Las dos edades de un poema

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A una joven que se acerca

Tú vienes, tan ligera
como el ángel que va de rayo en rayo
de sol sobre la hierba,
que apenas si se entera
cuando ya fue y no está ni en es ni en era.
¿Y no te vi otra vez
viniendo así, aunque entonces bien distinta?
¿O será que tal vez
misma joven pinta
su propia luz y siendo ya es distinta?
¿Qué sabemos los viejos
de tan dulce, fugaz advenimiento?
¿Quedó todo tan lejos
apenas un momento
cruza tu aroma en el temblor del viento! ~

Entre los poemas que prefiero hay uno que me sé de memoria y que, sin embargo, tengo que leerlo para darme cuenta de cómo debo decírmelo. Suelo decirlo, en la memoria, de oído, sin tomar en cuenta la forma en que está escrito. Siento que, pese a ser este poema uno de los que vienen a mí, no acabo de hacerlo mío si no lo releo. Está escrito en liras y yo, lector de San Juan y de Fray Luis, lo digo mal —como lo hago con Fray Luis y San Juan, por otra parte. Pienso que no lo hago mío, no porque no lo sienta, sino porque no tengo la suficiente madurez de lector para decírmelo en el complejo tempo en el que está escrito: le pongo otra música, lo digo muy rápido, como si el caminar de la joven le contagiara juventud a los verbos, como si la primera estrofa tiñera con su ángel de ligereza el resto.
     Eliseo Diego tiene innume rables poemas de escritura más astuta, en el mejor sentido de esa palabra, el de la astucia al servicio de la sabiduría, y sin embargo creo que los escucho mejor en la memoria, aunque sin recordar tampoco puntos y comas. En la manera de cómo me digo este poema en voz baja puede ser que influyan muchas cosas: la disposición de las rimas, el que las dos últimas liras estén juntas y la primera solitaria (quizás porque tiene un verso suelto), la cantidad de verbos en un verso, los encabalgamientos de dulces aliteraciones… cosas que por supuesto son parte de las razones ocultas que hacen que me guste, que sea para mí como un bálsamo para seguir. Pero quizás lo que me falte es edad, pese a lo que diga esta cifra: 55 años, y todo sea cuestión de envejecer un poco, de sentir la juventud más alejada, y más dolorosa su ausencia. Entre la edad y la saltarina ligereza de la joven que se acerca y la mirada profundamente cargada del poeta, está la forma y la velocidad que requiere la dicción interna de este poema; y yo a veces suelo ser más juvenil de lo que me corresponde. El primer verso, por ejemplo, es un verso de dos edades: antes de la coma están los sesenta y un años del poeta, su lejanía espacial pero sobre todo temporal con respecto a la joven; después de la coma, la ligereza de la muchacha. Al decirme este verso, muy pocas veces recuerdo la pausa de la coma y lo digo de corrido, en vez de decirlo así: “Tú vienes, tan ligera”; al recordarlo sin la coma, no siento mi edad, ni admiro tanto como debería la agilidad en cámara lenta con que se enroscan las palabras que vienen después y que reproducen, probablemente, el caminar de una adolescente y que son como las aguas que tropiezan con las rocas para formar un remolino que ya presiente el precipitarse: “… tan ligera / como el ángel que va de rayo en rayo / de sol sobre la hierba”. Aquí el poema se aquieta otra vez para volver a tornarse una sucesión de saltos sentidos, no por la joven, “que apenas si se entera / cuando ya fue y no está ni en es ni en era”, si no por alguien que ha sufrido el paso del tiempo y que, por contraste, adora la ligereza. El final de esta estrofa abre una pausa considerable, sobre todo después de los versos sin comas, los cuales, más que reproducirla, son la juventud que pasa. El último verso obliga a una reflexión asombrada y a posteriori, ante la acumulación de tiempos que nos dan justo su contrario: la fugacidad del encuentro. La primera vez que leí “A una joven que se acerca”, la estrofa inicial me capturó de tal manera que la repetí innumerables veces antes de pasar a la segunda parte del poema. Creo que merece la pena repetirla innumerables veces: “Tú vienes, tan ligera / como el ángel que va de rayo en rayo / de sol sobre la hierba, / que apenas si se entera / cuando ya fue y no está ni en es ni en era.” La joven ilumina lo que roza y lo hace, además, involuntariamente, por naturaleza, sin enterarse, como un ángel; salvo “cuando ya fue y no está ni en es ni en era”. Diego es un maestro de la palabra en el tiempo, con el verbo ser —auxiliado por el estar, el más estático de los verbos—, nos da esta aparición de la gracia que me recuerda: “Mil gracias derramando / Pasó por estos sotos con presura.”
     En el Libro de quizás y de quién sabe, libro de ensayos tan cortos como deliciosos, hay uno titulado “Los dos extremos del eje”, en cuyo principio nuestro autor se adentra en el secreto de dos estrofas del Cántico espiritual: la catorce y la veinte (“Mi amado, las montañas, / Los valles solitarios nemorosos, / Las ínsulas extrañas, / Los ríos sonorosos, / El silbo de los aires amorosos.” “A las aves ligeras, / Leones, ciervos, gamos saltadores, / Montes, valles, riberas, / Aguas, aires, ardores, / Y miedos de las noches veladores.”) Después de las dos estrofas escribe: “Parece que estuvieran ante nosotros todas las cosas y criaturas de la Creación en el reposo de sus nombres.” En efecto, la ausencia de verbos, y por lo tanto de acción, nos lleva al éxtasis, a la quietud, a la ausencia de tiempo que supone la contemplación de lo divino. El mismo Diego tiene un poema llamado “Tesoros”, que para mí trata literalmente de un desván o una covacha, en donde no hay verbo alguno, que busca producir la misma sensación estática de contemplación que producen las dos estrofas de San Juan, esta vez, “a lo humano”, concentrada en la fascinación de unos cuantos objetos que definen el tiempo detenido de la infancia. “Tesoros” es una corta enumeración hábilmente desordenada de nombres, del “laúd” a la “pelota”, y de espacios en blanco que, reforzados únicamente por comas, el peón de los signos, resultan en una de las más notables demostraciones de la eficacia de la humanidad, de lo que se puede hacer con unas pocas palabras bien dispuestas, precedidas todas por el artículo indefinido, que nos aleja casi siempre de la pompa y de la solemnidad:

