La primavera árabe

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Por la mañana: eso del cambio climático

En los entramados pasillos cubiertos del zoco Al Hamidiyeh, el corazón comercial de esta añeja Damasco que se disputa con Jericó, entre muchas otras cosas más, el título de la ciudad continuamente habitada más antigua del mundo (por lo menos ocho milenios), la actividad comienza al despuntar el alba. Entre las columnas restantes del templo romano dedicado a Júpiter, la tumba de Saladino, los muros de derruidas iglesias bizantinas y señoriales palacios otomanos construidos sobre restos griegos y asirios, lo mismo van que vienen peregrinos iraníes cantando desgarradores loas al imam Alí, grupos de turistas europeos con cámaras fotográficas colgando del cuello (cada vez los menos) y damascenos de toda calaña cargados de compras. Todos se entremezclan en oscuros callejones solo iluminados por lámparas de gas y furtivos rayos de sol que logran colarse a través de los agujeros que ostenta el techo de hierro, esculpidos por la artillería francesa durante el período de la ocupación como respuesta a una primigenia revuelta árabe.

Ahí, unos y otros pasean, ufanos o humildes, por completo absortos pero al mismo tiempo plenamente conscientes de su entorno. Escapando y siendo atrapados en la misma medida por las miradas astutas y la voz seductora de sus tenderos y marchantes que desde siempre han sido los dueños y señores de ese laberinto sin salida. Durante las mañanas de este año, sin embargo, algo extraño se viene cerniendo sobre ese universo paralelo al resto del mundo. Un ambiente enrarecido, ajeno a los aromas primaverales del azahar y del jazmín, puebla esos pasadizos que con el paso de los días lucen más vacíos que de costumbre. “Pobres de nosotros, este año la primavera ha llegado antes de lo habitual, puede que sea cierto eso que dicen del cambio climático o que simplemente el aire a nuestro alrededor esté cambiando”, me dice con un tono melancólico, tan usual entre los habitantes de esta ciudad, Hussein, un quincuagenario de tupidos bigotes que todas las mañanas viene al zoco desde su pequeño pueblo localizado a una veintena de kilómetros para vender lo que puede de su humilde cosecha de tomate y pepino, este año particularmente magra a consecuencia de las cortas lluvias que sobrevinieron a una prolongada sequía.

Y es que Hussein tiene toda la razón, la primavera llegó a esta parte del mundo mucho antes de lo esperado; en algunos casos, como el de Túnez o el de Egipto, justo a la mitad del invierno. Algo que en principio, desde Damasco, se vio con incredulidad y reticencia pero que poco a poco fue captando la atención de todos y comenzó a verse como un aliciente de tiempos mejores, de clima benigno después de un largo período de penumbras; un presagio del esperado cambio. No obstante, ahora que esa motivante primavera ha llegado finalmente a Siria, tanto literal como metafóricamente, las conciencias están divididas por el miedo. Y como Hussein, toda Damasco espera impaciente e incómoda pero nunca indiferente el desenlace que esos altibajos del cambio climático habrán de traer consigo.

 

Por la tarde: lo que está in y lo que está out

De acuerdo con el número especial de primavera de la edición estadounidense de la revista de moda Vogue, Asma Al Assad, la esposa del presidente sirio Bashar Al Assad, es “una rosa en el desierto”, “la más fresca y magnética de las primeras damas”. En una entrevista inédita de tres mil palabras aparecida en la publicación mensual el pasado marzo, la mujer nacida en Londres, hija de diplomáticos y de confesión suní quien, a ojos de muchos, en particular de aquellos que lo apoyan, es la mejor cara del régimen de partido único del país, la de la apertura económica y la modernidad, afirmó que en su casa priman principios democráticos; “todas las decisiones las sometemos a votación”, declaró, pudor aparte.

