María Sabina

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I.

María Sabina nace en Huautla de Jiménez y muere en 1985 en Oaxaca, Oax.

 

 

Soy mujer que sola nací, dice2

Soy mujer que sola caí, dice

Porque está tu Libro3

Tu Libro de Sabiduría, dice

Tu lenguaje sagrado, dice

tu hostia que se me da, dice

tu hostia que comparte, dice

 

 

María Sabina Magdalena García desciende de unos antepasados mazatecos que dominaban la medicina tradicional, la botánica y las artes de la curación por el bálsamo del canto y del lenguaje. Su fama de sacerdotisa custodia de los hongos prodigiosos recorrió el mundo, y su voz monocorde y guturalmente acompasada abrió las puertas de la percepción de muchos enfermos, estudiosos, antropólogos y curiosos. El texto de sus cantares curativos, la suave urdimbre fluida de su etéreo Libro tradicional irrumpió en la lírica mexicana e hispanoamericana a partir de los años en que el antropólogo Gordon Wasson la visitara, el inclasificable escritor español Camilo José Cela le dedicara un oratorio y Gabriel Zaid la incluyera en la primera edición de su Ómnibus de poesía mexicana.

Como semilla fértil en agraz, como levadura bien fundida en harina, los cantos y letanías de María Sabina se han abierto camino de flores en la expresión americana. Si Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla han sabido trasladar los ecos indígenas al castellano, la voz del bosque y de la montaña que se hace lluvia y trueno resuena en el compás sencillo y elegante, hipnótico y mágico de esta palabra que sienta sus reales en las quebradas más profundas –y más altas– de nuestra geografía física y cultural, para desde ahí ejercer su poderosa medicina mental.

 

II.

Me enteré por circunstancias que no vienen aquí al caso que Carla Zarebska, autora de una obra sobre la Virgen, Guadalupe, estaba haciendo un libro sobre María Sabina y le ofrecí una breve página que había escrito sobre sus letanías chamánicas para razonar su inclusión en Lluvia de letras, lección de poesía iberoamericana y de otros lugares que me publicó la UNAM hace dos años y donde me permití incluir algunos de sus textos someramente comentados por el texto que ahí aparece. Yo había leído –y lo releo de vez en cuando– el libro biográfico de Álvaro Estrada titulado Vida de María Sabina, la sabia de los hongos,4 publicado por Siglo XXI en 1977 y que lleva, treinta años después, en 2007, catorce ediciones. Ahí se registran y reproducen los cantos chamánicos de María Sabina junto con los del chamán mexicano Román Estrada. Estos Cantos son –como dice Octavio Paz– “un documento extraordinario cuyo interés es doble: antropológico y humano. Un documento sobre una sociedad y un testimonio psicológico”. Yo añadiría: un testimonio poético y profético.

Las letras de María Sabina son un alto ejemplo de esa “poesía ignorada y olvidada” de la que hablaba el poeta colombiano Jorge Zalamea en la antología que publicó con ese título.5

Poesía ignorada: es decir, poesía que no ha sido objeto de recuento, estudio o narración. Poesía olvidada, eclipsada o desdeñada. Esta condición de olvido y de ignorancia se puede explicar en el caso de México por la yuxtaposición perversa de dos juegos exclusivos: de un lado (aunque las cifras indígenas forman supuestamente la base de la nacionalidad mexicana), las letras en que se expresa dicha cultura han sido cuidadosamente expulsadas del canon poético y literario nacional: por ejemplo, los cantares mexicanos, los poemas tarahumaras, coras y huicholes no forman parte de la lección escolar; de otro lado, si la mentalidad positivista y secularizadora margina las expresiones religiosas tradicionales y católicas, ¿cómo no iba a poner en el olvido los enunciados de una religión primitiva como pueden ser las letanías chamanísticas de María Sabina?

Acaso movidos por estas razones y aun por otras los que hemos colaborado en la edición de este hermoso libro –que somos ya y gracias a Carla una suerte de familia– hemos buscado salvar de algún modo estos documentos que son monumentos de la poesía floreciente en México, arriba y abajo de las piedras.

 

III.

Las letanías desencadenadas por María Sabina son sin duda palabras de poder. Palabras de poder porque están dichas desde un espacio mistérico, en la bisagra del bardo, en el entre insondable de la vida que no es aún muerta y de la muerte que no es aún vida. Palabras dichas desde la otra orilla. Palabras de poder porque desde esa condición, desde ese lugar, estas oraciones son capaces de curar.

Y aquí una breve digresión: ¿no es curioso que la misma palabra –oración– designe en castellano el enunciado cabal y la plegaria?

Las oraciones de María Sabina formaban parte esencial de un ritual de iniciación mistérica. Su pronunciación, su realización y activación –aunque tiene autosuficiencia literaria en cierto modo– también prescribe un orden aséptico, un aprendizaje de la limpieza interior, para evocar una expresión del poeta peruano Rodolfo Hinostroza.

