Ilustración: André da Loba

James Bond: confidencial

En sus inicios, el agente 007 representó un modelo de masculinidad, que en años recientes ha tenido que adaptarse al cambio de época. En su lugar, las mujeres que apenas tenían relevancia en las películas de Bond han comenzado a robarse la pantalla.
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¿Quién es Bond? James Bond. Alias: agente 007. Llamado así por otro agente británico, Ian Fleming, educado en las mejores universidades europeas, que una buena mañana del año 1950, habiendo sido agente él mismo de la Naval Intelligence durante la Segunda Guerra, permitió que su máquina de escribir diera a luz al espía más importante del mundo. El famoso héroe amado por las mujeres (quede claro: no todas), y admirado por los hombres (casi todos) es, desde hace más de cincuenta años, un auténtico fenómeno de masas. Sus libros y películas se venden por millones. Tiene clubs de fanáticos en todo el globo. Sus novelas han sido traducidas a casi todos los idiomas y medio siglo después de morir Fleming esta criatura salida de sus manos sigue dominando el planeta.

¿Qué tiene este personaje, narcisista e impulsivo, que lo convierte en único?

A grandes rasgos, se sabe que es burgués, seductor, violento, educado, conquistador, esteta, canalla, machista, frívolo, culto, jugador de golf, infiel con las mujeres, leal con los hombres, cínico, guapo, frío, duro, peligroso y que viste bien. Odia el té, le encanta el automóvil Aston Martin y la pistola Beretta y mima sus objetos fetiche casi más que a las mujeres bellas. Mejor si son inteligentes. Y todavía más cuando lo desafían. Juega muy bien al bridge y es excelente en la ruleta. No lee nunca salvo el Times y los diarios deportivos. Buen bebedor. Egoísta. A veces, tierno en el amor. Salvo esta última cualidad, que añado de mi propia cosecha, el resto de virtudes de la personalidad Bond están entresacadas de artículos firmados por hombres. Ellos lo admiran. Las mujeres lo retan. Su padre literario, Ian Fleming, pretendía dibujar una “criatura de su época” y gracias al cine el hijo del escritor ha terminado por transformarse en prototipo de hombre deseado durante muchas décadas, al punto de que la posible desaparición de este personaje interferiría de manera inaudita en la vida de terrícolas espectadores y afines. Como apunta Piergiorgio M. Sandri: “Ha sobrevivido a la caída del Muro de Berlín, a los atentados del 11 de septiembre del 2001 y a la era de internet. James Bond sigue al pie del cañón. Hace tiempo que James Bond se ha convertido en un caso de estudio.”

En tanto que figura simbólica de importancia, James Bond tiene también sus detractores. Por supuesto, mujeres solidarias con las víctimas del seductor verdugo. ¿Feministas obstinadas? No del todo. Para el escritor Kingsley Amis, que fue especialista en Fleming, “Bond es simplemente un hombre sin cualidades”. Lo que tampoco deja de ser cierto, pues, visto desde hoy, el héroe bondiano es arquetipo de una modernidad líquida que nos invade, en la que todo fluye y volatiza al instante sin dar posibilidad a un pensamiento culto ni al ejercicio de los valores más universales. Hombres, física y anímicamente, opuestos a nuestro héroe, también lo han criticado. “Bond me es antipático”, llegó a decir el mismo Sean Connery, el insigne actor escocés que dio imagen real al agente 007. “Si fuera por mí lo haría enfermar de reumatismo y transportar por un par de muchachas en el próximo episodio.” Y sigue: “Es poco humano e incapaz de verdaderos pensamientos y sentimientos. Cuando me veo sobre la pantalla en el papel de Bond me dan ganas de reír y espero de todo corazón que no exista un tipo como él.”

