II. Cómo leer en bicicleta

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Salvo raras excepciones, los ensayos de combate político y literario tienen una vigencia efímera, porque los hallazgos de un polemista suelen caer en el olvido cuando las batallas que libra pierden actualidad. Por buenas y malas razones, Cómo leer en bicicleta de Gabriel Zaid, publicado en 1975, ha perdurado en la memoria de los lectores, y sigue siendo un libro esclarecedor para entender cómo funciona el mundillo de las letras, para qué sirve el poder cultural, quién busca debilitarlo, y cómo se puede construir una democracia desde los espacios libres de la opinión pública. La vacuna que ha inmunizado a este conjunto de ensayos contra las mudanzas del tiempo es su audaz combinación de libertad y rigor. A contrapelo de la glosa erudita que muchas veces encubre la falta de ideas, Zaid confiesa desde el prólogo su ambición de recobrar el carácter heurístico del ensayo (es decir, su poder inventivo). Se trata, pues, de utilizar la imaginación como herramienta para convencer, en vez de apabullar al lector con el ceñudo gesto de la autoridad intelectual. De hecho, varios de los ensayos buscan sembrar en el lector una saludable desconfianza ante la autoridad que no se demuestre andando en la bicicleta.

Quizá la mayor virtud de Zaid como ensayista sea su talento para hacer extrapolaciones insólitas entre disciplinas remotas: la industria del elogio literario bajo la lupa irónica de un consultor financiero, la doblez del régimen echeverrista sometida al bisturí de un poeta satírico, los relevos generacionales de la élite intelectual, de Altamirano a los Contemporáneos, vistos desde la perspectiva de un politólogo. Quien crea que la invención es un atributo exclusivo de los géneros “creativos” descubrirá en estos ensayos que la agudeza crítica puede ser igualmente pródiga en sorpresas que la poesía o la fabulación.

Pero esta obra de Zaid también está viva por motivos menos agradables, que sólo un masoquista o un militante del PRI pueden celebrar: el estancamiento de nuestra naciente democracia, donde sólo han cambiado las fachadas institucionales para garantizar la supervivencia del aparato corporativo y la impunidad de la corrupción, confiere a sus alegatos contra la “tenebra” oficial una dolorosa vigencia que debieron haber perdido en julio del año 2000. ¿Cuáles son los vasos comunicantes entre las pequeñas miserias de la república literaria y los grandes atropellos del poder? En apariencia es un tanto anárquico o disonante reunir en el mismo libro las diatribas políticas de tono grave, dictadas por la musa de la indignación, y los textos mordaces de guerrilla literaria, en los que el autor denuncia, por ejemplo, la ridícula vanidad de una hispanista ayuna de reconocimiento (María del Carmen Millán) que pergeñó en los años sesenta un diccionario de escritores mexicanos donde le concedió más espacio a su ficha que a la de Sor Juana. Marrullerías de esta clase o travesuras como la de Martín Luis Guzmán, que trucaba las listas de libros más vendidos publicadas en la revista Tiempo para dárselas de best seller perpetuo, parecerían tener poca relevancia frente a la conmoción social provocada por las matanzas del 2 de octubre y el 10 de junio, o ante la demagogia esquizoide de un gobierno manchado de sangre cuyos funcionarios “denuncian valientemente, quién sabe contra quién, lo mal que están las cosas que tienen a su cargo”.

El ordenamiento de los ensayos de Cómo leer en bicicleta, donde se pasa de la diatriba burlona a la impugnación severa, sugiere, sin embargo, que para Zaid las pequeñas claudicaciones del gremio literario ante el poder político, o ante el espejismo del éxito comercial, fortalecían la dictadura del partidazo en la medida en que debilitaban el poder de la inteligencia. Armar una antología de poetas en la que se privilegia a los amigos de la propia generación sobre los decanos del Parnaso es sin duda un delito menor comparado con las atrocidades cometidas por Díaz Ordaz en el 68. Pero en mitad de la lectura empezamos a descubrir el hilo conductor que subyace a esta yuxtaposición de pecados mortales y veniales: si la familia intelectual, incluyendo a algunas de sus figuras más importantes, lucha con tal denuedo por los sellos de prestigio, quedando en ridículo ante la opinión pública, ¿quién puede impulsar un cambio desde el terreno de las palabras y las ideas? El beneficiario directo de tanto fariseísmo, de tanto laurel fraudulento, es en última instancia el régimen autoritario que reparte premios y honores pero no vacila en acudir a las bayonetas cuando está en peligro de perder una discusión.

