Pinche nada

Favorito

 

Estaban decepcionadísimos, pero ya iban camino de resignarse, ni pedo, ¿por qué siempre nos pasa lo mismo justamente a nosotros?, se repetían, estamos salados, hay que hacernos una limpia, aunque por pura probabilidad un día de estos nos toca, seguro, hay que seguirle. Se pusieron a repartir los pinches veinte mil pesos que habían encontrado. ¡Veinte mil pesos! Son mamadas. Además de malhumorados andaban bien mal peinados, uno porque se levantó en chinga para el operativo y no tuvo tiempo ni de pasar por el baño, se vistió el uniforme y salió de casa disparado como un rayo. Como un rayo codicioso, hay que decirlo, y, hablemos con precisión: como un rayo obeso y mal planchado. El otro no tenía remedio, era la genética la que le imponía el despeinado, con esos cabellos que apuntaban como cerdas de escoba para todos lados.

Andaban tan necesitados que aun con las prisas se habían traído una mochila para guardar lo que les tocaría, cada uno su mochilototota, la verdad: es que se habían imaginado una montaña de dinero. No es que fueran fantasiosos nomás gratuitamente, tenían sus razones, la información que les filtraron era esa, que en la casa había un chinguísimo de lana. ¡Diez mil pesos para cada uno! En billetes de veinte pesos no eran más que un montoncito ridículo, quinientos papelitos azules, de hecho. ¿Cuánta lana se necesitará para formar una montaña de dinero? En esos cálculos estaban cuando llegó el jefe con otros dos del departamento, un par de cabos ligerísimamente menos desarrapados.

–Puta… Dos más tres, cinco, veinte entre cinco, cuatro. Valiendo madres. (Esto fue un pensamiento, pero queda muy bien con su guioncito.)

–¿Dónde está el detenido?

–No había nadie, Sargento.

–¿Y qué chingados están haciendo?

–Inspeccionando, Sargento, teníamos información de una fuente, pero la casa está limpia, no hay armas, ni drogas, no hay pinche nada.

–¿No hay pinche nada o ya se lo chingaron?

–Negativo, Sargento, no hay pinche nada.

–¿Y lana?

–Ah, nomás veinte mil pesos, estaban debajo del colchón. ¡Chin! (20/5=4)

–¿Veinte mil pesos?, no mamen… ¿Y por qué andan tan despeinados y tan puercos? ¡Cómo pueden traer el uniforme tan sucio! Luego llegan los periodistas y sacan sus chingadas fotos donde siempre salimos como si fuéramos unos pinches zarrapastrosos. ¡Vayan a asearse un poco! Y dejen aquí la lana.

Se metieron al baño los dos juntos, como si fueran comadres que quieren contarse sus chismes, tendrían que ser unos enredos muy bochornosos, porque hasta cerraron la puerta y pusieron el seguro. ¡Cuéntame, comadre! Empezaron a echarse agua en el pelo, a atusarse, pero lo único que conseguían era el mismo triste despeinado, aunque ahora mojado. Un wet look, pues. Aprovecharon para quitarse unas lagañas gigantescas y para extirparse algún moco monstruoso, quién sabe cómo habían estado mirando y respirando hasta este momento con semejantes obstáculos. Lagañas y mocos como estalactitas. Uno de ellos se empeñó en sacarse una hebra de carne que se le había quedado alojada entre dos incisivos superiores, la noche anterior había cenado tamales de pobre, de esos que son pura masa y una hebrita de carne, ¡y justo una de esas hebritas se le había quedado entre los dientes! Luego se alisaron el uniforme con las manos, esperando un efecto mágico: como si sus manos fueran de hierro y estuvieran a noventa grados y emitieran vaporcito. O sea, los uniformes siguieron arrugadísimos. También se humedecieron las manchas esparcidas por aquí y por allá, salsa, aceite, algún fluido inconfesable, y hasta rascaron un poquito, unas manchas salieron, otras no, pero ahora daban la impresión de haber estado chapoteando en la fuente de un parque.

Afuera comenzaron a escucharse unos golpes demoledores, la casa se cimbraba, ¡ay, güey!, parecía que iba a desplomarse, ¡córrele!, ¿para qué pusiste el seguro?, salieron disparados del baño y lo que vieron fue: a los dos achichincles del Sargento pegando unos tremendos mazazos en la pared de la sala. Estaban abriendo un boquete y de la pared comenzaban a chorrear fajos de billetes, una cascada de ¡dólares! ¡Dólares! ¡No pinches pesos!

