La derrota de Kasparov

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El sonoro fracaso del Ogro de Bakú, Garry Kasparov (1963), en su intento de refrendar el título de campeón mundial de la Asociación Profesional de Ajedrez (PCA) —organismo que él mismo fundó, tras su polémica renuncia a la Federación Internacional de Ajedrez (Fide)—, ante su ex alumno Vladimir Kramnik (1975), ha causado desconcierto y revuelo en el mundo de este juego de juegos (juego de los reyes y, para muchos de nosotros, rey de los juegos). Causó también, no me cabe la menor duda, el regocijo sin límites de su acérrimo rival de siempre, fuera y dentro del tablero, Anatoly Karpov (1951), campeón de la Fide. En quince partidas —trece tablas y dos victorias indiscutibles de Kramnik—, Kasparov mostró poco más que inercia, conformismo, cansancio, impotencia, en contraste abierto con la solidez teórica, la imaginación estratégica, la seguridad psicológica, la brillantez técnica de Kramnik, quien ya había derrotado a su maestro varias veces en torneos magistrales. En una de esas ocasiones, hace años, Kramnik, conocedor del Ogro de Bakú por dentro como pocos, declaró que, en su opinión, el juego de Kasparov se había visto muy afectado por su divorcio. Ahora, postmortem, Kasparov trató de justificar su fracaso con el argumento extradeportivo de encontrarse enfrascado en otro match: el pleito legal por la custodia de su hija. Ciertamente es riesgoso jugar simultáneas ante un retador y ante los tribunales, pero eso debió calcularlo Kasparov a tiempo. La desidia decepcionante de su juego, superada apenas en unas cuantas partidas, como la decimocuarta, llevó a algunos suspicaces a plantear la hipótesis de que el match estaba amañado, que el maestro prefería ceder el cetro y la corona a su ex discípulo. Pero eso implica una valoración injusta de la honestidad y el talento de Kramnik, tanto como de la fuerza de carácter, el espíritu de victoria y el amor al ajedrez que siempre han caracterizado a Kasparov. Sin embargo, su conducta ajedrecística y deportiva no deja de ser cuestionable, reprobable incluso. Aparte de su gris actuación, cometió la arbitrariedad de cerrar las puertas a Alexei Shirov (1972), heredero de las complicaciones posicionales y la imaginación combinatoria de Tahl, y retador por derecho propio al título, con el extraño argumento de que un match contra él carecería de espectacularidad. No es aventurado suponer que, en las actuales circunstancias, mucho más espectacular que el match Kasparov-Kramnik habría sido un match Kramnik-Shirov. Al descartar así a Shirov y elegir a Kramnik, Kasparov recordó la nefasta actitud de Alekhine, quien después de destronar a Capablanca se negó sistemáticamente a darle la revancha y sólo expuso la corona ante maestros inferiores a ellos dos, como Bogoljubov y Euwe.
     Crítico de la Fide como Fischer, Kasparov hace retroceder paradójicamente los estatutos de la PCA a esa época monárquica e infantil en que el título de campeón mundial de ajedrez era una propiedad y el propietario decidía quién entraba en su reino para jugar contra él, bajo condiciones de juego caprichosas e imperialmente dictadas de antemano. En su pecado, Kasparov ha llevado la penitencia. Tras su derrota declaró que lo único que le importa es recuperar el título lo antes posible. Por supuesto, ni siquiera consideró la posibilidad de que Kramnik lo descarte como retador, con el argumento de que un nuevo match contra él puede ser tan poco espectacular como el que acabamos de presenciar.
     Ojalá que, además de prepararse adecuadamente para desplegar el juego deslumbrante al que nos tiene acostumbrados —sólo comparable al de los verdaderos titanes del tablero: Morphy, Lasker, Capablanca, Alekhine, Fischer, Karpov—, Kasparov encuentre en esta hora crítica la serenidad necesaria para la recapacitación autocrítica. Por su rating se mantiene como el número uno del mundo. Pero es triste que el número uno del mundo ponga la corona por encima de la humildad y la moral en un juego que, entre otras cosas, nos ofrece esas preciosas lecciones. Kasparov tocó fatalmente una pieza contra Judith Polgar y no la movió; perdió una partida contra Karpov y al abandonar furioso el salón derribó a un reportero; perdió un match contra el monstruo cibernético Deep Blue y volvió a enfurecerse, etcétera. En uno de sus libros ejemplares, escribió Kasparov: "Por su carácter multifacético amo todavía más el ajedrez. Precisamente con la belleza, con el brillo de sus golpes tácticos, el ajedrez me fascinó desde la temprana infancia. Pero llegó el momento de competir con otros, de participar en torneos: fue mi inicio en la senda del deporte ajedrecístico. Hoy como antes me gusta jugar partidas bellas, pero no me es indiferente qué puesto ocuparé en la tabla. Quiero vencer, derrotar a todos, pero estoy obligado a hacerlo con esplendor y en una lucha deportiva honesta". Que así sea. Esperemos que tampoco eche en saco roto la frase de Capablanca: "En general, se aprende más de los juegos que se pierden que de los juegos que se ganan". Frase que, acaso, vale también como norma para la vida misma. –

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