Harta calaca

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Una tenaz voluntad de oscurantismo recorre México. Lo presentí desde que vi a un antropólogo poniéndole con toda seriedad un altar a los “muertitos”: signo ominoso, quemarle copal a la ciencia. La abundante kermés de la superchería, retardataria, intimidante, agrega su voz destemplada al coro del caos nacional.
     Poco lo ilustra tanto como esta reciente estupidez de “la santa muerte”, advocación hechiza de una iglesilla de paspartú que se hace llamar la “Iglesia Católica Tradicional MEX-USA”. Hace unas semanas, sus fieles paralizaron el centro de la ciudad exigiendo al gobierno su reconocimiento formal, paseando orondos la mojiganga de su “santita” y coreando (previsiblemente) “¡México escucha, la muerte está en la lucha!” Qué pereza. ¿De dónde pudo haberle venido a este “culto” una ocurrencia tal? Canonizar a la muerte rebasa el margen, tan elástico, de la risa. ¿Cómo puede ser “santo” un fenómeno? Es como creer en la santa embolia o el santo tsunami. Su signo, claro, es una calaca tridimensional, una rebaba de morgue vestida de monja lujosa y armada de una guadaña, olla podrida de sincretismos de barriada. En el gesto más lamentable de lo que pasa por ser el ingenio popular mexicano que he atestiguado en años, veo no sólo una trabada psique propensa a la necrofilia, sino el resultado de haber repetido esa tontería de que el mexicano juega con la muerte. La calaca, que en todas partes sirve para identificar substancias venenosas o cables de alta tensión, aquí es la encargada —según esta iglesia— de proteger a los niños.
     El mexicano confunde la necesaria, creativa fe (en lo que sea, pero fe) con una retobada fascinación por lo fatal. Esto perpetúa la convicción de que, en tanto que la realidad ha sido dictada por un insondable más allá, sólo ese más allá puede modificarla. Pero el más allá que atrae al mexicano no estimula la conciencia de vivir ni atiza la fe luminosa: es un puro encanto con el trámite burocrático de morir, algo reducido al raro placer de atestiguar el mero colapso del cuerpo. Del mismo modo, a la inabarcable muerte se la reduce a la solidez icónica de la calaca, pero no como un símbolo, sino como una realidad per se, una viva contundencia. El resultado es una manía forense, un morbo del descarnamiento al que más de uno le encontrará genealogía en el asqueroso Huitzilopochtli o en el repugnante XipeTótec. Esta calaca, la despellejada, guiñapo de anfiteatro vestida de puta o de novia, seduce al mexicano, de suyo misógino (López Velarde llegó a ver en su coxis una “erótica ficha de dominó”). Cuando Gorostiza escribe “desde mis ojos insomnes / mi muerte me está mirando”, muestra una hegeliana, sana conciencia de la muerte; pero cuando la convierte en calaca y le dice “¡vámonos al diablo!”, ya se deja arrastrar por su oquedad carcajeante. No es el del mexicano el proceder típico del folclor que exorciza a la muerte vistiéndola de fiesta; es el rito necio de amar a una muerta cachonda en la ebriedad de la violencia.
     De no ser indicio de riesgosas inestabilidades en el disco duro patrio, esto de la “santa muerte” podría prestarse al rápido trámite de la risa o la sociología amateur. Esta “santa muerte” prolifera desde hace apenas unos años como culto en ciertas capas del horror urbano, recipendaria de una devoción obtusa y confusa que grita “viva la muerte” como el clásico fascista, que declara que su calaca “es la encarnación de la muerte” y le lleva tequilita y molito de pollo. Como su iconografía y liturgia son ideales para el reportero ocioso, el reportaje televisivo amarillento o el artista ávido de “realidad” nacional, el culto crece. Un blablablá imbécil que no tardará en convertirse en cátedra de cultural studies en la vivaz California. Basta bañar una calaca de tul y diamantina para que haya “cultura”. La “danza de la muerte” a ritmo de quebradita, el memento homo que es portento cromo. Se le sopla humo en las costillas y saca a los parientes matones de la cárcel (para que maten más); si se le arroja tequilita en el iliaco, se atenúa el dolor de parto, etcétera.
     El abstruso carácter de esta iglesia lamentable está a la altura de sus orígenes macabros. Urdida en el cónclave hediondo de secuestradores y narcotraficantes, la canonización de la muerte aprieta una liturgia tarada a la medida de sus vástagos: obispos que chapotean en un salpicón de sangre y dólares, diamantes y cartílagos amputados, putas de hule y convertibles. Su “fe” es predecible: amar a la muerte exigirá la reivindicación sublimante de la materia prima de su industria. Distribuir muerte se compensa al exaltarla como un bien necesario y deseable, morir y matar como objetivos meritorios. El resultado es la legitimación de una negatividad que puede enloquecer a los débiles de carácter y a la larga hasta alterar conductas sociales, la legitimación “religiosa” de esa abominable convicción nacional que ha decretado que no vale nada la vida.
     Inquieta la inminente consagración como “uso y costumbre” de esta escatología repugnante. El culto recluta cretinos cotidianamente. Palpita ya a la sombra de los asesinatos de mujeres en Juárez, de secuestros de niños y linchamientos de policías. Tener una “abogada” ante el más allá potencia su apogeo. Temo que esta iglesia de pobres diablos no tarde en exigir a sus fieles, para demostrar su fervor, la aportación de calacas frescas. –

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