Qué lejos estaba de imaginar el actor, cuando en los años sesenta se atrevió a liquidar a su álter ego en la pantalla, que la humanidad no tardaría mucho en quedar inmersa en el mundo tecnológico de aquellos utensilios, juegos y aparatos mágicos que la serie Bond preconizaba y que el famoso ídolo continuaría manteniendo clubs de fanáticos y se convertiría en un objeto de estudio para intelectuales de la talla de Umberto Eco, Oreste del Buono, Hélène Cixous y cientos de especialistas de ambos sexos dedicados a profundizar sobre el fenómeno Bond, hoy en día más desafiante que nunca. Y lo que resulta si cabe más llamativo es que actores de gran altura, desde Alain Delon a Brad Pitt pasando por Marlon Brando, Harrison Ford o George Clooney consiguen ser falsificaciones suyas. Visten, aman y se mueven al estilo Bond. Se comportan con el talante canalla que identifica al maestro y cuidan una juventud eterna que el mismo Bond –pese a ser varios los actores que lo han caracterizado– quisiera para sí. A decir verdad, se trata de un hombre poco de fiar, duro y superficial y, como apunta Chiara Simonelli, “alérgico a las relaciones estables”. Un hombre con el que las mujeres buscan competir en un duelo satánico y poder vencerlo. Un compañero práctico, activo y protector para un rato. Como si ellas dijeran que para inteligentes ya nos bastamos solas. Pues bien, aquel héroe del siglo pasado que enloquecía a románticas, casaderas, solteronas y bribonas pasó hace tiempo a la historia. Con todo, James Bond sigue siendo inmortal. Ni Gregory Peck, David Niven, Tony Perkins o Cary Grant, galanes cultos y amables hasta el paroxismo, volverán a tener la misma suerte en la historia seductora de los amores eternos de película.

También la mujer Bond está llena de contradicciones. Por un lado, es adorable hasta la saturación además de encontrarse dotada con los atributos de las heroínas salidas de la pluma de los grandes poetas griegos de la antigüedad. Esquilo, Sófocles o Eurípides estarían hoy en día encantados de conocerla. Puede ser sabia, hábil, valiente, decidida, abnegada y fiel a su amado pero también maligna hasta lo inverosímil. Extrema y desmesurada. Siempre hermosa, pero tan galáctica, intensa, extravagante y atlética como la mujer actual que se mueve por las ciudades que habitamos. Al igual que las antiguas divinidades, se encuentra en posición de debilidad respecto al hombre Bond. Especie de dios todopoderoso contra el cual pelea y, en ocasiones, vence. Las hijas y hermanas virtuales de la tragedia griega se van pareciendo cada día más a sus ancestros. Especialmente porque, a medida que avanzan las películas, la compañera Bond va manifestando una personalidad cada vez más intensa, una mayor profundidad de pensamiento y envidiable complejidad psicológica.

Fleming y su producto fueron acusados de machismo y misoginia a pesar de que las mujeres Bond, buenas y malas, fueran copiando muchas de las pautas de las grandes semidiosas de la antigüedad. Una de ellas se llama Elektra y la mayoría lleva nombres de tragedia moderna o tecnológica. Por supuesto, cargados de simbología. ¿Pensó su autor en los mitos griegos al crear a sus ninfas? La Medea que Eurípides presenta en su obra es también una mujer que defiende su derecho a ser tomada en cuenta. Medea representa la lucha del amor contra el poder. Así actúan también las mejores Bond de la afamada serie cuando imitan con frases antológicas el famoso monólogo de Medea a las corintias: “Tres veces formar con el escudo preferiría yo antes que parir una sola […] Pues la mujer es medrosa y no puede aprestarse a la lucha ni contemplar las armas, pero, cuando la ofenden en lo que toca al lecho, nada hay en todo el mundo más sanguinario que ella.”