–¡Es que estamos bien pendejos, de veras! –concluyeron al unísono silencioso.

–¡A la puerta!, ¡cubran la entrada!, ¡órale, cabrones!, si ustedes se portan bien conmigo yo me porto bien con ustedes –les dijo el Sargento mientras iba golpeando con el puño derecho en el resto de las paredes de la casa, buscando el sonido hueco de la felicidad.

La cosa estaba bien cabrona, según el análisis preliminar del Sargento habría ocho paredes rellenas de dinero. ¡Ocho! Era un chinguísimo de lana. Una montaña de dinero. Y eso que la casa ni siquiera era tan grande: además de la sala nomás tenía dos habitaciones, el baño, la cocina, el recibidor y un patiecito trasero para colgar la ropa. Sesenta, máximo setenta metros cuadrados.

El Sargento les ordenó a sus achichincles abrir cada una de las paredes, ¡en chinga!, un pequeño boquete, solo para confirmar el hallazgo. ¡Y sí! Resultó que había lana en cada una de las ocho paredes. A juzgar por la cantidad de billetes que habían salido de la primera, tanta buena suerte acabaría convirtiéndose en un problema. El descubrimiento adquiría otro nivel, había unos códigos y el Sargento sabía perfectamente que era imposible agarrar esa lana y largarse. Quiero decir, que era imposible agarrar esa lana y largarse sin avisar al jefe. Lo llamó por teléfono.

–Jefe, tenemos un setenta y tres muy cabrón, tiene que venir a verlo.

Le indicó la dirección en la que se encontraban y aunque eran menos de las ocho de la mañana, no tuvo que insistir, el jefe ya venía en camino. Tal prontitud madrugadora necesita explicarse: un setenta y tres de por sí ya es algo muy cabrón, así que si un Sargento habla de un setenta y tres muy cabrón es porque algo de veras muy gordo está pasando. Desde la puerta se empezaron a escuchar insultos, forcejeos, los despeinados llamaban a gritos al Sargento.

Afuera estaba un grupito de cinco cabos que exigían entrar, a ellos también les habían pasado el chivatazo. Parecía un concurso de andrajosos. La verdad es que con todo y ser tan temprano nada justificaba tal dejadez, tal suciedad, tales despropósitos capilares. Menos mal que dos venían con cachuchas, así solo había que soportar los despeinados del resto, tres –¡seguían siendo muchos!

–¿Qué se les perdió, hijos de su rechingada madre? –les dijo el Sargento. ¡Es un cuarenta y ocho, pendejos!, alto nivel, váyanse a ver si ya puso la marrana. El jefe está llegando, ¡órale, caminando y meando para no hacer charco!

Un cuarenta y ocho es una cosa muy grave, tanto tanto que los cinco de inmediato comenzaron su éxodo despojados de sus ilegítimas aspiraciones, sin alegar nada ni pedir más explicaciones. Los detuvo el mismo que los estaba mandando a la chingada.

–¡Un momento!, óiganme cabrones, ¿cómo puede ser que anden tan puercos?, ¡y no me vengan con que el salario no les alcanza!, la limpieza no tiene nada que ver con la pobreza, ¿cómo va a confiar la gente en nosotros?, ¡los delincuentes van con ropa de marca y peinaditos!, ¡cuiden su chamba, chingado!

El Sargento volvió a la sala y descubrió que en el centro se estaba formando una montaña de dinero. Habían retirado los muebles hacia una esquina y desde las paredes iban trayendo fajos de billetes a puños, en actitud contradictoria: primero los transportaban abrazaditos en el regazo, como si fueran niños recién nacidos, y luego los dejaban caer al suelo sin miedo a que se rompieran la columna y se quedaran paralíticos. La visión de la montaña producía un vértigo de angustia y sinsentido, ¡y apenas era la lana de dos paredes! Es que el dinero puede rebosar abultando las billeteras de los afortunados, o retacar en orden perfecto maletines de uso variado, o descansar perezoso en cajas fuertes escondidas detrás de retratos insulsos de dudoso valor artístico, pero el dinero nunca debe despatarrarse por el suelo en acumulación grotesca. Al dinero no le gusta el desorden.

