Invenciones del tiempo

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“Tiempo es invención o es nada”, afirma Bergson. El tiempo es creador sutil e inventivo, en cada instante se trama y hace aparición lo nuevo, lo fresco, lo inesperado. Nunca sucede lo mismo, razona Bergson, porque la segunda vez que sucede algo es diferente de la primera sólo porque eso que pasó se está repitiendo. Las cosas todas, animadas o inanimadas, no son, sino están siendo, en proceso siempre, traspasadas de tiempo.
     Así, poco después de bajar del avión que nos trajo de Costa Rica a Nueva York, se materializó lo totalmente imprevisto bajo la figura del escritor colombiano Fernando Vallejo. Vallejo no de bulto y presencia, ni tampoco como mero cuerpo astral o plasma de fantasmas, sino sólo en imagen. Germán Jaramillo nos dio aviso de que el documental de Ospina sobre el narrador iracundo iba a ser proyectado en un pequeño cine del sur de Manhattan. Y hacia allá nos dirigimos mi mujer y yo.
     Vallejo, el provocador, nunca argumenta ni da razones, sino sólo decreta, declara, y puesto que en general lo interesante son las razones de la gente para creer lo que cree y no las opiniones o creencias que sustenta, y aquí no hay razones ni argumentos, Vallejo debería ser un hígado de plomo derretido y soporífero, pero no, la verdad es muy divertido. Lo salvan su ligereza, su habilidad literaria y sobre todo su humor. Vallejo recuerda a los viejos maestros de la estética furibunda (que Ortega y Gasset llamaba “energumenismo”): Strindberg, en parte, todo Céline o Bernhardt, y entre nosotros, cierta parte de Ibargüengoitia. Como se ve, no está en mala compañía. Pero también tiene su lado desesperante, como ciertas pontificaciones infinitamente discutibles; por ejemplo, que es muy saludable para los niños tener trato sexual con adultos, o como sus aborrecimientos obsesivos, sus bestias negras, el Papa y Fidel Castro (para Paz y García Márquez hay menos, sólo marcado disgusto), a Fidel se desborda llamándolo “traidor, asesino, cobarde” y qué sé yo qué más.
     Al día siguiente fuimos a oír a Alma Guillermoprieto presentar un libro autobiográfico suyo sobre la Revolución Cubana. Ella, a diferencia de Vallejo, sí matiza. Pero bueno, en el budismo, afirma Borges, “afirmar que el universo es limitado es una herejía; afirmar que es ilimitado, también; afirmar que no es ni uno ni lo otro, es asimismo herético”, y semejante anatema pesa sobre el que habla sobre la Revolución Cubana: está condenado a no darle gusto a nadie: si matiza porque matiza y si no matiza porque no matiza. Nadie, digo, ni siquiera la clara y gentil prosa de Alma Guillermoprieto. Pero el libro, la memoria de sus años de maestra de danza en Cuba en el apogeo de la Revolución, es fascinante, y para los interesados en la Revolución Cubana o en la historia de la danza, es indispensable.
     A la mañana siguiente, las vueltas del tiempo nos regresaron de ultratumba a Jerzy Grotowsky. No él, claro, ya difunto, sino a un grupo polaco bajo su inspiración y magisterio. La obra, cantada en albanés, con fragmentos en polaco y otros idiomas (hasta un poquito en inglés), trataba sobre el poema de Gilgamesh. ¿Y qué voy a decir? Los actores, atléticos y admirables, el espectáculo, muy bien, pero ya no está uno para eso, han pasado casi cuarenta años desde la conmoción maravillosa de El Príncipe Constante, ¿y será que en estos días no entendemos como antes el énfasis?
     Llegó después un dramaturgo raro, violento y en extremo interesante, Sam Shepard. Se trataba de un documental sobre el montaje en San Francisco de su obra El difunto señor Henry Moss con Sean Penn y Nick Nolte, entre otros actores, y dirigida por el autor.
     Es una obra fronteriza, con personajes mexicanos, no sé si ya se estrenó en México, pero si no, debería de presentarse allá. El trabajo, muy americano, dramatiza la áspera relación de Shepard con su padre, un alcohólico violento, ex piloto de la Guerra, ex profesor de español. En el documental un Shepard poco sentimental recuerda al viejo que le hizo la vida difícil, y lo recuerda con un cariño mezclado, como suele ocurrir, con asombro y algo de rencor.
     No se me habría ocurrido de ningún modo juntar estos cuatro nombres. El tiempo, al precipitarse, los mezcló. Por eso es inventivo: porque puede asociar fácilmente, en un golpe de flote, digamos, lo que nosotros jamás podríamos ensamblar. ~

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