Si Bond goza de los atributos del padre de los dioses de la mitología griega, las mujeres Bond se comportan, ni más ni menos, como aquellas diosas del Olimpo de nombre inolvidable: Atenea, Hera, Artemisa, Afrodita o Hestia. El espía 007 cautiva al espectador por sus hazañas en misiones imposibles en las que siempre triunfa. Por su lado, las mujeres Bond, llamadas Honey, Vesper, Elektra, Jinx, Sévérine, Aki o Natalya, movidas generalmente por sentimientos complejos, seducen al personaje equiparándose de igual a igual a las gestas imposibles de aquel, perpetrando crímenes y ejerciendo de perversas divinas. Con todo, décadas después de su aparición, la idea de Bond como el héroe perfecto del imaginario femenino ha ido decreciendo. Ellas, sus compañeras o enemigas, han contribuido a suplantarlo, colocándose en su lugar o, incluso, despreciándolo.

¿Por fin iguales: Mr. y Mrs. Bond? Vamos a verlo.

Ya en los inicios de la aparición del agente, Ian Fleming presentaba en sus libros a una mujer fuerte y con necesidad de ser escuchada, hacer notar su presencia y simbolizar su valentía, inteligencia e ingenio. A imagen y semejanza del James Bond de turno, ella misma se irá convirtiendo en imagen de la mujer del futuro. Decidida y solitaria. Humillada y vengativa, especialmente con su héroe, y cuando mata o engaña será siempre a causa de él. La Bond debe luchar contra todos: amantes, villanos, bandidos, asesinos, maridos. De tal manera que, si ella es malvada, no hay comparación entre su temperamento infame y la personalidad psicótica del contrario. Pero su perversidad tiene un límite sentimental. Tal es el caso de Vesper Lynd, la mujer que en Casino Royale logra enamorar definitivamente a Bond, la bella apasionada, maligna y astuta Vesper, que terminará suicidándose por amor al egoísta, cínico y ambicioso Bond. Pese a sus objetivos malévolos, ella será ante todo una mujer enamorada.

Acaso por esta razón o por seguir el signo de los tiempos, en películas posteriores el agente ganará mayor complejidad de temperamento, será más correcto con el sexo femenino y la mujer irá dejando de ser un simple objeto de deseo para convertirse en ¿un fantasma?, ¿una colega del trabajo? Este será el misterio a desentrañar a partir de Skyfall, la más reciente entrega de la serie.

Muchas profesoras, actrices, estudiantes en la red, escritoras, médicas, investigadoras, etcétera, han reconocido que Bond tiene mucho atractivo entre las mujeres. Unas lo quieren como marido, amante o padre de sus hijos. Otras, sin embargo, lo denigran y tratan de estúpido e histérico: “Bond cumple con ciertos estereotipos y a las mujeres nos importa cada vez menos.”

Claro que siempre hay excepciones.

Un día cualquiera del año 2007 la presidenta de Sony Pictures llamó por teléfono a Angelina Jolie.

–¿Te apetece ser una chica Bond?, le preguntó.

–No –respondió Jolie–. YO QUIERO SER BOND.

De forma terminante, la actriz expresó que quería el papel exacto del agente más taquillero del mundo. Evidentemente, no pensaba conformarse con ser la chica Bond espectacular. Aquella novia por turnos del seductor villano. La segundona. La inferior con respecto a Bond. La mujer Bond llamada Angelina Jolie, compañera de Brad Pitt, madre infinitesimal, viajera del mundo y de los desfavorecidos, la bella entre las bellas, la mítica, la atormentada, la rebelde, la tatuada, la gótica, la nueva posfeminista, manifiesta de forma tácita que quiere el papel del espía Bond. Una Bond sin falo pero Bond al cabo. La destrucción de Bond. Y, en efecto, lo sorprendente es que de alguna manera y, tal vez, a pesar suyo Jolie irá consiguiendo su propósito. ¿La metamorfosis de Bond o su leve desaparición?

La rebelde fundará su carrera interpretando papeles duros y violentos en una constante fuga del estereotipo de la novia de América.

“He crecido con las cintas de 007, mi pasión secreta –dijo Jolie–. De pequeña soñaba con ser una Bond femenina.”

