Pensar la ciudad

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Tema favorito de la culta ciudad es “discutir” la ciudad. No hay encuentro cultural en el que “discutir, sentir, pensar o imaginar” la ciudad no sea tema tan obligado que se ha hecho predecible.
     ¿Pensar la ciudad? Fuera de los ámbitos urbanísticos o ingenieriles o sociológicos, pensar la ciudad sólo produce uno de los siguientes discursos:
     1.La estadística como disparador del asombro. Ejemplo: “en lo que dura esta ponencia, en el d.f. se consumen medio millón de tlacoyos”, etc.
     2.El concilio de los asustados: “Ya todo es posible, señores: ¡ayer asaltaron a mi hermana ciega!”, etc.
     3.La glosa de Walter Benjamin glosando la fourmillante cité de Baudelaire: “En el discurso moderno del texto urbano…”, etc.
     4.La entonación del íntimo bolero: “la ciudad es horrible, pero fascinante; es odiosa pero la amo”, etc.
     5.La intimación de la vastedad que glosa a Efraín Huerta: “Mi alma es tan larga como Patriotismo y también está llena de lavanderías”, etc.
     6.La ruta de la nostalgia libresca: “Cuenta Luis González Obregón (o don Artemio de Valle Arizpe, o Salvador Novo) que…”, etc.
     7.El paseo por la avenida yo me acuerdo: “Me acuerdo de cuando el Museo de Antropología todavía estaba bajo tierra…”, etc.
     8.El gusto contestatario del pastiche: “La dama de Polanco y la maría de Tultepec coinciden y conviven…”, etc.
     9.La certeza de que mi colonia es escenario del meritorio culebrón personal: “Señoras y señores: yo soy la Colonia del Valle…”, etc.
     En fin: nostalgia, lugares comunes, la apología batalladora de la intimidad ilustrada. Entre los riesgos del sentimentalismo y sus subdivisiones (la cursilería y la academia, la nostalgia y la sociología al uso, sazonada de esperanza, resignación y “ternura”), se preferiría no pensar la ciudad y ponerle un alto a quienes viven de ese pacto sospechoso. Esta industria ameritaría una respuesta como la de Montaigne: una teja del techo bien me puede caer en la cabeza, pero no por eso le haré el honor de pensar en ella. Es obvio que a esta ciudad no la para nadie, ni la entiende, ni la abarca ni mucho menos la piensa nadie. Su vértigo voraz se traga todo y todo regurgita. No la pensemos. Dejémosle eso a los novelistas cursis que exportan identidad mexicana. Vivámosla, o murámosla, y ya. –

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