En estas oraciones de la sabia Sabina no habla ella sino la savia, el bosque, la montaña, los hongos. A través de la sabia Sabina y de sus letanías, toman la palabra los genios telúricos del lugar: son ellos los que nos susurran al oído del corazón la unidad indestructible que recorre la gran cadena del ser en la que estamos inscritos. Las palabras de María Sabina son además palabras de poder no sólo porque son capaces de curar y de sanar, no sólo porque son palabras que hacen camino en la mente y en el corazón, sino porque son palabras que no están aisladas o huérfanas. A través de ellas, fulgura como un diamante en la noche la palabra del chamán, es decir el idioma del hombre-sacerdote o de la mujer-sacerdote que es capaz de transformarse en todas las cosas y que es capaz de darles voz. Esa palabra del chamán es la de los antiguos cantares mexicanos y mixtecos, es la palabra de los antiguos reyes de estas tierras. Reyes que lo eran en virtud de su profunda alianza con la naturaleza que habla a través de ellos. El idioma de María Sabina es el de la poesía primitiva y arcaica de todos los rumbos del planeta. Muy en particular, su estructura recuerda la de los antiguos cantares celtas cuya voz recoge el Mabinogion o de la Canción de Amergin:

 

 

Soy un ciervo: de siete púas,

soy una creciente: a través de un llano,

soy un viento: en un lago profundo,

soy una lágrima: que el Sol deja caer,

soy un gavilán: sobre el acantilado,

soy una espina: bajo la uña,

soy un prodigio: entre las flores,

soy un mago: ¿quién sino yo

inflama la cabeza fría con humo?

 

Soy una lanza: que anhela la sangre,

soy un salmón: en un estanque,

soy un señuelo: del paraíso,

soy una colina: por donde andan los

[poetas,

soy un jabalí: despiadado y rojo,

soy un quebrantador: que amenaza

[la ruina,

soy una marea: que arrastra la muerte,

soy un infante: ¿quién sino yo

atisba desde el arco no labrado del

[dolmen?

 

Soy la matriz: de todos los bosques,

soy la fogata: de todas las colinas,

soy la reina: de todas las colmenas,

soy el escudo: de todas las cabezas,

soy la tumba: de todas las esperanzas.6

 

 

La fuerza asertiva de la lírica de esta cantora indígena de las montañas mexicanas se debe en parte a su veracidad última y en parte a la intensidad y fluidez con que María Sabina va desgranando su voz con canto no aprendido, con canto resucitado y de resurrección o sanación. María Sabina no está sola: ella sólo es la estrella más brillante de una constelación de sabios chamanes que vienen diciendo sus cantares desde la noche de los tiempos. María Sabina ni está sola ni necesita protección, pero su palabra tampoco desdeña el homenaje.

Las oraciones de María Sabina han influido en varias voces hispánicas y mexicanas. En España, Camilo José Cela escribió un oratorio y cantata a partir de las letanías de la Sabia de los hongos. En México y Centroamérica estos poemas han tenido influencia en ciertos poemas de Jaime García Terrés, Ernesto Cardenal, Efraín Bartolomé y en el poema extenso Limbo del suscrito incluido en La campana y el tiempo.7

 

IV.

Soy la mujer remolino,8 el hermoso libro editado por Carla Zarebska para Zare Books, y coeditado por la editorial Almadía de Oaxaca, con arte de María Tzu, con fotografías de Nacho López, José Ángel Rodríguez, Nicolás Echevarría y Carla Zarebska, diseño de Salvador Saura y Ramón Torrente de Edicions de l’Eixample de Barcelona, con poemas y letanías de María Sabina, y textos de Homero Aridjis, Ámbar Past, Adolfo Castañón en edición bilingüe –debida a Janet Schwartz y Carla Zarebska–, impresa impecablemente en Corea, tiene una forma singular. La forma interior de un libro puede ser muy variada. Así como hay libros que sólo parecen cajas o módulos, hay otros que tienen esencia de mesa, estantería de biblioteca, espalera o pirámide.

Su forma interior es la de un altar donde los poemas e imágenes de María Sabina campean como exvotos medicinales y tapices flotantes adornados y custodiados por los textos de los dos poetas y escritores mexicanos y por los dibujos y estampas de María Tzu que en su sencillo trazo traen la presencia del niño santo que calla y sonríe oculto dentro del hongo prodigioso.

Se entra a este libro descalzando la mirada y dejando de lado, antes de adentrarse en su impecable recito, el polvo del camino para entregarse al remolino de esta palabra enaltecida y salvada por la cuidada e impecable edición. ~

 

 


1. Introducción al símbolo de la fe, Maravilla del mundo, 1583.

2. La palabra dice se agrega porque “quien habla es el hongo”. Viene a ser un lenguaje impersonal, según el chamán A. Estrada.– n. del e.

3. Palabras en cursiva en castellano, mal pronunciado.

4. Álvaro Estrada, Vida de María Sabina, la sabia de los hongos, México, Siglo XXI Editores, S.A. de C.V., 14ª edición, 2007, 135 pp.

5. Jorge Zalamea, Poesía ignorada y olvidada, Bogotá, Procultura, Presidencia de la República, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986, 271 pp.

6. “La educación poética inglesa debería comenzar en realidad, no con los Cuentos de Canterbury, ni con la Odisea, ni siquiera con el Génesis, sino con la Canción de Amergin, un antiguo calendario-alfabeto celta, formado con diversas variantes irlandesas y galesas deliberadamente escogidas y que resume brevemente el primer mito poético.” Robert Graves en La diosa blanca, traducción de Luis Echávarri, Buenos Aires, Editorial Losada, S.A., 1970, pp. 14-15.

7. Adolfo Castañón, La campana y el tiempo (poemas 1973-2003), prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda, Hueso Húmero Ediciones, Lima, Perú, 2003, pp. 76-79.

8. Zarebska, editora, traducción e interpretación al inglés de Janet Schwartz y Carla Zarebska, Barcelona, México, Zare Books, Editorial Almadía, Edicions de l’Eixample, 2008.

 

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