólo trataba un pequeño grupo de alumnos y profesores.
Sin embargo sus tesis y su peculiar vocabulario resonaban en todas las aulas. La primera vez que lo vi fue en una conferencia que dictó Dámaso Alonso —en un envidiable alemán— sobre Quevedo. Lo presentó el gran romanista Hugo Friedrich y repartieron unas hojas mimeografiadas con versos en castellano y en traducción. Allí estaba Heidegger, en primera fila, atento a lo que se decía. Al final conversó un momento con Dámaso Alonso. Quedé estupefacto, no exagero, de encontrarme frente a Heidegger. Era como si abriera una puerta y me topara con Duns Escoto. Para entender el asunto y no sonreírse con fácil condescendencia, hay que tener presente que yo me había formado con José Gaos, exégeta minuciosísimo de Heidegger. Nos había enseñado, pues, a admirarlo, pero Gaos, además, lo analizaba como si fuera justamente un filósofo medieval, alejado en el tiempo, inabordable en lo personal, una obra sujeta a difíciles reconstrucciones filológicas y a ingeniosas y complicadas hipótesis históricas acerca de su educación, sus posibles lecturas juveniles o las desconocidas primeras influencias intelectuales. El ejercicio de José Gaos era apasionante: lo trataba como un contemporáneo que, sin embargo, hubiese nacido siete siglos antes. Alguna vez le pregunté, con suavidad, por qué no le escribía a Heidegger para que le aclarara esas dudas y atisbos suyos. Más aún, ¿no se le antojaba —a él que había traducido con tanta fatiga y esmero El ser y el tiempo— hacer un viaje y conversar con Heidegger? No recuerdo la respuesta, porque tal vez no la hubo. Ya nunca volví a insistirle, me había dado cuenta de que tocaba una singularísima construcción imaginativa, íntima y resguardada.
     Creo que fue en el otoño de 1956 cuando conocí a Víctor Li Carrillo. Volvía él por segunda o tercera vez a Friburgo. Había estudiado filosofía y, sobre todo, griego clásico —con V. Goldschmidt y H. Marguerite— en París. Luego viajó a Friburgo y entró en uno de los círculos de estudio que llevaba Heidegger en forma privada. El conocimiento del griego fue quizá su mejor tarjeta de presentación y Heidegger lo ayudó en sus trabajos sobre filosofía antigua. Había logrado la confianza intelectual del filósofo al grado de que lo acompañó (como buen conocedor de Francia que era) a un famoso coloquio que se llevó a cabo en Normandía, en Cerisy la Salle, donde Heidegger leyó “¿Qué es esto, la Filosofía?”, texto que Li Carrillo tradujo y anotó. De manera que cuando comenzamos a charlar en ese otoño de hace —da miedo escribirlo— cuarenta y tres años, Li Carrillo se movía como un pez en las aguas secretas de la vida académica de Friburgo.
     Nos hicimos amigos con gran rapidez, la propia de dos hombres jóvenes que en el extranjero no hablan todo lo que quisieran. Era Víctor Li un chino eterno que, por azares, le tocó ser peruano. Me intrigaba el segundo apellido Carrillo, perdido en su pinta de oriental parisino. Nunca intenté aclararlo, porque advertí de inmediato que le gustaba administrar —crear, tal vez— las historias personales y la intimidad. Por esos años, el dictador Odría le había retirado el pasaporte, no sé si también la nacionalidad, a la comunidad china. Me lo contó con humillación y rabia. El asunto después se arregló, pero seguramente reforzó ese estado de alerta y de suspicacia que era uno de sus rasgos esenciales. Estoy seguro de que nos unió esa desconfianza ante el mundo, suerte de permanente extranjería. Mucho después, otro amigo peruano me aseguró, ignoro si en broma, que en el Perú casi todos los chinos se agregaban el “Carrillo”.
     Practicaba Li una cortesía sincera y a la vez ceremoniosa y gozaba armando situaciones que me sorprendieran. Un día aparecía, por ejemplo, con un libro que yo daba por inencontrable o me llevaba a un sitio en el que inesperadamente se acercaba una persona acerca de la cual había yo expresado admiración o curiosidad. Así sucedió una tarde con Heribert Boeder, especialista en filosofía griega y ayudante de Heidegger. Charlamos, sin entrar en mayores detalles, sobre la vida universitaria. Al cabo de unos días me informa Li que Boeder proponía que los tres fuéramos a visitar a Heidegger para, entre otras cosas, ver si me aceptaba como miembro del seminario que daría, en el semestre de invierno, sobre la Ciencia de la lógica de Hegel. Que le contara de mi tesis (Gaos la había dirigido) sobre esa obra. Víctor Li Carrillo, que por supuesto había planeado toda la secuencia, estaba encantado con mi cara de asombro y de susto apenas dominado. Hicimos la visita, me admitieron en el seminario y luego nos fuimos a brindar. Quería Víctor Li ser el mago benéfico de sus amigos.
