Monsiváis es el mensaje

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Lo intuíamos pero sólo con su muerte lo confirmamos: Carlos Monsiváis es un bien común y deberíamos incluirlo en la canasta básica. La gente (es decir, miles de individuos que se han manifestado, y no una abstracción retórica) le ha rendido un homenaje entrañable y espontáneo, como si al perder al referente perdiera también un poco el piso y se aferrara, desorientada, al último adiós a Monsi. Y Monsi, ya lo sabemos, ha trascendido a Monsiváis: es un meme, parte de la genética cultural del mexicano.

Perder al mejor traductor simultáneo de la realidad mexicana nos condena, al menos mientras dure el desconcierto, a hablar en lenguas con nosotros mismos. Hay que decir que, tristemente, apenas si nos daremos cuenta. Cuando vivía no lo hacíamos, y sólo al leerlo, hablar con él o verlo en la tele descubríamos que, hasta entonces, no estábamos entendiendo nada. Bastaba escuchar un fragmento de su conversación, que era una cadena de aforismos, para, entre risas, confesarnos: es cierto, no lo había visto así…

Y que todos, hoy, se lo apropien, que todos saquen de la chistera su apretón de manos con Monsi es una buena señal: es de todos. Dos días después de su muerte fui a la peluquería con un libro suyo bajo el brazo. Al verlo, el peluquero exclamó, no sé si con afectación deliberada o genuina consternación: “¡Se nos fue!” Interrogado por mí, me confesó que no lo había leído, pero que le gustaba verlo en la televisión. No hace falta leerlo: Monsiváis es una presencia viva en la peluquería de mi barrio. Fue el gozne que supo vulgarizar los aconteceres de las altas esferas (sociales y políticas) y valorar los entresijos de la calle y la carpa. La ciudad de México, que se nos va de las manos, ha perdido al cronista que la tenía en un puño.

La influencia que ejerció en las generaciones más jóvenes de escritores y editores fue directa e instantánea: las redacciones de todas las revistas, suplementos, gacetas universitarias y publicaciones contraculturales que apenas nacían recibieron durante muchas mañanas el consabido telefonazo de Monsi, con el que el lobo de mar sacaba mucha más información de la que el editor imberbe lograba sacarle a él. No es leyenda urbana que tuviera un ejército de achichincles tejiendo para él sus redes de información: éramos todos nosotros sin darnos cuenta. Sólo cabe imaginar qué hubiera hecho, de haber querido, con una BlackBerry. Facebook de carne y hueso, no es exagerado decir que gracias a él, en gran medida, la sociedad civil se reconoció a sí misma. Su aparato telefónico debería ser la joya del Museo del Estanquillo.

Creo que su devoción por la poesía, traducida en varios ensayos penetrantes, no ha sido del todo reconocida. Si no fue un lector precisamente técnico, adentrado en los mecanismos de la retórica, sí entendió con lucidez, merced a su ojo panorámico, las causas y efectos de la poesía en su contexto histórico y social (aspecto que suelen olvidar los lectores técnicos). El Modernismo, el Estridentismo, los Contemporáneos, sus contemporáneos y el cosmos de la poesía popular, que no desdeñaba a José Alfredo Jiménez o a Agustín Lara, fueron leídos por Monsiváis como un derrotero, una ruta inteligible. Pero además le gustaba paladear, memorizándolos, sus poemas predilectos. No por nada una de sus aportaciones más valiosas, ese espacio semanal en que la clase política se autorretrataba y suicidaba con unas comillas, se llamaba “Por mi madre, bohemios”, del popular poema descrito por Monsiváis como “la apoteosis del 10 de mayo”. Fue, también, un apasionado de la poesía estadounidense, y rindió un culto casi fervoroso a dos poetas que hoy se leen muy poco: Langston Hughes y Hart Crane, a quienes también citaba de memoria en no mal inglés (si bien algo derrapante).

Fue un solidario vocacional, y apoyó grandes y pequeñas causas. ¿Cuántas publicaciones titubeantes habrá apadrinado?, ¿cuántos libros presentado?, ¿cuántos prólogos firmado?, ¿a cuántas mesas asistido? Supongo que son cifras que superan por mucho a las de cualquier otra figura pública en México. Su generosidad podría asombrarnos más que su célebre omnipresencia. Y todo ello aderezado con un talento escaso: el de hacer reír. Su gran sentido del humor fue un analgésico y una utilísima herramienta de comunicación para colocar el mensaje. Su muerte lo instala, en estos días, en un lugar en que se movía a sus anchas: el centro de la agenda pública, y la pirueta es digna de Marshall McLuhan: Monsiváis es el mensaje. ~

 

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