El Sargento miraba la montaña que se iba irguiendo y veía cómo ese dinero acabaría convirtiéndose en un monstruo que se lo tragaría todo. Quizá la comparación más afortunada fuera la de un agujero negro, que ese chingamadral de dinero era como un agujero negro, pero al Sargento no le interesaba la astronomía, ¡lástima!, con lo bonita que habría quedado esa metáfora.

Cuando llegó el jefe habían terminado de vaciar tres paredes. La montaña se levantaba hasta las rodillas de los más espigados y tenía una circunferencia de dos metros. Aunque el más alto de todos solo medía uno setenta y cuatro, ¡la montaña estaba bien pinche impresionante! Y el jefe reaccionó en concordancia cuando lo plantaron delante de la lana:

–¡Órale!, ¡no mames!, ¡hijo de su putísima madre! –con todos esos signos de exclamación–, ¿pues quién vivía aquí?, ¿Rico Mac Pato?

–No sabemos, Sargento, no había nadie en la casa, estamos investigando –le informó el Sargento.

Ante tal proliferación de personajes innombrables –shhhh– tendremos que hacer una breve pausa para evitar confusiones y explicar cosas del escalafón de la policía. Es lo que pasa siempre por culpa del dinero: su acumulación supone, paralelamente, el ascenso en una escala, cualquiera que esta sea, ¡siempre para arriba! Por alguna oscura razón al dinero le asquea quedarse abajo: el dinero contraviene la ley de la gravedad. Y para ejemplos, nuestro caso, los primeros en llegar fueron dos policías, luego un Sargento –jefe de los policías– con dos cabos –de mayor rango que los policías. El Sargento llamó a su jefe, otro Sargento, pero estamos hablando de Sargentos diferentes, el primero era un Sargento Segundo y el segundo un Sargento Primero. Es decir, que llegaron en orden contradictorio a su rango, que es lo lógico de acuerdo con el escalafón. Nunca mejor dicho eso de que los últimos serán los primeros.

–¡Ya chingamos, Sargento! ¡Es un chingo de lana! Y todavía falta la de las otras cinco paredes –completó el Sargento Segundo.

El Sargento Primero se quedó mirando la montaña, a él no le parecía un monstruo, ni tampoco un agujero negro –no abundan los astrónomos en el departamento de policía: él sentía el asco de observar un montón inmenso de cagada. Y no nos equivoquemos, ¡cuidado!, al Sargento Primero, como a todo el mundo, le encantaba la lana. Sin embargo, esta imagen, tales cantidades, billetes a montones, era obsceno. ¡Eso! Ese es el adjetivo que le habría gustado utilizar si se lo hubiera propuesto: obsceno. Desvió la mirada hacia el techo porque no podía soportarlo, le venían arcadas, entiéndanlo, había interrumpido el desayuno:

–Sargento, ¿ya vio el techo?, eso es plafón, ¡es un pinche doble techo! –descubrió el Sargento Primero, probando una vez más que los traumas personales suelen ser muy productivos.

Hicieron venir a los despeinados de la puerta, quienes encontraron una escoba y un trapeador en el patiecito trasero, y les ordenaron golpear el techo. Efectivamente, había un doble techo, estaba colocado de manera tan burda que fue facilísimo desmontarlo. ¿Y adivinen? Llovía dinero del cielo. Fajos y fajos de dólares. La montaña dejó de ser montaña y ahora lo que sucedía es que estaban sumergidos en la lana, los billetes les cubrían como mínimo media pantorrilla.

–Comprenderá que tengo que llamar al jefe, Sargento, esto parece un ciento once –fue la conclusión del Sargento Primero mientras pateaba dinero para abrirse paso.

Eran todavía menos de las nueve de la mañana, un horario deshonesto para los jefes, pero la ocasión lo imponía, porque no era un setenta y tres, cosa emocionantísima para policías, cabos y hasta Sargentos, ni siquiera un cuarenta y ocho, territorio exclusivo de los Sargentos: ¡se trataba de un ciento once! Las llamadas telefónicas se sucedieron en escalada vertiginosa, ¿un ciento once?, ¿seguro?, ¿seguro?, hay que llamar al jefe, repetían todos, hay que llamar al jefe, con esporádicos desplazamientos horizontales entre jefes para activar novedosas escalas institucionales. Estamos hablando de gerentes, directores, subprocuradores, procuradores, secretarios, ¡al Mismísimo Presidente de la República lo acabaron despertando a las nueve treinta y siete! ¡En un martes! ¡Son chingaderas!

