No todo está permitido

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Fernando Savater, Los diez mandamientos en el siglo xxi, México, Editorial Debate, 2004, 184 pp. (“Referencias”).

 
     Vivimos en zona de peligro, por más que en ocasiones soñemos estar a salvo. La serpiente repta, trepa, ronda, nos tienta sin cesar, recordándonos nuestra imperfecta condición, o más: una existencia quebradiza, sobresaltada, en la que las únicas áreas que parecen seguras se pierden en cuanto alguien abre bien los ojos o los abre de más o los cierra para emprender vuelos y caídas. Es el mundo de relación de los hombres y las mujeres, de uno con el otro, de la convivencia sólo frágilmente apaciguada, de las costumbres, los valores que construimos en la vida de todos los días. El mundo de la ética, al que tan bien y tan encendidamente se ha dirigido la mirada del filósofo español Fernando Savater.
     El libro más reciente de Savater difiere del resto de los suyos en un sentido negativo. La distinción obedece a la propia naturaleza de la obra. Parecería una de encargo, debida a un compromiso, la culminación de una serie de programas de televisión realizada en Argentina que obliga al autor a recapitular, a traer a cuento intervenciones de una serie de personajes (representantes de la fe católica y de la religión judía) que no tienen mucho que decir(le), por lo leído. El tono del escritor español, brillante, enérgico, regocijado en sus hallazgos, imaginativo y crítico, no poco empalidece de esta suerte. No desaparece, es lo cierto, aunque uno tiene la impresión de que queda semioculto, subsumido, difuso en la relatoría de aquel encuentro divulgativo desplegado ante televidentes irremediablemente dóciles. Es muy probable que Savater no habría tomado el asunto del libro de la manera en que lo aborda aquí si hubiera tenido sólo en sus manos facturarlo. La cosa es del todo clara si se piensa en la imprecisión de las fronteras que hay entre varios de los mandamientos cristianos: la envidia, por ejemplo, da para un ensayo aparte, que tome en cuenta lo preconizado por los fundadores de la religión pero que considere muchísimos otros aspectos (como el que bien incluye Savater al relacionar la envidia con la democracia, cosa que también pediría nuevas discusiones de interés.) El autor, a causa de la naturaleza del libro, no tiene más que apuntar varios de aquellos temas.
     Necesariamente estos apuntes recaen en un punto central: la vigencia, la actualidad posible de los mandamientos. El asunto por sí mismo constituiría un problema merecedor de serias indagaciones. Si el mundo ha cambiado, es decir las apetencias y los usos y abusos de los hombres, sus modos de relacionarse y de investigar y transformar aquel mundo, ¿cómo es que siguen siendo válidos los mandamientos? La pregunta puede plantearse de mil formas, y es bueno que la exponga un agnóstico como el autor. En un tono que no deja de ser comedido, Savater deja de suscribir las posturas naturalmente radicales de los creyentes pero no olvida tampoco la necesidad de la fundación de valores válidos, puestos en circulación por la convivencia y situados sin falta en el curso de la razón. Colocado en esta modernidad perennemente puesta a prueba (el prefijo “post” sería resultado de uno de aquellos exámenes), el filósofo, como antes y ahora todos sus colegas, anda en busca de la verdad, del conocimiento objetivo, y no podría contentarse ni refugiarse en la fe. Lo ampara sólo su arsenal racional, su capacidad dialéctica, su disposición a aprender y a enriquecer su sabiduría mediante el diálogo. La nobleza de este quehacer corresponde a su dificultad. El campo de la ética, tan caro a Savater, es a la mirada profana y a las demás, movedizo, tornadizo, resbaloso. El propio Kant, al que con buen ojo irónico trae el autor a una breve escena de su libro, veía en el matrimonio un mero contrato de alquiler (en este punto Savater deja de lado otro dato ilustrativo del modo de pensar, y vivir, del alemán: nunca contrajo nupcias, es lo cierto, y a la vez prohibió a su ayudante que lo hiciera, en una práctica claramente misógina.) Aquel hombre es el mismo que recordó a los hombres que deben actuar pensando que el motivo de su actuación pueda servir de ley universal.
     La ironía, que aparece sobre todo en el comienzo de cada entrada, es lo mejor de este libro. Sólo con ella a la mano y en la mirada, puede ser considerado de modo tan somero el curso de los valores de los fieles, a la luz, contrastante claro, de un principio que está en la base de fundación de la modernidad: si Dios no existe, toca a los hombres crear los valores. –

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