Homo alien

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I. El laboratorio produce su propia música ambiental, su soundtrack inconfundible: burbujas cantando dentro de probetas, latigazos de electricidad que zumban de una antena a otra, la palanca que se baja, el botón que se oprime, el homúnculo que se fabrica y que lleva la firma de Paracelso o de Viktor Frankenstein, da igual. Más allá del perfil del científico loco de turno, el objetivo es siempre el mismo y suele tener algo de revancha: si Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, entonces el hombre se propone ser todavía más parecido a Dios creando vida artificial para que —después, casi enseguida— el monstruo de turno desarrolle inevitable psicosis mesiánica y se proponga destruir a su supuesto amo y señor. Y, detalle imprescindible, cuando todo ha volado por los aires, escribir siempre THE END entre signos de interrogación.
     Esta posibilidad, hasta no hace mucho confinada a novelas fantásticas y de ciencia ficción, ha ascendido —con pertinente potencia de efeméride, coincidiendo con los fastos del nuevo milenio, imposible ubicarla en mejor momento desde un punto de vista del marketing— a la categoría de acontecimiento no ficticio e histórico con la decodificación de ese jeroglífico esculpido en la doble helix de nuestros genes. Lo que no significa necesariamente que se haya devaluado su potencia mítica; y ahí están en mi televisor, en vivo y en directo, los voceros autorizados de la secta de los raelianos asegurando que acaban de clonar a un par de bebés para envidia de una oveja llamada Dolly. ¿Cuándo fue que nuestra realidad se convirtió en ciencia ficción? Volvemos a estudios centrales…

II. La idea de manipular la vida y el cuerpo es antigua como el hombre y vieja como el género. Ahí están ese monstruo alemán hecho de pedazos, ese doctor inglés bebiendo la pócima de su lado oscuro y la imaginación de H.G. Wells —quien hoy goza del raro honor de ser el único autor de ciencia ficción al que la Historia ha acabado ignorando, desentendiéndose de sus marcianos, invisibilidades y viajes en el tiempo— elevando animales a humanoides fanatizados por el espanto de su propio milagro. Aldous Huxley —en su cada vez más tristemente posible Un mundo feliz— imaginó una sociedad de embriones ectogénicos divididos en “alfas”, “betas” y “gamas”. Los thrillers medicinales de Robin “Coma” Cook se apoyan no sólo en el temor atávico a los hospitales sino, también, en la sospecha de que allí dentro se están haciendo cosas que no hay que hacer. Y la ciencia se ha escapado de sus santuarios secretos y hoy baila desaforada en la sala de nuestros hogares desordenados con ordenadores.
     Otra vez lo del principio: el hecho de que Dios guste de jugar a los dados no implica necesariamente que nosotros seamos buenos croupiers, y así pareciera que —en las novelas y en las películas— toda forma de imaginación genética está inevitablemente condenada al fracaso y al horror y al caos incluso, cuando se exploran las posibilidades más delirantes: en Ubik, a Philip K. Dick —acaso el escritor futurista que mejor supo sintonizar nuestro presente— le interesaba más la prolongación de la muerte que la de la vida, almacenando los cuerpos en bóvedas donde se los puede visitar, y sintonizar las menguantes ondas de su cerebro; en Children of Darkness, Dan Simmons descubre que la cura para el sida reside en una forma de virus sólo encontrable en la sangre de los vampiros; en la saga cómic cinematográfica de X-Men, normales y mutantes compiten por el control de ese laboratorio planetario donde siempre —tarde o temprano— tiene lugar un inesperado y definitivo accidente.
     Consumimos ésta y tantas otras variaciones alrededor de la misma fantasía —la transformación del ser humano por mandato o azar— con la sonrisa casi piadosa de quien no cree en ellas porque ahora la realidad es mucho más atractiva. A la hora de la imaginación pura y dura, verdadera o falsa, la ciencia es ficción y la realidad es fricción.
     “Que vivas tiempos interesantes”, dice una ancestral maldición china.
     En eso estamos.

III. Uno de los momentos más recordables del cine de ciencia ficción tiene lugar y tiempo en Alien, film de Ridley Scott de 1979. Allí, el marinero espacial interpretado por John Hurt comienza a sufrir convulsiones frente a sus amigos, su pecho vibra, y ya saben lo que ocurre después: el octavo pasajero surge de sus tripas sonriendo con todos y cada uno de sus muchos dientes.
     Poco más de tres décadas después, nuestra idea del futuro ha cambiado de signo. No me parece casual que una sección del periódico español El País, de nombre “Futuro”, nos provoque vértigo, semana tras semana, con noticias de nuestro presente donde se nos informa acerca de la clonación de especies extintas o de los avances en la persecución de la inmortalidad. Atrás, muy atrás, ha quedado la amenaza o la esperanza extraterrestre como tema y temor y efectos especiales de película triunfalista estadounidense. ¿A quién le importa si E.T. volvió a su casa, a qué nativo del planeta Tralfamadore podemos resultarle interesantes como materia de estudio? La iluminación evolucionada no vendrá en la forma de una supercomputadora con problemas existencialistas ni en la de un bebé cósmico y mesiánico como en 2001: Odisea del espacio. La condena a la extinción no nos alcanzará como una máquina de matar extraterrestre que nos utiliza como efímeras incubadoras, ni en la forma de sucesivas oleadas de platillos voladores que apenas disimulan su fachada subliminal y terrena de amenaza amarilla, roja o con barba y turbante.
     La ciencia no ficción —a diferencia de la ciencia ficción, sostenida durante décadas en la idea del viaje interplanetario y la comunión planetaria— ha decidido que es mejor quedarse en casa. Retirarse de la carrera especial (a no ser que se la promocione como folleto turístico y millonario) y de esos transbordadores inflamables, y dar por fin de baja a la estoica y políticamente correcta tripulación de la Enterprise, reemplazando el espacio exterior por el espacio interior y el año luz de las constelaciones por la sombra virtual de nuestras carcazas de carne que se acumulan en la colmena de Matrix. Acorralado el genoma —vencedores y vencidos—, no nos queda más remedio y distracción que acabar viajando por nuestras tripas y convertirnos así en nuestros propios aliens. Somos invasores de nosotros mismos. ¿Para qué viajar a un cuerpo celeste cuando tenemos nuestro cuerpo tan cerca? Aquel shock del futuro se ha convertido en este crack del presente —utópico o distópico, quién sabe, el tiempo dirá— donde, contra lo que jura el agente Mulder en sus noches de Expedientes X, la verdad ya no está ahí afuera sino aquí adentro, más adentro todavía. ~

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