En menos de media hora llegaron a la escena del negocio decenas de personas, el chinguero de gente iba y venía por la casa, salían a la calle para hacer llamadas telefónicas histéricas, ¡han de ser como mil millones de dólares!, chillaban al aparato, se movían siempre rodeando la sala, en donde después de sacar los muebles un grupo de cabos había comenzado a contar y organizar el dinero. Habían llegado algunos civiles trajeados, y más policías, más cabos, soldados, inspectores, comisarios y un par de militares de altísimo rango, entregados a la tarea de descubrir quién vivía en esa casa, ¿¡quién!?, de quién chingados era la lana, ¡que me lo presenten!

Después de tomar café y comerse unos chilaquiles con pollo bien picosos, el Mismísimo Presidente había intervenido directamente, designando a un Director de la Operación, decidió enviar al lugar de los hechos al Director de Imagen de la Presidencia de la República, un tipo especialista en fruncir el ceño de maneras insólitas. La orden que llegó desde las alturas fue la de tomar una fotografía rotunda, una imagen aplastante de la montaña de dinero, acompañada, claro está, a pie de foto, por la escandalosa cifra que surgiera del recuento. Por lo visto, el Mismísimo Presidente era devoto ciego de aquella frase que afirmaba que una imagen vale más que mil palabras, y tenía razón, sobre todo desde su punto de vista y en relación consigo mismo, es decir, si las mil palabras habían sido pronunciadas por el Mismísimo Presidente en una de sus apologías rimbombantes. Como sea, el mundo ideal no existe, por más que el Mismísimo Presidente lo quisiera, al día siguiente seguro que los periódicos le ensuciarían el impacto de la fotografía con sus innecesarios textos horriblemente escritos, en los que explicarían la gloriosa victoria de las fuerzas del orden sobre el hampa.

¡Pero no ignoremos la tragedia que se cierne sobre la clase proletaria!, es lo que pasa siempre que surge un ciento once, ya no era posible agarrar la lana, repartirla y largarse, guardando el secreto, aunque sean muchos burros y muchos olotes, no es que no alcanzara la lana para todos, era más que suficiente para producir decenas de millonarios automáticamente, pero era un ciento once, ni siquiera propenso al robo hormiga, asuntos de estado, sí señor, asuntos de estado, que nadie meta las manos, ¡valiendo madres!, a menos que de veras quiera volverse hormiga y padecer unos pisotones genocídicos.

Entró en escena el Director de Imagen y lo primero que quiso hacer, después de asombrarse estrepitosamente con la visión de la lana, fue hablar con quienes hubieran realizado el descubrimiento, ponerles cara a los héroes de la historia. El Sargento Primero le plantó delante a los dos policías, bien despeinados que seguían, no sin evitar las protestas de los cabos, del Sargento Segundo, etcétera: ¡fui yo!, ¡fui yo!, ¡estos pendejos no encontraron nada! –reclamaban. Frunció el ceño el Director de Imagen, en gesto analítico, dedicó una mirada furtiva a los dos policías, y cortó de tajo la sublevación de los aspirantes a héroe nacional con un ademán aristocrático, cosas de haber nacido donde se nació y encima haber estudiado semiótica en la universidad:

–¡Paren, paren! Ustedes no me sirven. Yo mando aquí y yo digo que ustedes pueden irse a chingar a su madre.

Sofocada la revuelta, el Director volvió a mirar a los dos policías, ahora despaciosamente, de arriba a abajo, los barrió con detalle, con deleite, frunciendo un ceño deconstructivo, y sonrió una sonrisa sardónica muy cabrona:

–Ah, chingado, ¿está lloviendo?

–No, señor, no llueve –respondió uno confundido.

–Ya sé, ya sé, era una broma –lo atajó el Director con ceño elegante e incrédulo, fulminando con la mirada los lamparones esparcidos por ambos uniformes, ¿de veras están tan pendejos?

–Pero no llueve, hace un pinche solazo –dijo el otro.

–¿Cómo estuvo el pedo?, ¿a qué hora llegaron?, ¿quién les avisó? –quiso saber el Director.

–Como a las siete, señor, nos avisó una fuente, ya sabe, no podemos decirle, si no nos va a cargar la chingada –respondió el de peores cabellos.

–Pero ellos no encontraron nada, tenían nomás pinches veinte mil pesos, ¡fui yo quien descubrió lo de las paredes! –interrumpió el Sargento Segundo.