Tesoros

Un laúd, un bastón,
unas monedas,
un ánfora, un abrigo,
una espada,
un baúl,
unas hebillas,
un caracol, un lienzo,
una pelota. ~

Tesoros no sólo es cronológicamente anterior a “Una joven que se acerca”, sino que anticipa, por contraste, creo que por un buscado contraste, el último verso de nuestra estrofa, que abunda en tiempos verbales y carece de sustantivos y que nos da la acción pura, la máxima energía que se condensa en un instante indeleble que desaparece.
     Con esta conmoción empieza la parte final del poema. Está formada por dos liras continuas, con las rimas dispuestas como las de Fray Luis y San Juan, que me suelen venir separadas, traicionando así la forma en la que su autor quería que fuera aprehendido el poema: “¿Y no te vi otra vez / viniendo así, aunque entonces bien distinta? / ¿O será que tal vez / la misma joven pinta / su propia luz y siendo ya es distinta?” Una vez que la joven desaparece, se une en la ausencia con otra, remota en el tiempo pero quizás la misma, o idéntica, no en su apariencia, sino en su aparecer, en su calidad de fuente de luz siempre distinta pero propia, en su eternidad juvenil, que lleva en su esencia la mutación pero no el envejecimiento. Esta lira está formada por dos preguntas que nos dan el pasmo, la semilla de incredulidad que deja como rastro todo advenimiento y cuyos dos endecasílabos riman en la misma palabra significativa: “distinta”, con la que culminan las dos interrogantes de la lira.
     La última lira del poema está escrita plenamente desde la vejez, y, como la anterior, está dividida en dos partes: una iniciada por una interrogación, nada rotunda, en donde dulcísimamente dominan las des y otras consonantes muy suaves (“¿Qué sabemos los viejos / de tan dulce, fugaz advenimiento?”) y la otra, acorde con el espíritu del poema, trazada con una adolorida, aunque agradecida admiración: “¡Quedó todo tan lejos / y apenas un momento / cruza tu aroma en el temblor del viento!” Los tres últimos versos dan alas de levedad a la aparición y a la desaparición. En éste, como en muchos poemas, Eliseo Diego es un maestro en el arte del aparecer y en el del desaparecer, que en su poesía suelen ser uno solo. ~