Un internauta que ha comentado la biografía secreta de Jolie escrita por Andrew Morton, de donde he obtenido esta información, agrega: “Cuando en otra ocasión le preguntaron a Jolie quién era su modelo de interpretación dijo: Al Pacino o Brando.” Si lo damos por cierto, la ambición de la actriz no es tan sorpresiva como parece. Retrocediendo a otras épocas, en el siglo pasado, cuando preguntaron a la escritora Virginia Woolf quién era su modelo de escritor dijo: Henry James. Y dos siglos atrás, cuando sonsacaron a Emily Dickinson para que revelara qué poeta quería ser, ella respondió sin titubeos: William Shakespeare.

Nace la Bond mujer. La Jolie se ha ocupado ella misma de convencernos. Cuando la prensa escrita se ha hartado de hablar de la chica Bond como reclamo sexual y necesario para volver más interesante la mítica serie, actrices y hasta ejecutivas actúan y visten como iconos bondianos sin otra preocupación que la de seguir siendo ellas mismas. Aun cuando el primer movimiento feminista atacó a aquellas señoritas desvaídas o malvadas porque utilizaban su belleza para entregar sus encantos al villano, siendo además “preciosos floreros de colores, olores y formas”, el eco Bond resucita, a pesar suyo, lo mejor de la mujer postBond. Los argumentos de los sucesivos directores de la serie son otros. El cambio social ha tenido una gran influencia en la mutación del agente 007. Para muestra la película Skyfall (2012), en la que una aparición pasajera –cinco minutos en total– de la hermosa y exótica Sévérine es todo lo que el melancólico Bond y sus espectadores pueden disfrutar de ella.

Qué distinto era cuando en 1962 apareció en pantalla Honey Ryder (Ursula Andress), saliendo del mar, con bikini blanco y cuchillo colgado de la cintura. Una nueva Eva nacía en el universo tecnológico futuro. ¿Lo sabían los directores, guionistas y productores de El satánico Dr. No? ¿Lo sospechaba su autor? Ni siquiera podían prever hasta qué punto realidad y ficción llegarían muy pronto a confundirse en la vida real cuando mujeres y chicas Bond viven, trabajan y pasean a diario con la misma libertad y provocación que las divinas bondianas mitológicas. Después de Honey fueron sucediéndose más de una veintena de prototipos de chicas Bond y todas –rubias o morenas, blancas, amarillas o negras– han logrado configurar el abanico de la mujer moderna que se mueve a su aire por el orbe del nuevo milenio.

Sin duda, la belleza suprema era una de las principales cualidades que debía poseer una Bond. Nada más fácil hoy en día cuando la cirugía estética obra milagros. Y del mismo modo que el canon de belleza femenino ha ido variando sutilmente en cada película, la inteligencia, otra de las cualidades de la mujer fantaseada en la obra de Fleming, también ha ido evolucionando desde la primera Honey, aventurera enamorada, pero tradicional, hasta lady Jinx (Halle Berry), de la que se ha llegado a decir, con razón, que es la versión femenina del 007 y, también, que en muchos casos lo supera. Ignoro lo que pensaría Fleming de haber sabido que la chica inofensiva de Dr. No, la dulce Honey, se iría reproduciendo en una variedad fantástica de figuras femeninas, duras, es verdad, pero cada vez más emancipadas, valerosas e inteligentes. Sin olvidar a la secretaria enamorada de James Bond, Moneypenny, que sí lee libros, ni a la superagente M (de 67 años) interpretada por la magnífica Judi Dench y cuyo parecido con la exministra francesa Simone Veil o la misma Simone de Beauvoir es notorio. Alternando estas mujeres Bond sus personajes clásicos con los de las mujeres explosivas pero dóciles respecto al hombre, muy pronto las sucesivas musas terminarán adquiriendo su propia entidad individual. Compiten todas con el héroe hasta que al llegar a las últimas diosas de la saga formarán ya parte de la trama esencial y sobresaldrán en muchos casos sobre su 007 masculino.