–Ya le dije que no se meta, Sargento, tengo órdenes del Presidente de encargarme de todo, ¿entiende?, ¿desde cuándo tan devoto de la exactitud?, ¿qué no es policía? ¿Y qué les dijo la fuente? ¿A quién pensaban agarrar o qué?

–A nadie, señor, nomás nos dijeron que en la casa había un chingo de lana –dijo el que había cenado tamales de pobre.

–Ah, ¿pero qué no era un operativo?

–Sí, pues, un operativo, así hacemos.

–Se quedan por aquí –dijo el Director con seño dictatorial–, no se vayan, no se cambien, no se toquen un pelo, los vamos a necesitar para una foto. Ya chingaron, el Presidente de la República ha autorizado una recompensa de cinco mil pesos para cada uno. ¡Cinco mil pesos!

Elegido el elenco para la representación, otra vez el relato épico de dos muertos de hambre que subliman su miseria, el Director se acercó a la sala para supervisar el conteo y la organización del dinero. Había ocho personas en ello, seis contando y dos levantando la incipiente montaña del dinero ya contado. Para poder trabajar, habían empujado los billetes amontonándolos en un rincón de la sala, si es válido llamar rincón a una superficie que cubría más de la mitad de la totalidad del espacio. Un rinconzote, digamos. En alrededor de una hora habían contado apenas catorce millones cuatrocientos mil dólares, apenas eso, catorce millones cuatrocientos mil dólares, un chinguísimo de lana, pero una cantidad ridícula si se miraba el montoncito que formaba. Haciendo un cálculo geométrico, primero, y aritmético, después, el Director concluyó que sería alrededor del cinco por ciento del total del dinero. Organizó de nuevo a la gente, asignando a algunos que se entretenían en ocupaciones trascendentales para la burocracia, tales como mirar, especular y asombrarse, hasta conseguir que fueran trece los que contaban y cinco los que iban levantando la montaña. ¡A ver si así avanzaban más rápido!

Necesitaban la foto antes de las seis de la tarde, para que los noticieros nocturnos tuvieran tiempo de reorganizar sus ficciones en torno a esa imagen. Habría una declaración oficial del Procurador. Y otra foto: una imagen del Procurador y el Mismísimo Presidente de la República estrechándose la mano en el despacho presidencial, muy dizque contentos, sonriendo sonrisas impostadas, felicitándose aliviados, como dos compadres que acaban de aclarar un malentendido y ya pueden seguir chupando, que no compadre, que nunca me he acostado con su vieja, se lo juro por mi jefecita que está en el cielo, ah bueno, chócalas.

La montaña crecía y el Director había cambiado de idea respecto de los policías, la imagen de un par de zarrapastrosos al lado de una montaña de dinero no sería inspiradora, como había imaginado al principio, sobre los valores de la humildad y la pobreza, sino lacónicamente melancólica –y sin trabalenguas. Que traigan uniformes nuevos, ordenó frunciendo un raro ceño apocalíptico que no venía al caso, uniformes de gala, y zapatos de charol relucientes, que se bañen, traigan una peluquera para que les arreglen esos peinados tan lamentables, si puede.

Comenzó entonces a pasar el tiempo, que no paraba, ¿en serio?, no cesaba, arrastrado por la acción, ¡ah!: unos iban formando la montaña de dinero, otros intentaban adecentar a los protagonistas del fabuloso suceso y el resto investigaba la procedencia de tanta pinche lana. El objetivo final era desmontar lo abstracto de la situación, vaciarla de misterio y llenarla de realidad, y todo esto se conseguía a través de la forma, de la imagen que se estaba construyendo como estandarte de la victoria inequívoca del gobierno. El mejor ejemplo era el dinero, que estaba dejando de ser un monstruo o un hoyo negro o un montón de cagada: el bloque que se estaba levantando lo delimitaba, lo devolvía al orden del que nunca debería haber salido. Por eso al final la montaña no sería propiamente una montaña, sino un inmenso bloque rectangular en el que la forma cumpliría el cometido de aniquilar el desasosiego. La montaña de dinero seguiría siendo una montaña, porque la bonita palabra montaña era fundamental, pero solo como metáfora, para expresar rotundamente que se trataba de un chinguísimo de lana, ¡un golpe a los criminales de proporciones himaláyicas!