     Asistimos ambos al seminario —en Freiburg y en Todtnauberg— y conspiró Li todo lo posible para que yo me familiarizara con aquel universo exclusivo, que poco tenía que ver con la normalidad de las clases. Lo que más me agrada evocar son nuestras reuniones de estudio. Vivíamos en la misma calle y más o menos alrededor de las siete de la tarde —las tardes nocturnas de aquellos inviernos profundos— nos encontrábamos en la sencillísima habitación que alquilaba. Nos habíamos propuesto leer La fenomenología del espíritu de Hegel. Leerla con todos los rigores filológicos e históricos posibles. Para mí era una linda competencia, pues Li conocía el idioma mucho más a fondo que yo. En cada sesión uno de los dos (según temas y saberes) era el encargado de expresar la tesis principal y aportar los elementos exegéticos. Trabajábamos hasta las once de la noche, cuatro días a la semana y lo hicimos durante al menos seis meses. A las nueve había una interrupción inalterable: Li se levantaba, servía té y me ofrecía unas rebanadas de pan negro con miel. Todo escrupulosamente limpio. Desde la ventana no se contemplaba ningún paisaje memorable y en las paredes no había el más mínimo adorno. Creo que nos gustaba así. Al terminar nos íbamos a veces a cenar algo en el restaurante de la Estación (muy cercano) o si había dinero a uno en el centro que cerraba tarde y nos servían un pedazo de carne como a nosotros nos gustaba. Al despedirme, yo sabía que él seguiría sobre los libros hasta el amanecer. El día era para Li una mera preparación de la noche. La confirmación, por si hiciera falta, de que pertenecía al reino de los gatos finos.
     Nos unían, como siempre ocurre, algunas manías. La veneración por el aparato crítico era quizá la principal. La cual se basaba, me parece, en una visión excesivamente filológica de la filosofía. La parte buena de esta actitud era un justo respeto por la erudición. El riesgo estaba en nunca llegar a la discusión estrictamente filosófica. La llamaría el regodeo en los ritos de preparación y aprendizaje.
     Pasamos un tiempo largo sin vernos. Nos encontramos en Caracas, de noche, naturalmente. Se había casado con la francesa que me había presentado en Friburgo, una chica nerviosa con problemas digestivos que la obligaban a comer cosas mínimas cada dos horas y a la que Li trataba con una gentileza delirante. Recordé aquellas fantasías suyas de chino desplazado: llegar a Lima con una francesa era tan satisfactorio como desembarcar con un doctorado. Pude reconstruir —más por amigos comunes que por confesiones propias— que ella no se había encontrado cómoda en Lima y se había regresado a Francia. Li Carrillo se fue a Caracas, a ganar dinero en esa entonces universidad millonaria y se pasaba temporadas en París con ella, como si él fuera un empleado de la administración colonial. Me contó, en su forma lenta y discreta, que ahora se dedicaba a otros temas: la lógica, la lingüística, las matemáticas. Que había dejado atrás a Heidegger. Comentó que, por fin, había paladeado el placer de un argumento, de una prueba. Los dos coincidíamos de nuevo. Me habló de lo arduo que eran estas disciplinas, de todo lo que aún le faltaba por aprender. No lo decía con pesar, más bien con un gran alivio. ¡Qué descanso saber que siempre habrá algo que debamos estudiar! Se había metido de cabeza en las matemáticas y le fascinaba el concepto de isomorfismo. ¡Cuánto le faltaba!, suspiraba feliz. Qué irresponsabilidad escribir si todavía ignoramos tantas cosas. Publicó con fastidio, creo yo, las concesiones necesarias para sobrevivir. Salvo el primer libro —Platón, Hermógenes y el lenguaje— los otros escritos que conozco son informadísimas exposiciones didácticas.
     No volvimos a vernos, me llegaron noticias vagas de un regreso parcial a Lima, de una herencia, de un viaje alrededor del mundo (¿habría iniciado estudios de geografía?). Por casualidad —y sin mayores precisiones— me enteré de que había muerto. Ni siquiera estoy muy seguro, no hay manera de averiguar la fecha. Su vida, pienso ahora, tal vez pertenece más a la literatura que a la filosofía. –

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