La esgrima verbal de Zaid alcanza su mayor altura y profundidad en ensayos de psicología social como “Pudores homicidas”, o en alegatos como “Carta a Carlos Fuentes” o “Los escritores y la política”, donde propone un fortalecimiento del poder literario que consiste en ejercerlo con independencia y rigor, aprovechando la apertura coyuntural del régimen:

 

Si la tenebra, para consolidar su juego, necesita soltarle poder a la luz pública, lo que a nosotros nos corresponde no es seguir ese juego para consolidar el adentro, sino para consolidar el afuera. Tratar de aprovechar la oportunidad de que haya un cuarto poder, de que haya una verdadera vida pública.

 

Pero la creación de esa vida pública, restringida al máximo por la cooptación de periodistas, la censura en los medios masivos y el asesinato de opositores, exigía abandonar la estrategia –muy popular entre los intelectuales orgánicos– de criticar en privado para reformar el régimen desde sus entrañas:

 

La marginalidad del escritor no quiere decir impotencia […] La marginalidad literaria es otra cosa: es el non serviam de un poder frente a otro, es el orgullo, y si se quiere, la anulación de sí mismos resultante, de que el texto opere por su propia eficacia.

 

La renuncia al yo que propone Zaid (cumplida al pie de la letra en su conducta pública y en su tajante negativa a ser fotografiado y entrevistado) podría confundirse con el programa de vida de un fraile carmelita si no buscara, paradójicamente, acrecentar el poder literario en vez de perderlo, como sucedía cuando un escritor o un intelectual renunciaba a sus mejores capacidades para dedicarse a la política palaciega. El tiempo ha demostrado que Zaid también acertó en esa elección (menos humilde de lo que parece) pues varias de sus propuestas para reformar la política cultural y la política económica fueron llevadas a la práctica sin darle crédito. Desde la marginalidad elegida, Zaid ha tenido más influencia en la opinión pública que la mayoría de los intelectuales mediáticos de nuestro tiempo. Una de sus aportaciones más valiosas, que por desgracia no ha tenido efectos prácticos, fue detectar la sórdida tensión oculta bajo la proverbial cortesía mexicana, el pánico ante la crítica disimulado por nuestras buenas maneras:

 

Hacer, recibir o presenciar una crítica, la menor crítica, nos hace sentirnos mal. Nos hace entrar en crisis y no en la crisis de un replanteamiento (que le daría sentido a la crítica) sino en la crisis de una explosión emocional […] Se comprende que tamaño desastre se evite a toda costa. Que haya hasta cierta delicadeza en matar antes que llegar a esos extremos […] literalmente, sentimos que la crítica es más terrible que el asesinato […] ¡Cuánto más decoroso es callar o eliminar al otro de verdad! ¡Qué refinada cortesía puede haber en el homicidio! ¡Si el mundo comprendiera que nuestros homicidios son realmente una especie de pudor!

 

Dan ganas de escribir una novela policiaca o una serie de televisión para explorar más a fondo este móvil criminal. Seguramente Zaid pensaba en el ego hipersensible de Díaz Ordaz, pero su hallazgo tiene mayores alcances. La intimidación de la crítica en el medio literario, donde señalar un error o un defecto en términos comedidos provoca rencores eternos, es una consecuencia directa de este hábito mental que en otros terrenos ha llegado al extremo de permitir el asesinato para salvar el decoro y la urbanidad. En la época de los degüellos ejecutados “con todo respeto” por finísimas personas que jamás osarían levantar la voz para reclamar un agravio, la relectura de Cómo leer en bicicleta se ha vuelto un asunto de vida o muerte. ~

 

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