Según los críticos hay un abismo entre la primera chica Bond, Honey, “que simplemente pasaba por allí” y se puso a seguir a Connery, y la espía Berry que, en Otro día para morir (2002), se ocupa de salvar a nuestro héroe, pelea bien y en ocasiones gusta mucho más que Pierce Brosnan. Y por si fuera poco, tiene la naturalidad de replicarle al héroe: “Soy una chica a la que no le gusta que nadie la ate.”

En otro significativo diálogo de esa cinta, Verity (Madonna), profesora de esgrima, dice sutilmente al agente Bond que los hombres no le interesan. Y antes, en 1985, May Day (Grace Jones), la chica Bond menos sexi de la historia en opinión de algunos cinéfilos, en otra película titulada En la mira de los asesinos, adquiere tal importancia en pantalla que consigue opacar al mismo Bond. También existirá la mujer Bond con ideología propia y personalidad política muy definida como es el caso de la mayor Anya Amasova (Barbara Bach), en la película La espía que me amó, considerada agente de primera categoría, que será tan respetada en la kgb como lo es 007 en el servicio secreto de su Majestad. La espía soviética defiende los intereses de su país, lo que no le impedirá caer en brazos de Bond por un largo rato. Pero no solo es capaz de salvar la vida de su oponente sino que logra dominarlo en los diálogos letales. El propio Bond le dice a su chica de turno, la gran Bond con carácter Tatiana Romanova, en Desde Rusia con amor, cuando esta le reprocha su frialdad: “Es lo que me mantiene vivo”, a lo que ella le responde: “Es lo que te mantiene solo.” Buen florete.

Gracias a la glamorosa y compleja multiplicidad de mujeres Bond –un grupo que tiene a Halle Berry en la cima– los productores del agente 007 han conseguido, acaso sin ser demasiado conscientes de ello, que las espectadoras de cada entrega se muestren más interesadas por las mujeres Bond y algo menos por el desleído agente. Por impactantes y sofisticadas que sean algunas heroínas ya no aparecerán como princesas de cuento al estilo de las primeras películas, sino más bien como mujeres corrientes. Uñas sin manicura, a veces vestidas con toque masculino y poco maquillaje. La chica Bond se ha superado a sí misma. Y de qué modo. Surgen en una película y, mueran o sobrevivan en ella, ya nunca repetirán un mismo perfil. La mujer Bond es única. Y, al mismo tiempo, todas somos Bond, parecen anunciarnos, si quitamos de la lista a la agente M, en su fuerte papel de madre castradora del espía 007 y a Rosa Klebb (la cantante Lotte Lenya) ejerciendo el papel de mala por excelencia. De ella decía su marido, el también famoso músico Kurt Weill: “Es una pésima ama de casa pero excelente actriz.” Palabras que podrían salir de la misma boca de Bond.

Recordemos de nuevo la imagen de Berry en Otro día para morir, con bikini de color naranja, pelo recortado, mirada dura, cuerpo espectacular, vigilante de playa, sí, pero sin los atributos triviales de una Pamela Anderson, y, cómo no, con cuchillo colgado a la cintura, en clara réplica a otros tiempos felices. La Honey del siglo XXI reencarnada en Berry. Y, esta vez, sin salvavidas.

Me pregunto si no fue precisamente la competencia ingrata de las chicas Bond con el divo la causa por la que la serie del 007 pareció haberse estancado por un tiempo. Al parecer andaban buscando actores Bond que estuvieran a la altura de las mujeres Bond. Connery, siempre crítico con Bond, seguramente sigue echando en falta que a su doble en la pantalla “no se le vea nunca con un libro en la mano o guardado en su maleta, mirando un cuadro o encargando una localidad de teatro”. Después de él ha habido tantos tipos Bond como posibles actores capaces de mantener la marca para la eternidad.

