Individuos, masas y crímenes

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Dieter von Wisliceny, joven funcionario de las SS, reveló en Núremberg que, en agosto de 1942, había visitado a Eichmann en sus oficinas de Berlín y le había preguntado acerca de la suerte que correrían los judíos deportados a Polonia. Eichmann se acercó a una caja de seguridad y sacó una gruesa carpeta de documentos referentes a la política antijudía; de ella extrajo un papel de orla roja que enseñó al visitante. Era el ejemplar de la orden, firmada por Himmler, pero basada en una orden de Hitler mismo, que dio comienzo a la "solución final", es decir, el asesinato en masa de judíos de todas las edades.

A Wisliceny le afectó la gravedad del momento y exclamó: "Quiera Dios que nuestros enemigos no hagan nunca lo mismo con el pueblo alemán." "No te pongas sentimental —respondió con desdén Eichmann—, se trata de una orden del führer." Tal era la fría e impersonal naturaleza de las bestias que urdieron y ejecutaron el mayor crimen de la historia humana.

A Primo Levi, testigo de lucidez impecable, lo interrogaban con frecuencia acerca de por qué su libro acerca de su cautiverio en Auschwitz no traslucía manera alguna de odio, ni resentimiento siquiera, hacia sus torturadores alemanes. Con la habitual delicadeza y elegancia de su intelectiva, Levi explicó, en un apéndice de Si esto es un hombre —su memoria de los campos de exterminio—, que el odio es personal, se dirige a individuos particulares, y "los nazis, prudentemente, hacían que el contacto directo entre amos y esclavos se redujera a un mínimo". Es decir, él sólo podía encarnar odio o resentimiento en "rostros concretos, individuales", no en instituciones o grupos.

El odio precisa, para nacer, una mezcla de lucidez y de ceguera. Demasiada lucidez, entender demasiado, lo sofoca, ya lo dijo Spinoza: "Una pasión que se entiende, deja de ser pasión", y demasiada ceguera no consigue enfocarlo. Obsérvese que Eichmann no parece odiar, parece más bien, como se verá después en el tribunal judío en Israel, un simple burócrata algo obsesivo.

La maldad fría, el prusiano impasible y destructor que sabe sánscrito, la barbarie educada que observó con inquietud Flaubert ("me horrorizan más que los caníbales", dijo). Los nazis sentían cierto orgullo de ser comparados con bárbaros, con las huestes de Atila, por ejemplo.

Höss, médico de las SS, se dedicaba con entusiasmo a despojar cadáveres de judíos asesinados por los nazis de sus dientes de oro, que luego se fundían y se conducían en lingotes, una vez al mes, al departamento médico de la ss. Cuando el interrogador lo provocó en Núremberg preguntándole si se había quedado con bienes de judíos, respondió indignado: "No sólo no podía, sino que enriquecerme de ese modo habría ido contra mis principios… No habría sido decente."

"El abismo entre crimen abominable y ridícula mojigatería era notable en el caso de Höss", juzga Overy. Asumía toda gazmoñería y dejaba pasar la brutalidad de los más torvos crímenes. Cosa no rara en la gente muy gazmoña y moralera. Pero eso de Höss ya no era cierta ceguera, sino propiamente honda estupidez moral.

Hugo Trevor-Roper, en su libro sobre Hitler, sostiene que, contra la apariencia, en el gobierno nazi no reinaba una obediencia ciega, una disciplina canina, un orden alemán semimaniático, sino que, por el contrario, reinaban en él un desajuste e imprecisión completos y el desorden más caótico. Aun así, la persecución contra los no arios y los enemigos políticos, compleja de organizar, tuvo un impecable desarrollo. Digo, los nazis perdieron la guerra, pero lograron destruir el judaísmo europeo.

Las tragedias, con el tiempo, pierden su filo, su ponzoña, se amansan un poco. Sólo el Holocausto no únicamente permanece agudo y lacerante, sino que con los años parece aumentar su absurdo horror. Y digo "absurdo" porque el mal absoluto tiene siempre algo de ilógico, demencial… absurdo.

La maldad del asesinato en masa, perfectamente organizado y minuciosamente realizado, es cada día más asombrosa y más atroz.~