Perfección del Calabazas

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Mírala, es un abismo. La risa del Calabazas (fig. 1). ¿Por qué es tan patética? Porque, en primer lugar, es risa separadora, aislante, y no como la risa ordinaria, que congrega y unifica; esto es, de lo que él se ríe, tú no te puedes reír. Y el Calabazas se queda ahí, solo, solo y desprotegido, la risa exhibe su orfandad y desvalimiento. La palabra es "desamparo". Y también, en segundo lugar, porque esa risa, aislada de lo risible, se hace mueca, y enseña lo que hay de mueca en la risa.
     Sabido es que los reyes conservaban como bufones no sólo a los consabidos enanos, sino también locos. En el inventario que levantó Moreno Villa de Enanos, locos y niños palaciegos en la corte de los Austrias (libro hoy inconseguible), figura cierta mujer con paga por ser "enana y loca", doble atractivo.
     Calabazas, llamado también el Bizco, ¿qué es?, ¿es tonto?, ¿es loco? Conocida es la minuciosa inteligencia que manifiestan muchos locos. Pero en ese rostro no hay intelectiva ninguna. Este hombre parece no entender nada. Se ha dicho que el retrato de San Ildefonso de El Greco es un retrato del raciocinio, del pensamiento (fig.

2). El Calabazas de Diego Velázquez sería entonces la otra cara de la misma moneda: el retrato del no pensamiento, el Benjy de Faulkner en El sonido y la furia (que impresionó a Juan Rulfo) que todo lo ve sin entender nada, el simple, el bobo del pueblo.
     ¿De qué te ríes, Calabazas? Ni los más salvajes pintores expresionistas alcanzaron a plasmar algo tan conmovedor como Velázquez en este cuadro. Calabazas es un Wozzek siglos antes, puro, esencial: el pobre de espíritu del que todo mundo abusa.
     ¿Cómo lo hizo el maestro? Este, como otros de Velázquez, más que cuadro, parece milagro. Acerquémonos a mirar esa cara. Jonathan Brown, en su muy ilustre volumen sobre Velázquez, publicado por Alianza Editorial, llegado no hace mucho a México (y del que espero esta nota sirva de noticia y acicate de lectura), explica:
      
     […] la técnica empleada en este retrato nos muestra a Velázquez en plena forma. Desde cierta distancia, el rostro parece bañado por una luz perlada que envuelve como en una neblina los rasgos distorsionados del bufón.

Pero ni siquiera acercándonos resulta fácil averiguar cómo consiguió el pintor ese efecto, pues los toques concretos son breves e irregulares, resultado de emplear el pincel del mismo modo que un escultor utiliza su palillo de modelar. Las luces se concentran en la frente, mejilla derecha y nariz. En las demás zonas del rostro la pintura se adelgaza hasta llegar al tejido del lienzo, con lo que se suavizan la luz y las formas. Bajo la cabeza, el amplio cuello de encaje está pintado con pinceladas bastante cargadas que corren y brillan intermitentemente sobre la superficie siguiendo líneas en apariencia caprichosas. Pero, como por milagro, cada mancha de color ha ido a caer exactamente al lugar que le corresponde.
      
     Por último mira este otro retrato del Calabazas (fig. 3), también atribuido a Velázquez, por cierto. Lo que separa a este muchacho simpático y despreocupado de la conmovedora e inquietante criatura que antes vimos riéndose, eso, y no otra cosa es, ha sido y será lo que podemos esperar del arte, en general, cuando es de veras magistral. –

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