Sucede simplemente que también el héroe Bond se ve afectado por el cambio social de un sistema en el que han dejado de primar los valores culturales esenciales. Bond con su aureola de hombre imposible ha calado en muchos jóvenes deslumbrados por la imagen de hombre duro y superficial, desde deportistas impecables a modelos urbanos y campestres de la era metrosexual. Jóvenes y menos jóvenes que cuidan su cuerpo por encima de su espíritu, usan cremas, se hacen la manicura, se depilan, se maquillan, visten como figurines, y se mueven a su aire de pasarela con el estilo propio del que lo puede todo. El bótox y demás inyectables decorativos que las mujeres utilizan con facilidad son también recursos frecuentes en el hombre interesado por la importancia del físico en una sociedad en la que la imagen parece ser la mejor tarjeta de identidad. Ese cierto aire entre ejecutivo y playboy les resulta vital y necesario. Espías y directivos apenas se distinguen. Todos juegan a ser actores de películas americanas. A comienzos del siglo XXI el modelo Bond sigue siendo patrón de un hombre atlético, bronceado y menos caprichoso con las mujeres. Ahora en muchos casos sucede a la inversa. Mira qué macho soy equivale a decir mira qué sexi soy. Se publicitan cuerpos, músculos calificados con diez. La imagen del hombre en los medios publicitarios ha evolucionado tanto o más que la de la mujer pero, en algunos casos, en sentido inverso. Si los calendarios de mujeres sexis estaban reservados para varones ya casi es un lugar común ver a hombres en ellos enseñando su cuerpo y otros atributos. Los strippers han pasado a ocupar el lugar primordial en las despedidas de soltera o fiestas similares. Algunos hombres atractivos (qué difícil ahora es no serlo) mueven su esqueleto de manera tan sensual como cualquier mujer subida a un podio. Hombres y mujeres quieren (¿necesitan?) estar a gusto con su físico y lo cuidan como si de modelos se trataran. Es posible que, debido al auge de las mujeres Bond, el hombre haya decidido ser él también objeto de deseo ya sea por gusto o por necesidad de compensar el vacío que ellas han dejado en el hogar matrimonial.

Desde el punto de vista masculino, la evolución de la chica Bond en mujer Bond, de esclava a guerrera, de chica a mujer, es comentada de dos maneras contrapuestas. Para algunos hombres la aparición de personajes femeninos tan activos quita encanto a las películas. Al parecer, las chicas pasivas hacen que Bond sea más Bond. En suma: más estúpido, como diría Sean Connery. Para otros muchos, ver a mujeres bellas, exóticas, futuristas, luchadoras les ofrece mayor divertimento y placer cinematográfico. No se detienen a analizar más allá. Por ejemplo, que el increíble Bond pueda ser retado o superado por la nueva mujer contemporánea.

Si el estreno de la primera película de la serie (1962) coincidió con el inicio de los movimientos feministas más importantes, su éxito no evitó que fuera recibida por la corriente feminista como ejemplo supremo de falocentrismo masculino. En los tiempos cumbres del movimiento en defensa de la liberación de la mujer, la ninfa en bikini fue vista como modelo de hembra sumisa, mera pieza decorativa que solo después de conquistar por completo a su príncipe se permitirá tener relaciones sexuales con él. Empieza siendo su guía en la isla ante la persecución del enemigo, para acto seguido pasar a ser la “mujer florero”, según destacaron las plumas adversas. Pero en realidad, ¿es Honey Ryder la señora típica con la que Bond pretende casarse? Francamente, no lo veo así. Por el contrario, marca un papel de aventurera exitosa y con cuchillo al cinto para defenderse. Y no digamos la primera mujer con la que Bond se enfrenta en la misma película: Sylvia Trench, la rica jugadora de cartas que utiliza su suerte en el casino para atacar a Bond. “Admiro tu coraje –le dice él–. Parece como si quisieras derrotarme.” Luego, cada uno a lo suyo hasta que, ya en la noche, nuestro agente llega a su habitación de hotel y, para su sorpresa, se encuentra a miss Trench vestida solo con la camisa blanca del guerrero y dispuesta a comérselo en un segundo. Se ha hablado de violación, en este sentido. Yo hablo de libertad sexual. Se ha hablado de sumisión de la amazona cuando en realidad es más una decisión de la mujer que se anticipa a Bond en el deseo y en el mando. Ella hace su santa voluntad con el contentamiento de su cuerpo.

