Nieve

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     Lo más extraño de la nieve
     es no haberla visto
     pero convocarla
     como un hábito del asombro
     o una condición de ciertas palabras.
     La nieve solícita de Lezama,
     por ejemplo,
     su nieve perpleja en el trigo,
     su festón enhebrado de nieve,
     su pulpa cortesana,
     sus insectos ciegos
     a pique por el flanco frío,
     sus nieves declamadas,
     sus nieves invitadas,
     sus nieves que escrutan
     gamos en el bosque
     y follajes cubiertos
     por la red de una luz
     tan tenue como la falacia
     del invierno fijo en las palmeras
     que se deshace
     con el primer golpe de sol,
     su rastro de arena,
     y la brisa canicular pintada de verde.
      
     ¿Qué es esa nieve
     retenida por sus paradojas?
     ¿La nieve de alguien,
     íntima e intransmisible,
     o la nieve del mundo?
     Una analogía redundante:
     si el mármol es parásito de la nieve
     —no a la inversa—
     la cercanía blanca es tan absoluta
     que entonces se cancela.
     Y no hay conocimiento.
     Pero con otras formas,
     con otros hechos
     el símil puede tener
     la consistencia de un acto.
     Nunca he visto el muérdago,
     su amarilla natividad,
     sus bayas pálidas en el roble,
     su contorno suelto y sin corona.
     Sé que hay umbrales precisos
     donde impone la costumbre de un beso
     o épocas en medio del verano
     próximas a la sequía
     en que arde en una fogata
     por sacrificio o por memoria.
     Según los druidas
     (que para mí son como la nieve)
     el muérdago lo cura todo,
     es sabio e inmortal.
     Lo mismo podría decirse
     de cualquier cosa que se desconoce:
     el tojo en el mediodía
     de un monte quemado,
     el baobab en la tórrida planicie
     o los tisanuros en un hoyo
     distante del viento.
      
     La nieve a veces no tiene linderos,
     redime castas, fechas,
     hace ritos en la tierra
     que invierten la simetría
     de lo que buscan los ojos.
     Entonces las quimeras
     ya no se miran
     tras la reja como antes.
     Y así ocurre de repente:
     cuando descubrí la nieve de verdad,
     la nieve sola,
     ya no importaba. –