Iban a ser las cuatro de la tarde cuando un Teniente coronel con chinguero de medallas resplandecientes prendidas al uniforme, uno de los militares de alto rango presentes, convocó una reunión de emergencia. Para aquel entonces la montaña estaría al setenta u ochenta por ciento, calculaban, un setenta y cinco por ciento, digamos, y el conteo indicaba doscientos diez millones de dólares. Doscientos diez millones de dólares. ¡Se la rajan! Pronto podrían tomar la fotografía, en la pared del fondo habían colocado unas lonas con los escudos de la Procuraduría, de la Policía, de las Fuerzas Armadas y el involuntariamente anti-artístico logotipo de la Presidencia de la República. La idea era que la foto inmortalizara a las instituciones o, como mínimo, que la imagen institucionalizara la inmortalidad.

El Teniente, el Director de Imagen y el Sargento Primero se encerraron en una de las habitaciones carentes de sigilo, empeñándose en parecer lo más sospechosos que fuera posible, para enfatizar así sus respectivos altos cargos.

–El dinero está limpio –informó el Teniente.

Siguió un silencio breve, no hace falta decir que pareció eterno, porque es mentira, fue cortito, que sirvió nomás para que el Director de Imagen y el Sargento Primero verificaran su competencia lingüística, a saber: si hablaban el mismo idioma que el Teniente, manera de confirmar que estaban entendiendo lo que estaban entendiendo.

–La pregunta es, ¿quién quería chingarnos? –continuó.

–¿Cómo que está limpio?, ¿qué quiere decir? –interrumpió el Director de Imagen, quien empezó a fruncir combinaciones de ceños bastante contradictorias.

–Que está limpio quiere decir que está limpio, se trata de un siete, ¿necesito explicárselo?

–Óigame, a mí me mandó aquí el Presidente…

–Tch, tch, ¿a usted no le enseñaron cuándo tiene que callarse el pinche hocico? ¿Usted cree que yo voy a decir que el dinero está limpio si no está limpio? ¿No sabe lo que es un siete? La verdad, Sargento, tuvimos que confirmarlo varias veces, no creíamos que pudieran estar tan pendejos.

–Fueron dos policías de a pie, Teniente, ¡cómo iban a imaginarse! –se defendió el Sargento Primero.

–¿Y todos los demás? ¡Serán pendejos! ¿Cómo pueden confundir un ciento once con un siete?

–Nosotros pensábamos que era un setenta y tres

–¡Pero es que no mames! ¡No mames! –se entrometió de nuevo el Director de Imagen. ¿¡Cómo van a tener tanta chingada lana metida en una pinche casita!?

–Cállese.

–¿¡Qué no conocen Suiza!? ¿¡Andorra!? ¿¡Liechtenstein!? ¡No mames! ¡En Uruguay hablan español si ese es el problema!

–¡Que se calle el puto hocico! Traigan a los pendejos esos, a los primeros que llegaron, ahorita vamos a averiguar todo.

–Teniente, con todo respeto, usted no tiene mando ni autoridad para hacerlo, yo hablaré con ellos –protestó el Sargento.

–Óigame, Sargento, aquí se hace lo que yo digo y se hace por órdenes de quien usted ya sabe. ¿Acaso no se ha enterado de cómo ha cambiado el país? ¿No se ha enterado de quién manda ahora? ¿Quiere probar? ¿Quiere probar?

El Sargento Primero salió casi corriendo a buscar a los policías, esto sí que era mandar y no mamadas con ceños expresionistas, por si fuera poco cada vez que el Teniente gritaba lo acompañaba de tintineos de medallitas, tilín-tilín, ¿tilín?, no, no era así, está cabrón reproducir el enérgico cimbrar de una caja torácica marcial, pero la combinación de gritos y tintineos era bien imponente. Enseguida ordenó que desalojaran la casa, en putiza, todos deberían largarse con la consigna muy clarita de que allí no había pasado nada, aquí no ha pasado nada, comenzaron a repetir todos como merolicos, nada, pinche nada, ¡ay del que hablara!, le sobrevendrían espantosísimos tormentos dizque nunca vistos pero en realidad muy comunes, torturas chinas cruzadas con japonesas y extirpadas de todo residuo de piedad.

En el mismo instante en que al Director de Imagen se le esfumaba el ceño, el Sargento Primero volvió a la habitación solo y con la cola entre las patas:

–Teniente, no pueden venir ahora, les están cortando el pelo. ~

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