Naturalmente, cada vez que James Bond se encuentra con un personaje femenino correspondiente a su canon de conquistador, quiere acostarse con ella y privarla de su magia seductora. No es nuevo, sino casi prehistórico. La primicia está en que, a medida que avanzan las entregas de la serie Bond, son las mujeres las que le van ganando la partida. Menos preocupadas por marcas de coches y otras bagatelas que excitan al 007, las mujeres Bond educan sus cuerpos acordes a sus cabezas bien amuebladas creando de su persona una especie de mujer futurista, androide, solitaria a veces, y siempre más preparada de lo que cualquier otro agente pueda estarlo. ¿Silencian sus sentimientos amorosos estas mujeres? En realidad, los expulsan sin miedos, una vez se han alimentado sabiamente de ellos.

Las mujeres de la última etapa Bond son en su mayor parte auténticas heroínas feministas après la lettre. Próximas a la visión que la filósofa y científica norteamericana Donna Haraway ofrece del individuo actual: “Estamos experimentando cambios tan profundos en la producción de la raza, el género y la sexualidad que son equivalentes en fuerza de transformación a aquellos que se produjeron durante la revolución industrial.” La autora de Un manifiesto cyborg califica nuestra era de “tiempo mítico”, donde “todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en unas palabras: somos cyborgs”. Afirma también que la idea de que las máquinas pueden contribuir a la liberación de la mujer es algo que las feministas deberían considerar. Prefiero ser una cyborg a ser una diosa, es la conclusión de la científica.

Es evidente. Algo ha cambiado en James Bond, sobre todo desde la aparición de Daniel Craig, de quien se dice que ha ido modificando, en parte, algunos de los rasgos más clásicos del carácter del personaje. En palabras de David Black, presidente del Club Internacional de Fans de James Bond: “Bond ya no hace cosas que socialmente hoy serían menos aceptables. Creo que trata mejor al sexo femenino. Es más educado.” Pero la cúspide de esta pequeña revolución bondiana la protagonizó el mismo actor Craig cuando, en ocasión del Día Internacional de la Mujer, participó en una campaña denominada “Equals”. En el video, disponible en YouTube, James Bond (Daniel Craig) con tacones, peluca y vestido de mujer, reflexiona, junto a su jefa (Judi Dench), sobre la necesidad de superar las diferencias de género. Merece la pena verlo.

La última película de la serie (Skyfall) pone en solfa, con la ironía característica del fenómeno 007, varios de los elementos aquí señalados. El papel principal de la protagonista ya no es la chica Bond por excelencia, sino todo lo contrario. El papel recae en la casi anciana agente M, jefe inseparable de nuestro héroe más parecida aquí a la directora gerente del Fondo Monetario Internacional cuando no a la abuela feliz y mandona de familia numerosa. También es digna de mención la presencia del agente Q (Ben Whishaw), joven adolescente con ínfulas de repelente superhombre tecnológico que es desafiado por el experto en gadgets sofisticados, James Bond, quien, sorpresivamente, logra matar al villano con sus prehistóricas armas de defensa escocesas consistentes en un cuchillo de pastor, una escopeta de cazar liebres y pólvora para petardos. No es menos importante el regreso de Eve Moneypenny (Naomie Harris), la secretaria lectora, que procederá como tal aunque, a diferencia de la primera Eve, en lugar de leer libros y maquillarse los labios es versada en disparar con cañón supersónico y manejar un todoterreno asumiendo riesgos mayores que el más afamado piloto de carreras de la historia.

Por primera vez descubriremos a un Bond envejecido, soltero, cansado y depresivo que regresa al hogar de su infancia (Escocia) donde, tal vez, resucitará de nuevo.

Un Bond melancólico, sin duda. Casi humano. ~