Jorge Hernández Campos (1919-2004)

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Cuando muere un amigo, el listado de sus hechos, de su obra, su currículum importan nada. Aparecen y vuelven repetidamente ciertos pequeños recuerdos, algunos fragmentos de conversaciones, gestos –cierta sonrisa maldosa, inteligente, contra la petulancia de algún incómodo comensal– y una tristeza que parece venir de los huesos y alacia el cuerpo. Y así,
guango, el recuerdo vive para sus caprichos y no obedece a la voluntad.

No puedo sacarme de la cabeza una escena que me contó Jorge de su estancia en Madagascar: había sido invitado a una reunión con jóvenes comunistas, todos copias fidelísimas del Che Guevara: barba rala, boina y vacíos nebulizadores para un asma que no padecían. “Imagínate, ya con unas copas encima, ver un grupo de cinco ches guevaras borrachos preparar entre murmullos la futura insurgencia del pueblo y la inminencia de tu muerte.” Poco a poco, Jorge se fue quedando aislado; preguntaba sin obtener respuestas, nadie quería hablar con él: “Total que tuve que escaparme. Habían decidido que yo era un agente de la CIA.”

Es una anécdota como tenía decenas. Sin embargo, lo pinta de algún modo: Jorge siempre fue distinto. No se parecía a nadie. Dotado de una inteligencia muy aguda, hirsuta, a veces desbaratada, no resultaba fácil lidiar con su intermitente ideología –¿qué hacía Cicerón en el PRI?– ni con su percepción del Estado, por ejemplo, pero quién podría olvidar, si los leyó, aquellos momentos en que se ocupaba, ya de la dictadura en Rumania, ya de la idea ciceroniana de Estado, o de alguna prodigiosa alucinación de fiebre durante la cremación de un amigo, mitad burlas, mitad veras. Podía ser duro, atrabiliario, enojón; sus enemigos se enteraban pronto de cuánto pica una puya, pero siempre había una persona en juego, arriesgándose a pensar por cuenta propia y, encima, de frente a uno de los más acobardantes temas: el poder. A diferencia de la hipocresía del “hombre bueno”, Hernández Campos nunca rehuyó su fascinación con el poder. A ello debemos al menos dos portentosos poemas: “El presidente” y “Padre, Poder” (ambos en La experiencia). Su poesía podrá ser escasa, poca, pero es extraordinariamente alta. Nunca será un poeta popular, y tal vez mejor. Su música difícil, la descarnada verdad del autoescarnio, esas escenas de desolación y, de nuevo, esa musicalidad tan reacia y penetrante. Cosas así se han dicho de muchos poetas. Vuelvo a mi imagen: Jorge, solo, entre abundantes ches guevaras chaparros, igualitos…

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