Tal derroche de esfuerzos de la maquinaria de relaciones públicas del gobierno, que a los pocos días generó una irónica respuesta por parte de los editorialistas del diario Wall Street Journal bajo el apto título “La esposa del dictador calza Louboutin: la revista Vogue erró la tendencia, los tiranos de Oriente Medio están out esta temporada”, fue sin embargo recibido con beneplácito en los bulevares plagados de tiendas y restaurantes de Abu Rumani, el barrio predilecto de la burguesía local. Ahí, cada tarde, las terrazas se llenan de humo de narguile y tazas de café turco, de conversaciones irrelevantes en donde la disidencia no tiene lugar.

“Para mí [la primera dama] es un ejemplo de lo que Siria representa como país, es nuestra visión del futuro y símbolo de nuestra fortaleza y unidad. La verdad es que me siento muy orgullosa de la entrevista en Vogue, es bueno que en occidente escuchen nuestra voz y qué mejor manera de hacerlo que a través de Asma”, confiesa Zeinab, una veinteañera de coquetos ojos verdes e inmaculada belleza que como todos en derredor habla perfecto inglés, ha estudiado en Europa y se identifica con lo declarado por la esposa de su presidente. Zeinab es parte de esa élite que no entiende a Siria si no es a través de los cuarenta años de gobierno de la familia Al Assad; representa a ese minúsculo reducto de los 22 millones de habitantes del país que bien puede ser cristiano, druso, suní o, sobre todo, alauí y el cual se ha visto beneficiado, social o económicamente, por el padre, Hafez, o por el hijo, Bashar. Ese grupo de personas para quienes el omnipresente aparato de seguridad del partido Baaz, opresor de libertades, que va de paisano y actúa con impunidad, respaldado por el estado de emergencia bajo el que vive Siria desde 1963, no representa amenaza o vulnerabilidad alguna sino, todo lo contrario, protección y garantías. Esa gente que al terminar su café y sus pláticas inocuas se aventura a explorar los escaparates de las boutiques de moda en donde se exhiben las prendas de la temporada primaveral, en las que un vestido se vende por 60 mil libras sirias (diez veces el salario mínimo establecido).

 

Por la noche: colorín colorado este cuento (no) se ha acabado

Pasó una semana entera después de que se bañaran de sangre las calles de la sureña ciudad de Deraa, cuna de las protestas que claman mayores libertades civiles en el país, por no hablar de mejoras sociales y de oportunidades además de clemencia económica, antes de que el presidente sirio, Bashar Al Assad, hiciera una aparición pública. En punto de las diez de la noche, Damasco comía ansias, todo era silencio; los cláxones de coches que clamaban larga vida al régimen y que se habían convertido en el sustituto imbatible de los cantos del muecín para llamar a la última oración del día eran ahora tan sublimes como las calladas voces de protesta que evitando ser oídas por las paredes musitaban su alegría ante la llegada de la primavera.

En el barrio trabajador de Mezze Jebel, la casa de Hervin, una activista kurda desprovista de nacionalidad siria, como la mayor parte de sus compatriotas, era un hervidero de ideas. La anfitriona, de escasos treinta años de edad y franca sonrisa, maestra de árabe clásico en un colegio privado, fue liberada la víspera, después de permanecer quince días detenida en una cárcel de máxima seguridad junto con varios de sus compañeros. La razón: haber participado en un plantón silente frente al Ministerio del Interior solicitando clemencia para los presos políticos. La comparecencia de Al Assad frente a la Asamblea del Pueblo duró mucho menos que el tiempo de espera; su contenido, precedido de grandes expectativas por presuntos anuncios relativos a la reforma política, resultó hueco. “No lo puedo creer”, atinó a decir, con voz entrecortada, Hervin.

Los días y semanas siguientes han estado inundados de incertidumbre y desinformación. Teñidos por igual de rojo sangre que de blanco esperanza. En esta milenaria Damasco, tan reacia al cambio, hay algo que ya no es lo mismo. La ciudad y su gente han dejado, para siempre, de ser sordas y mudas. Todo parece indicar que esa primavera adelantada ha llegado para quedarse y habrá de extenderse, nos guste o no, incluso hasta el otoño. ~

 

 


* Versión de María Luisa Prieto: "Tenemos derecho a amar el otoño", Menos rosas, Madrid, Hiperión, 2001, p.39

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