La revolución solo se transforma

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…el desierto, una casa con paredes de vacío.

Qué miserable para un niño cuya patria es el desierto,

no disfrutar su vida ahí o vivir lejos del mismo.

Aquel que tiene al desierto como patria, tiene al vacío como casa…

El desierto paga con vacío el precio de la felicidad llamada libertad.

Amante del desierto, prisionero de la libertad…

Ibrahim Al-Koni, “Ojos insomnes”

“El caos se ha apoderado de Libia desde hace meses y la situación empeora por días…”, se lee, de reojo, en una de las descoloridas páginas de la sección internacional de El País de finales de mayo. La primera de muchas líneas sobre un “frustrado intento de golpe de Estado” en el país mediterráneo que se aúnan a las dedicadas a tratar de entender lo inentendible: qué ha pasado en Libia desde el 15 de febrero de 2011. El periódico, manoseado a mansalva, lleva viajando por el subterráneo madrileño más de veinticuatro horas. La pregunta que le antecede escapa a la perspicacia de los consumidores de noticias desde hace más de tres años. Basta plantearla de otra forma para avizorar un atisbo de respuesta: ¿qué ha pasado en Libia desde siempre? En cuanto al periódico no hay remedio, el internet hace mucho que lo devoró.

La tarde calma de primavera acaricia el malecón tripolitano desde sus confines orientales hasta las puertas mismas de la medina, el corazón de la ciudad otomana, bizantina, romana y fenicia. Toca la tarde el Castillo Rojo y la Plaza de la Libertad, aún pintada del verde que le dio nombre durante los 41 años de gobierno del autoproclamado rey de África: Muamar el Gadafi. Gadafi: desde hace tres primaveras, el enemigo predilecto de todos, desde las fuerzas occidentales que apoyaron el bloqueo aéreo de la otan hasta los grupos proislamistas que carcomen al actual gobierno interino y los militares laicos que combaten a ambos.

Muamar, el grande; el general golpista, el líder del pueblo, el ungido del continente negro, el terrorista y el reconciliado con Occidente (y con el dinero). Un bereber, como toda Libia en su momento, que se perdió en sus sueños. Al emular las glorias de Omar Mukhtar, el León del Desierto, en sus batallas de los veinte contra Mussolini que veía en la Cirenaica y la Tripolitania la oportunidad de refundar el Imperio romano, intentó también entender a Libia sin entenderse primero a sí mismo.

Hoy, la brisa que sopla desde el puerto y aminora la sensación térmica hace volar, por entre los balazos a la distancia y los niños en derredor, las banderas multicolores de las tribus bereberes tan reticentes a los invasores árabes como lo es Libia a cualquier explicación.

La terraza del Caffè di Roma, escondido entre los callejones del zoco de los herreros, en la ciudad intramuros, está rebosante. El sol, camino de la Cordillera del Atlas, al otro lado del Magreb, dibuja de rosa pálido los muros de cal de casas y comercios. Entre las mesas se escucha el árabe de melódico acento mediterráneo pero también griego, inglés y, por supuesto, italiano. El humo que sale de los narguiles se confunde con el de puros y cigarrillos, en una pelea encarnizada por alcanzar los campanarios reconvertidos en minaretes desde donde más de algún muecín afina la garganta para interpelar a Alá durante la penúltima oración del día. El café, amargo, se bebe al mismo tiempo que la infusión con hojas de menta, dulce; un epítome perfecto de la vida en la Trípoli de entreguerras.

El ir y venir es constante, lo mismo de autos que circulan en sentido contrario o entre las aceras, sin respetar semáforos ni policías de tránsito, que de subsaharianos venidos de Nigeria o Eritrea con la esperanza de tomar el primer bote que salga hacia la puerta de Europa, en este caso, la pequeña isla italiana de Lampedusa. Inmigrantes de toda índole que se mezclan con antiguos y nuevos mercenarios y que han hecho de la dilapidada medina su hogar temporal, desde el cual añoran el desierto y temen al mar. “Aquí no es que no haya ley, es que nadie la cumple”, reclama sin ánimo Alí, un exempleado petrolero convertido en chofer de taxi. Y puede que tenga razón: las armas, sin timidez, son llevadas al hombro al igual que las bolsas del mercado. Cualquier reclamo se salda con un disparo. Nadie a quien decir nada y nada que decir.

Con el canto del muecín emprendo la vuelta al pequeño palacete otomano reconvertido en hotel, término eufemístico si consideramos que sus habitaciones llevan vacías tantos días que al ojiverde encargado le cuesta trabajo hacer cuentas. De camino, el cascarón de las torres de lujo inauguradas por alguno de los críos de Gadafi en los albores del 2011 y el arco romano con su seductor restaurante dibujan un sueño tan irreal como Libia. La noche comienza y el olor a muerto no se va. Las calles se tiñen de un oscuro escarlata imposible de quitar. En Trípoli la revolución nunca terminará pues nunca realmente empezó. ~